El entierro
del Carnaval tiene un simbolismo religioso en el cual lo pagano
se subordina a la concepción cristiana del pecado. La aparente
relación dionisíaca del rito del enterramiento del Carnaval
que se efectúa en los valles salteños, en Catamarca, en
Santiago, del Estero, etcétera, tiene vinculaciones directas
con el dogmatismo que siempre condenó el libertinaje de las
carnestolendas y que imponía el acto de la purificación luego
de los días de jolgorio desmedido.
En los
valles salteños el entierro se realiza el 1 martes, a la caída
de la tarde. De una de las carpas sale un hombre disfrazado de
viejo decrépito, con unas largas barbas postizas y el traje
completamente desgarrado. Detrás de él, una mujer disfrazada
con harapos negros y completamente desgreñada, llorando
desconsoladamente. El hombre es el Carnaval, muerto, que lo
"llevan a enterrar", y la mujer, su viuda, que lo
llora sin consuelo, Detrás de ambos personajes, que cruzan el
pueblo, van uniéndote en extraño cortejo, hombres y mujeres
que abandonan las danzas y libaciones, y que entonan, al son de
las cajas, las vidalas de la despedida. A su paso, al hombre que
simboliza el Carnaval lo ad ornan con serpentina, le arrojan
harina, ceniza, cereza y chicha; le cuelgan rosquillas,
rosquetes y muñecos de pan, en tanto las vidalas lloran en las
voces cascadas por el alcohol.
La
viuda arreciará sus chillidos a medida que el cortejo va acercándose
al lugar de la sepultura. Ahí estará el hoyo, pequeño, donde
el Carnaval se mete, y los circunstantes le echan poquita
tierra, para que al año se pueda levantar Los vidaleros repetirán
el estribillo, desesperadamente, ante el túmulo abierto,
mientras cada cual alzará un puñado de tierra y lo arrojará a
la sepultura.
Las cajas
vuelven tristes a los boliches en acompasados sones.
En las
provincias de Santiago del Estero, Catamarca y zona de los
valles de Tafí, entre los contrafuertes del Aconquija, aparece
la Kacharpaya, especie de muñeco que la tarde del martes, ya
entrada la noche, se quema bajo los algarrobos, colgado de un
alambre. Hemos visto la kacharpaya en la zona de Banderas, próxima
a los límites de la provincia de Santa Fe. Es un gran muñeco
relleno de paja y cohetes. Este comienza un infernal estruendo
cuando las llamas de la fogata lo alcanzan. La turba que ha
salido de los boliches para presenciar el "entierro del
Carnaval", grita desaforadamente ante la explosión de los
cohetes, y las vidalas se hacen oír desde el corro que circunda
a la fogata.
Poco a poco,
a medida que el fuego realiza su obra destructora, el silencio
retorna en los valles y en la selva. El Carnaval es ahora un
gusto amargo en la boca y un cansancio que busca sueños.
En plena
ciudad de Santa Fe hemos visto a las huestes del negro Arigós,
especie de pontífice de los carnavales tradicionales del viejo
barrio del sur, quemar el muñeco en las callejas que desembocan
en el clásico Quillá. La "negrada" de Arigós se reúne
entusiasmada, ejecutando pasos. de candombe mientras el
"judas". como ellos; le llaman, es consumido por el
fuego. Aquí no se cantan vidalas, sino canciones propias de la
comparsa del negro. Arigós, y danzas que son reminiscencias de
antiguos rituales africanos muy en boga en Buenos Aires en la época
de Rosas.
En algunos
lugares de La Rioja el "enterramiento del Carnaval" da
lugar a un acto, bárbaro y consiste en lo siguiente: Se busca a
un voluntario que haga el papel de Momo; se lo sienta en el
centro de la reunión como si se tratara de un dios dispuesto a,
recibir las ofrendas que, sé dispongan, lo que ha de
significarle la muerte y el enterramiento respectivo".
Los
circunstantes empiezan a dar vueltas con "lentitud, en
torno suyo, cantando al, compás del tamboril, una especie de
candombe o de ronda báquica, de la que aquél fuese el dios
figurado, llevando todos levantado en la derecha un jarro de
aloja; llegan enfrente del ídolo ebrio, y cada uno bebe la
mitad, arrojándole el resto a la cara; la ronda sigue
impasible, acelerando el compás y repitiendo en cada vuelta la
extraña ablución, que es saludada cada vez por las risas
destempladas de los borrachos y por los chillidos ásperos de
las mujeres que permanecen quietas en los bancos. El dios
improvisado de, la ceremonia tiene que beber casi todo el líquido
que le arrojan a la cara, pues mantiene la boca abierta para
eso, para que se la llenen los que pasan danzando alrededor. Así
se mantiene el tiempo que le permite la borrachera creciente,
sin interrumpir el compás de su tambor, a pesar de los chorros
que le ahogan, que le dejan ciego y que le bañan de pies a
cabeza. Al fin rueda por tierra".
"... Ya
pasó la Chaya. En el espacio inquieto de las montañas han
quedado vibrando los cantores y los ecos del tamboril melancólico,
de la flauta campestre de caña y cera, de las risas femeninas y
los gritos desacordes de la turba frenética. Todo ha tenido una
repercusión en las rocas; todo ha dejado un rastro; en la
tierra, las danzas y las correrías desenfrenadas; en el aire,
las músicas y las palabras, retozando en una libertad de tres días.
En las
estribaciones del Ambato vemos el enterramiento del Carnaval con
la misma alternativa que en los valles salteños. Aparece el
dios carnavalesco con el nombre de Pukllay. Este sale sobre un
burrito los días de carnaval y es paseado insistentemente y
"convidado" con chicha, aloja, cenizas y almidón. El
último día, a la tarde, lo llevarán a enterrar al monte más
próximo; le abrirán una tumba, lo sepultarán y lo llorarán
al compás de cajas vidaleras. En esta ocasión las vidalas
repiten los responsos con tristes coplas.
En el
"enterrado" del valle salteño, en el muñeco lleno de
cohetes que hemos visto en la estación Banderas, de Santiago
del Estero; en el muñeco que queman en el Aconquija, el
"judas" de la negrada de Arigós, en Santa Fe; el dios
figurado del Famatina, y en el Pukllay catamarqueño, vemos a la
kacharpaya que Orestes Di Lullo cuenta recorriendo disfrazada,
sobre un burro flaco o un caballo defectuoso, las calles de los
pueblos: "seguido por una pacota -toda gente divertida- y
una turba de chiquillos que cantan al son de las cajas,
guitarras y violines o al ruido de instrumentos improvisados con
tarros y latas".
Este
personaje, según el autor citado, es uno de los juerguistas de
Carnaval que en cada rancho, se detiene para exigir al dueño de
casa un tributo, "que no es caridad ni mucho menos",
sino una especie de colecta pública que el pueblo debe pagar
como contribución por la diversión que estos animadores le
proporcionaron. Aparece en los últimos días del Carnaval,
cuando el cansancio hace presa en el ánimo popular y los
bolsillos se alivianan resueltamente.
El autor
citado dice: "Sin duda alguna, la kacharpaya es el último
resplandor de esa llama que arde ininterrumpidamente en el alma
del pueblo durante toda la fiesta, como en las representaciones
antiguas, su aparición anuncia el término de esa orgía,
mezcla de música, de cantos y de bailes, en la que el hombre
solitario del campo se llena de goces fraternos y ensaya el
primer paso en el sentido de su agremiación humana".
Si bien no
la presenta como el símbolo de Momo que en determinados
momentos hay que quemarlo o enterrarlo, admite que es una forma
de la kacharpaya que se entierra en la zona montañosa y de la
que se quemaba en otras épocas en Villa Atamisqui, de Santiago
del Estero.
Muchas de
estas costumbres han sido practicadas en otras fechas de
festividades propias de la Iglesia, como lo es la fogata de San
Juan en el mundo europeo, y aun en el nuestro, aunque con poca
intensidad; la fiesta de los locos en la que se elegía papa de
los dementes y era propiciada por los mismos canónigos de España;
como, la fiesta del Asno, que a simple vista parecía un rito
selvático, pero que tenía sus orígenes en la adoración del
asno en que huyó de Egipto la Sagrada Familia; como la fiesta
de los Inocentes, etcétera. El tiempo las fue postergando,
superponiendo, y el pueblo las practicó en fechas que diferían
absolutamente del móvil de origen.
Extraído
de: "El mito, la leyenda y el hombre - Usos y costumbres
del folklore", Félix Molina-Tellez, Editorial Claridad,
Primera edición, Buenos Aires 1947.