"Yerba de
libertad". Tupac Amaru
La
sublevación del mestizo José Gabriel Condorcanqui, quien protestaba contra las
injusticias de los corregidores y reclamaba para sí el título de Inca heredado
de una hija de Felipe Túpac Amaru, dio origen a uno de los episodios más
horrendos -quizás el más horrendo- entre todos los crímenes perpetrados en
América. Los espíritus tolerantes del siglo XVIII debieron estremecerse ante la
ordalía de sangre y crueldad en la que «ilustrados» funcionarios españoles se
comportaron peor que el más sanguinario de los salvajes.
Ya en el siglo XVI, el virrey Toledo había intentado sin éxito borrar el
recuerdo y la imagen del Inca alegando que ella «vendrá a criar yerba de
libertad". Esto era tan cierto que, dos siglos después, el científico y
perpiscaz viajero que fue Alexander von Húmboldt observaba que «dondequiera que
ha penetrado la lengua peruana, la esperanza de la restauración de los incas ha
dejado huellas en la memoria de los indígenas que guardan recuerdo de su
historia nacional» . También a los funcionarios les preocupaba esta evidencia.
Después de una conspiración que hubo en Lima en 1750, el virrey conde de
Superunda opinaba que no debía permitirse a los indios hacer en las fiestas sus
mascaradas y bailes como era costumbre, porque las reducían «a una
representación de sus antiguos reyes, a sus trajes, estilo y comitiva, cuya
memoria los entristece y no deponen algunos sin lágrimas las vestiduras e
insignias de sus primeros monarcas". Este sentimiento, renovado en las obras de
teatro que representaban con frecuencia, unido a la explotación de que eran
objeto por parte de los corregidores del siglo XVIII, explica la rapidez con la
que pueblos enteros se alistaron tras la figura del carismático mestizo después
de siglos de opresión y pasividad.
José Gabriel Túpac Amaru, como eligió llamarse este «portavoz de los indios ante
los blancos», era quinto nieto del último Inca y como tal reclamó para sí a los
22 años el título de cacique de los pueblos de Surimana, Pampamarca y Tangasuca.
Había hecho sus estudios en el colegio jesuita para hijos de caciques del Cuzco
donde aprendió, entre otras cosas, la historia sagrada, como lo prueban sus
frecuentes alusiones a la Biblia. No es aventurado pensar que la historia de
Moisés salvando a su pueblo israelita de la esclavitud en que lo tenían los
egipcios lo haya alentado a realizar idéntica misión entre los suyos, apoyándose
también, quizás, en las teorías del jesuita Francisco Suárez sobre la soberanía
del pueblo. Tres o cuatro veces, en sus declaraciones, identifica la tiranía de
los corregidores con la del faraón egipcio, pero es en su respuesta al sádico
juez Mata Linares donde mejor se percibe esta posible identificación: «siendo
descendiente de los incas, como tal, viendo que sus paisanos estaban
acongojados, maltratados, perseguidos, él se creyó en la obligación de
defenderlos, para ver si los sacaba de la opresión en que estaban. Palabras
éstas que recuerdan casi textualmente los razonamientos de Moisés cuando decide
salvar a su pueblo del despotismo egipcio, y también cuando recuerda que: «Un
humilde joven con el palo y la honda y un pastor rústico 45libertaron al infeliz
pueblo de Israel del poder de Goliat y faraón: fue la razón porque las lágrimas
de estos pobres cautivos dieron tales voces de compasión, pidiendo justicia al
cielo, que en cortos años salieron de su martirio y tormento para la tierra de
promisión. Mas al fin lograron su deseo, aunque con tanto llanto y lágrimas. Mas
nosotros, infelices indios, con más suspiros y lágrimas que ellos, en tantos
siglos no hemos podido conseguir algún alivio; y aunque la grandeza real y
soberanía de nuestro monarca se ha dignado librarnos con su real cédula, este
alivio y fatiga se nos ha vuelto mayor desasosiego, ruina temporal y espiritual.
Será la razón porque el faraón que nos persigue, maltrata y hostiliza no es uno
solo, sino muchos, tan inicuos y de corazones tan depravados como son todos los
corregidores, sus tenientes, cobradores y demás corchetes: hombres por cierto
diabólicos y perversos [...] que dar principio a sus actos infernales seria
santificar... a los Nerones y Atilas de quienes la historia refiere sus
iniquidades... En éstos hay disculpas porque, al fin, fueron infieles; pero los
corregidores, siendo bautizados, desdicen del cristianismo con sus obras y más
parecen ateos, calvinistas, luteranos, porque son enemigos de Dios y de los
hombres, idólatras del oro y de la plata. No hallo más razón para tan inicuo
proceder que ser los más de ellos pobres y de cunas muy bajas ".
En 1760 se había casado con Micaela Bastidas, valiente y decidida mujer que,
además de darle tres hijos, lo animó y ayudó en una empresa que desde el primer
momento consideró también como suya. No fue la única: vanas mujeres, indígenas y
mestizas, participaron en esta gesta contra la opresión de un sistema tiránico y
humillante.
Boleslao Lewin, en su ya clásica obra sobre Túpac Amaru, afirma que su programa
social fue claro y explícito desde un principio. No así el político, que fue
variando a medida que se desarrollaban los acontecimientos. Cuando se acerca por
primera vez a las autoridades españolas, en 1777, lo hace con un coherente
programa de reivindicaciones; en primer lugar; conseguir la eliminación de la
mita, sobre todo la minera, que si siempre había sido dura, con la disminución
de los indígenas era imposible de sobrellevar. «Entonces morian los indios y
desertaban -afirma en el memorial de diciembre de 1777- pero los pueblos eran
numerosos y se hacia menos sensible; hoy, en la extrema decadencia en que se
hallan, llega a ser imposible el cumplimiento de la mita porque no hay indios
que las sirvan y deben volver los mismos que ya la hicieron...". Denuncia los
esfuerzos inhumanos a que son obligados, los largos y peligrosos caminos que
deben andar para llegar hasta allí "más de doscientas jornadas de ida y otras
tantas de vuelta" y propone que, en lugar de los indios, trabajen en las minas
"el copioso número de trabajadores establecidos en dicho cerro de Potosí". Pedía
también la extinción de los obrajes, verdaderas cárceles donde se obligaba a
adultos, viejos y hasta a niños a tejer y a hacer otras "granjerías " sin
descanso. Las mayores acusaciones, sin embargo, estaban dirigidas a los
corregidores, quienes, para poder conservar sus vidas lujosas e incrementar aún
más los dividendos, obligaban a los indios a comprar toda clase de objetos
inútiles, quedándose ellos con parte de la ganancia obtenida. La sabia
legislación indiana había prohibido a los corregidores de indios comerciar con
ellos, pero desde mediados del siglo XVIII esta prohibición pasó a ser letra
muerta. Es así que, como decía Túpac Amaru, «nos botan alfileres, agujas de
Cambray, polvos azules, barajas, anteojos, estampitas y otras ridiculeces como
éstas. A los que somos algo acomodados nos botan terciopelos, medias de seda,
encajes, hebillas, ruan y cambrayes, como si nosotros los indios usáramos de
estas modas españolas. Y en unos precios exorbitantes, que cuando llevamos a
vender no volvemos a recoger ni la veinte parte de lo que hemos de pagar...". Es
decir, que seguían recurriendo a los cascabeles y cuentas de colores de
comienzos de la Conquista. Algunos funcionarios reales veían y denunciaban este
estado de cosas pero no se tomaba ninguna medida seria, quizás porque la Corona
no podía pagar de otro modo a los corregidores que debían cobrar su sueldo de lo
que sacaban a los indios.
Viendo que sus peticiones no tenían eco, Túpac Amaru comenzó a preparar la
insurrección haciendo acopio de armas de fuego, vedadas a los indígenas. Al
mismo tiempo trataba de atraer a criollos y mestizos a su causa con desparejo
resultado. La ocasión se presentó cuando el obispo criollo Moscoso excomulgó al
corregidor de Tinta, Arriaga, individuo particularmente odiado por los indios.
El 4 de noviembre de 1780, Túpac Amaru, con su autoridad de cacique de tres
pueblos, mandó detener a Antonio de Arriaga, y lo obligó a firmar una carta
donde pedía a las autoridades dinero y armas y llamaba a todos los pueblos de la
provincia a juntarse en Tungasuca, donde estaba prisionero. Le fueron enviados
22000 pesos, algunas barras de oro, 75 mosquetes, mulas, etcétera.
El 10 de noviembre, ejecutado Arriaga en la horca, según Túpac Amaru «en nombre
del rey ", comienza la mayor sublevación de América, cuyos ecos llegaron hasta
los virreinatos de Nueva Granada y Río de la Plata, provocando nuevas
insurrecciones en las que perdieron la vida más de 100.000 personas. «Desde el
día diez -dice un documento de la época citado por Pedro de Ángelis- empezó a
escribir cartas a diferentes caciques, mandándoles que prendiesen a sus
corregidores, tenientes y demás dependientes, y dando órdenes para que se
embargasen sus bienes. Estas cartas iban acompañadas de los edictos que habían
de publicar dichos caciques en sus respectivas provincias, promulgando que se
acabarían los pechos de repartimientos, aduanas y mitas de Potosí con el
exterminio de los corregidores.
Seguido por un entusiasta ejército de indios, empezó a recorrer pueblos y
ciudades destruyendo a su paso los obrajes, símbolo de opresión, y emitiendo
proclamas que modificaban su discurso según fueran dirigidas a los indios y a
los esclavos, a los sacerdotes o a los criollos. A los primeros les prometía que
«quedarán libres de la servidumbre y esclavitud en que estaban", insistiendo en
que su misión consistía en abolir los abusos y terminar con los corregidores,
que él era el libertador del reino y el restaurador de los privilegios otorgados
a sus antepasados por los Reyes Católicos. A los clérigos les aseguraba que
«sólo pretendo quitar tiranías del reino, y que se observe la santa y católica
ley, viviendo en paz y quietud", recalcando en una carta al obispo Moscoso «V.
S. Ilma. no se incomode con esta novedad ni perturbe su cristiano fervor. Ni la
paz de los monasterios, cuyas sagradas vírgenes e inmunidades no se profanarán
de ningún modo, ni sus sacerdotes serán invadidos con la menor ofensa de los que
me siguieren... ". El 23 de diciembre de 1780 se dirige especialmente a los
criollos en una proclama donde hace saber que «viendo el yugo fuerte que nos
oprime con tanto pecho [impuestos] y la tiranía de los que corren con este
cargo, sin tener consideración de nuestras desdichas, y exasperado de ellas y de
su impiedad, he determinado sacudir el yugo insoportable y contener el mal
gobierno que experimentamos de los jefes que componen estos cuerpos, por cuyo
motivo murió en público cadalso el corregidor de Tinta, a cuya defensa vinieron
de la ciudad del Cuzco una porción de chapetones, arrastrando a mis amados
criollos, quienes pagaron con sus vidas su audacia. Sólo siento lo de los
paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo no se les siga ningún perjuicio,
sino que vivamos como hermanos y congregados en un cuerpo, destruyendo a los
europeos" .
Las respuestas a estas proclamas fueron inmediatas y distintas. En las calles de
Arequipa y del Cuzco aparecieron pasquines en favor y en contra del rebelde.
Como España estaba en guerra con Gran Bretaña, se decía para desprestigiar al
famoso mestizo que había tomado contacto con los ingleses. Entre la crítica y la
admiración, un diario de Arequipa describía así, en enero de 1781, la figura del
insurrecto y sus seguidores. El testigo destaca los elementos incaicos de su
vestimenta e insinúa la presencia de dos ingleses entre sus hombres.
"El ejército era muy considerable, y fuera de la infantería llevaba sobre mil
hombres de caballería, españoles y mestizos, con fusiles, y al lado izquierdo y
derecho de Túpac Amaru iban dos hombres rubios y de buen aspecto, que parecían
ingleses. Túpac Amaru iba en un caballo blanco, con aderezo bordado de realce,
su par de trabucos naranjeros, pistolas y espada, vestido de azul de terciopelo,
galoneado de oro; su cabriolé en la misma forma, de grana, y un galón de oro
ceñido en la frente. Su sombrero de tres vientos, y encima del vestido, su
camiseta o unco, semejante a un roquete [casulla] de obispo, sin mangas,
ricamente bordado, y en el cuello una cadena de oro, y en ella pendiente un sol
del mismo metal, insignias de los príncipes, sus antepasados."
La revuelta tuvo repercusión en toda la América hispana: desde el Río de la
Plata hasta Colombia, Venezuela y aun Panamá y México, pero no todos los
movimientos tuvieron las mismas características. Aunque después de su muerte los
criollos utilizaron la figura de Túpac Amaru como símbolo, el suyo fue un
movimiento esencialmente indígena: se unieron a él hasta los chiriguanos y los
mocovíes nómades del Chaco salteño. En febrero de 1781 se levantaron Chuquisaca
y Oruro, en marzo Tupiza, Puno, La Paz y Jujuy, donde decían «Ya tenemos rey
Inca". Unos 5000 indios en una extensión de 1500 kilómetros, de Salta al Cuzco,
se dispusieron a seguir al rebelde. En Oruro, donde hubo mucha participación de
mestizos, se fijó en abril del 81 este pasquín:
Ya en el Cuzco con empeño Quieren sacudir y es ley, el yugo de ajeno rey y
coronar al que es dueño. ¡Levantarse americanos! tomen armas en las manos, y con
osado furor maten, maten sin temor a los ministros tiranos.
Y en marzo de 1781 fijaron en la puerta de la Audiencia de Charcas:
El general inca viva jurémosle ya por rey, porque es muy justo y de ley que lo
que es suyo reciba. Todo indiano se aperciba a defender su derecho porque Carlos
con despecho los aniquila y despluma y viene a ser todo, en suma, robo al revés
y al derecho .
Como fácilmente se ve en estos versos, mestizos y criollos protestaban sobre
todo por la política impositiva de Carlos III. En la ciudad de Mendoza quisieron
quemar su retrato «intentando dar a un vecino doscientos pesos... para quemarlo
a favor del rebelde Túpac Amaru inca, y los dependientes de este rebelde, dando
por bien hechas las atrocidades que han hecho". También el movimiento de los
comuneros de Nueva Granada, esencialmente antiimpositivo, tomó elementos de los
tupamaristas, pero con predominio criollo. "El día 16 de marzo de 1781, día de
mercado, se presentaron en la plaza del Socorro unos cuantos hombres...
vociferando que no pagarían los impuestos"; ante la intervención del alcalde que
trataba de disuadirlos, "una mujer llamada Manuela Beltrán se acercó a la puerta
de la casa donde estaba fijado en una tabla el edicto del Visitador y al grito
de 'Viva el rey y muera el mal gobierno!', desgarró el edicto y volvió pedazos
la tabla entre los vivas y aplausos de la multitud". Sucesos semejantes
ocurrieron en distintas ciudades de Nueva Granada, con la diferencia de que en
algunos pueblos se añadía al repudio por los impuestos algo mucho más grave: el
reconocimiento de Túpac Amaru como nuevo rey. «¡Que viva el rey inca y muera el
rey de España y todo su mal gobierno y quien saliese en su defensa!», gritaban
en Silos, mientras en los llanos de Casanare y pueblos aledaños, un criollo, don
Javier de Mendoza, se ponía a la cabeza de los indios sublevados en mayo del
mismo año y hacía jurar a Túpac Amaru como rey de América. Es posible, sin
embargo, que los comuneros de Nueva Granada, en su mayoría criollos, hubieran
tomado el nombre del Inca para atraer a su causa a los indios del lugar.
Si Túpac Amaru hubiera podido tomar la ciudad del Cuzco, otro rumbo hubieren
seguido los acontecimientos. Quizás hubiera podido negociar una paz digna y
obtener un indulto. Pero el ilustre peruano no
quería que corriera tanta sangre y el tiempo que empleó en cartas al obispo y al
cabildo de la ciudad para que se rindieran fue aprovechado por sus enemigos para
enviar refuerzos considerables que hicieron imposible una victoria de los
insurrectos. Con la llegada al Cuzco del visitador general José Antonio de
Areche y el inspector general José del Valle encabezando un ejército compuesto
de 17 116 hombres armados, la situación se desequilibró en perjuicio de los
rebeldes. Lo más importante, sin embargo, fueron las medidas políticas adoptadas
por los jefes realistas: se prohibiría el reparto (comercio obligatorio) de los
corregidores y se indultaría con un perdón general a todos los comprometidos en
la insurrección, exceptuando a los cabecillas. Estas medidas lograron que muchos
desertaran o pasaran a las filas realistas. Túpac Amaru intentó todavía dar un
golpe de mano atacando primero, pero el ejército realista fue advertido por un
prisionero escapado y el golpe fracasó. La noche del 5 al 6 de abril se libró la
desigual batalla entre los dos ejércitos. Según un parte militar «fueron pasados
a cuchillo más de mil y derrotado el resto enteramente". Al verse perdido Túpac
Amaru intentó fugar: «viendo todo perdido -sigue contando el parte militar del 8
de abril- envió orden a su mujer e hijos de que huyesen como pudiesen y se
arrojó a pasar un río caudaloso a nado, lo que logró. Pero a la otra banda el
coronel de Langui, que lo era por su orden en este pueblo, por ver si indultaba
su vida, le hizo prisionero y le entregó a los nuestros... lo mismo que a su
mujer, hijos y demás aliados... A las seis de la mañana de este mismo día se
condujo prisionero a Francisco Túpac Amaru, tío de José Gabriel, y a otro
cacique llamado Torres, famosos capitanes del rebelde. El primero traía
vestiduras reales, de las que usaban los Incas, con las armas de Túpac Amaru
bordadas de seda y oro en las esquinas".
Túpac Amaru y los suyos quedarían expuestos a las fieras, que se cobrarían con
creces los momentos de humillación y miedo que debieron pasar por su causa.
«El viernes 18 de mayo de 1781, después de haber cercado la plaza con las
milicias de esta dudad del Cuzco... y cercado la horca con el cuerpo de mulatos
y huamanguinos, arreglados todos con fusiles y bayonetas caladas, salieron de la
Compañía nueve sujetos que fueron: José Verdejo, Andrés Castelo, un zambo,
Antonio Oblitas (el verdugo que ahorcó al general Arriaga), Antonio Bastidas,
Francisco Túpac Amaru; Tomasa Condemaita, cacica de Arcos; Hipólito Túpac Amaru,
hijo del traidor; Micaela Bastidas, su mujer, y el insurgente, José Gabriel.
Todos salieron a un tiempo, uno tras otro. Venían con grillos y esposas, metidos
en unos zurrones, de estos en que se trae la yerba del Paraguay, y arrastrados a
la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que los
auxiliaban, y custodiados de la correspondiente guardia, llegaron al pie de la
horca, y se les dieron por medio de dos verdugos, las siguientes muertes.
«A
Verdejo, Castelo, al zambo y a Bastidas se les ahorcó llanamente. A Francisco
Túpac Amaru, tío del insurgente, y a su hijo Hipólito, se les cortó la lengua
antes de arrojarlos de la escalera de la horca. A la india Condemaita se le dio
garrote en un tabladillo con un torno de fierro... habiendo el indio y su mujer
visto con sus ojos ejecutar estos suplicios hasta en su hijo Hipólito, que fue
el último que subió a la horca. Luego subió la india Micaela al tablado, donde
asimismo en presencia del marido se le cortó la lengua y se le dio garrote, en
que padeció infinito, porque, teniendo el pescuezo muy delgado, no podía el
torno ahogaría, y fue menester que los verdugos, echándole lazos al cuello,
tirando de una a otra parte, y dándole patadas en el estómago y pechos, la
acabasen de matar. Cerró la función el rebelde José Gabriel, a quien se le sacó
a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y
esposas, lo pusieron en el suelo. Le ataron las manos y pies a cuatro lazos, y
asidos éstos a las cinchas de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro
distintas partes: espectáculo que jamás se ha visto en esta dudad. No sé si
porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio en realidad fuese
de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo
estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire en un estado que parecía
una araña. Tanto que el Visitador, para que no padeciese más aquel infeliz,
despachó de la Compañía una orden mandando le cortase el verdugo la cabeza, como
se ejecutó. Después se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde se le sacaron
los brazos y pies. Esto mismo se ejecutó con las mujeres, y a los demás les
sacaron las cabezas para dirigirlas a diversos pueblos. Los cuerpos del indio y
su mujer se llevaron a Picchu, donde estaba formada una hoguera, en la que
fueron arrojados y reducidos a cenizas que se arrojaron al aire y al riachuelo
que allí corre. De este modo acabaron con José Gabriel Túpac Amaru y Micaela
Bastidas, cuya soberbia y arrogancia llegó a tanto que se nominaron reyes del
Perú, Quito, Tucumán y otras partes...
"Este día concurrió un crecido número de gente, pero nadie gritó ni levantó la
voz. Muchos hicieron reparo, yo entre ellos, de que entre tanto concurso no se
veían indios, a lo menos en el traje que ellos usan, y si hubo alguno, estarían
disfrazados con capas o ponchos. [..] Habiendo hecho un tiempo muy seco y días
muy serenos, aquel día amaneció entoldado, que no se le vio la cara al Sol,
amenazando por todas partes a llover. Ya la hora de las 12, en que estaban los
caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras éste
un aguacero que hizo que toda la gente, aun las guardias, se retirasen a toda
prisa. Esto ha sido causa de que los indios se hayan puesto a decir que el cielo
y los elementos sintieron la muerte del Inca, que los inhumanos e impíos
españoles estaban matando con tanta crueldad."
Ese día la naturaleza mostró ser mas piadosa que los hombres.
Nunca en la historia de América los representantes de la Justicia obraron con
tanta saña llegando, como en una maldición bíblica, hasta a arrojar sal en los
pueblos donde tenía el inca sus posesiones. Mucho temor deben haber tenido
algunos españoles del Cuzco, quienes, según un testimonio contemporáneo citado
por Ángelis, no sólo se refugiaban en las iglesias sino que 'pedían a los
sacristanes les franqueasen las bóvedas para sepultarse vivos". Sentir miedo y
que sea público es algo que los soberbios jamás perdonan. El miedo pasado y la
«repulsión a la idea de que los "bárbaros" pudieran
Extractado del libro "Las mil y una historias de América", de Lucía Gálvez,
editorial Norma. 1999.
Fuente:
http://www.saber.golwen.com.ar/tupac.htm