Todas
las noches, antes de acostarse, ordena su colección de objetos
preciosos: una araña pollito sumergida en formol, un talismán
de hueso que tiene la virtud de curar los orzuelos, un mono de
chocolate, recuerdo de su último cumpleaños, y la famosa
medalla de su tío, que los chicos del barrio envidian: Alfonso
XII al Ejército de Filipinas. Valor, Disciplina, Lealtad.
Su tío
la llevaba de adorno, colgada del llavero, pero él insistió
tanto que acabó por regalársela. Con su abuela las cosas
son más complicadas. En vano le ha pedido aquella piedra que
trajo de la Gruta de la Virgen del Valle, el año de su
peregrinación a Catamarca. Durante un tiempo agotó sus
recursos de nieto predilecto para conseguirla: se hizo cortar el
pelo, aprendió las lecciones de solfeo. Su abuela persistió en
la negativa. Ni siquiera pudo conmoverla cuando
estuvo enfermo de sarampión y ella se quedaba junto a la cama,
leyéndole.
Una
tarde, mientras bebía jugo de naranja, interrumpió la lectura
y volvió a pedirle la piedra de la Virgen. Su abuela le dijo
que no fuera cargoso, que se trataba de una piedra bendita y que
con reliquias no se juega. El chico, enfurecido, derramó el
jugo de naranja sobre la cama. La abuela pensó que lo había
hecho sin querer.
Unos
días después de este incidente, el chico abandonó la cama y
cruzó a la casa de enfrente, donde vive la abuela. Tiene el
propósito de sentarse en la silla de hamaca, cerca de la
pajarera principal, y terminar Robinson Crusoe. Se siente débil,
y el médico ha recomendado que lo hagan tomar un poco de sol,
por las mañanas. La casa de la abuela está llena de pájaros y
plantas.
En
los patios hay jaulas de alambre tejido con cardenales y
canarios; a lo largo de las paredes, casales de pájaros finos
seleccionados para cría; en el jardín del fondo, pajareras de
mimbre con reinamoras. Tupidos helechos desbordan los macetones
de barro cocido, y toda la casa es fresca, manchada y luminosa,
como con luz cambiante de tormenta. Dentro de las habitaciones,
la abuela, dos veces viuda, se consagra al recuerdo de sus
maridos y a sus santos de siempre. San Roque y su perro,
amparado por un fanal de vidrio, goza de la mayor devoción.
Lamparitas de aceite arden todo el tiempo sobre la mesa que
sirve de altar; flores de papel y un escapulario bordado en oro,
con un corazón en llamas, completan la sencilla decoración.
Allí
también está la piedra de la Virgen, brillante de mica y de
prestigio.
Sentado
en la silla de hamaca, el chico mira a su abuela, que ayudada
por la criada riega las plantas, corta brotes malsanos y cambia
el agua de las pajareras.
Tiene
entre las manos Robinson Crusoe, pero no lee. Piensa en la
piedra que nunca será suya, en la negativa odiosa de la abuela.
No ha vuelto a hablarle del asunto desde la tarde en que derramó
el jugo de naranja sobre la cama. Imposible robársela. Es una
piedra bendita. Y quién sabe si al intentar hacerlo no cae
fulminado por un rayo como se cuenta de Uzza, en la Historia
Sagrada, que tocó el Arca de Dios. El chico quiere leer y no
puede. Observa la pajarera principal cuyo techo, de lata verde,
imita el de una pagoda china. La abuela y la criada están
distraídas regando las hortensias del jardín del fondo.
Entonces se incorpora sin hacer ruido y abre una puerta de la
pajarera. El primer canario vacila, desconfía, trina, y de
pronto echa a volar. Los demás, siguiendo el ejemplo, huyen
alborotados hacia los árboles del vecino.