¿TODO BIEN?
Por Dante López Foresi
"El único dolor que se soporta es el ajeno". Escuché esta frase hace unos días. Justamente el mismo día que leí en una revista (no recuerdo cual) que el 68% de los argentinos dice estar "bien o muy bien de ánimo". Al leer esta estadística, comprendí mejor la frase anterior.
El artículo de esa revista no mencionaba nada sobre qué porcentaje de argentinos consume drogas de todo tipo, alcohol o recurre al misticismo para lograr ese presunto equilibrio anímico. Obviamente, si como periodista se me ocurre hacer una encuesta sobre "el humor de los porteños" y alguien me responde con absoluta seguridad que se siente feliz, revisaría sus bolsillos en busca de Rivotril o Alplax. Jamás iría a preguntar a la salida de una sesión de yoga o cerca de un taller de meditación grupal de admiradores de Osho o Sai Baba. Iría al extremo sur del Puente Pueyrredón un 26 de cada mes, a la llamada City porteña a las 14 horas o a un comedor infantil y/o escuela del conurbano a cualquier hora de clases. Pero parece ser que lo que aún no pudimos desterrar los argentinos y que heredamos de la década del noventa, es esa estúpida idea de que estar mal es socialmente rechazado Y que para ser exitoso uno nunca debe confesar públicamente sus extraordinarios emboles existenciales.
Recuerdo que el año pasado debatimos en nuestro programa radial algo que se me ocurrió decir relacionado con los afectos y los vínculos de poder. Lo debatido giraba en torno de la necesidad de cierto sometimiento de una de las partes para que un vínculo funcione. Y no nos referíamos únicamente a relaciones de pareja, sino a cuestiones más abarcativas. Recuerdo que pusimos el ejemplo de una amistad, donde una de las partes solo "sentía" su profundo afecto por el otro, solo cuando el otro recurría a él para pedir consejos o confesar dolores, lo que le posibilitaba a su amigo elaborar la fantasía de que era equilibrado, mesurado, adulto, y que por eso su amigo recurría a él pidiendo una soga. Pero -quizás- ese mismo "consejero" no soportaba demasiado en su más inconfesable intimidad que a su amigo le sucedan cosas dichosas. Recuerdo que nos atrevimos a decir que "en ese caso amigo es el que nos banca cuando estamos en las buenas". ¿Se entiende la idea o empiezo de nuevo?. Aquello solo fue una idea lanzada al aire para generar un debate riquísimo, donde obviamente concluimos en que ningún vínculo afectivo sólido debe basarse en el sometimiento de una de las partes. Por eso poníamos ejemplos grotescos, pero reales.
En la actualidad, parece ser que los habitantes de la capital del País y del
conurbano (por no generalizar) estamos experimentando una de las consecuencias
de haber sido primer mundistas "de mentirita", y pasamos abruptamente
de ser las lágrimas de un tango, a mostrarnos como si realmente la felicidad
hubiera golpeado nuestras puertas y hubiésemos pasado nuestra infancia bailando
salsa y bebiendo caipirinha. En "estadísticas" como la citada al
comienzo, o simplemente y a modo de ejemplo, hasta en esa compulsión de los
taxistas porteños por aparentar equilibrio y mesura mientras son literalmente
puteados por "todas las voces todas", parece residir la enfermedad del
primer lustro del siglo. Hace diez años, decir que uno era idealista era poco
menos que motivo de sepultura social inmediata. Hoy, decir "estoy
triste" despierta más o menos la misma reacción en el resto de nuestros
congéneres. Ni una cosa ni la otra. Asegurar que el 68% de los ar gentinos está
"bien o muy bien" no sólo es mentiroso, sino temerario. Y si estamos
bien gracias a antidepresivos o ansiolíticos, el que está más desquiciado es
el encargado de hacer las preguntas en esa presunta encuesta.
En lo personal, cuando le pregunto a alguien como está y me responde sin titubear: "muy bien"....desconfío. Recuerdo que el Ché Guevara dejó como testamento para sus hijos una carta donde les reclamaba que "sientan como propio el dolor de quien sea en cualquier parte de mundo". Palabras mas, palabras menos. No creo que sea necesario pedir perdón a "los muertos de mi felicidad" como escribió Silvio, ni tampoco esconder mi dolor para ser aceptado socialmente. Tampoco debemos ser tan culpógenos como para asegurar que no tenemos derecho de ser felices si aún existen niños desnutridos. A cientos de kilómetros de la verdadera pobreza se suele ver combatir de esta manera hipócrita y con ese tipo de argumentos declamativos. En las zonas realmente pobres, la gente trabaja...o llora en silencio. Y no hay "encuestadores".
Los argentinos en general aún debemos aprender que no debemos gastar nuestras energías en agradar a nadie. Recomendamos a los "ólogos" (sociólogos, psicólogos, encuestólogos, opinólogos, etc.ólogos) desocupados de la década del 90 cuando nos creíamos todo (hasta en la realidad del 1 a 1), que traten de ser más originales a la hora de consultar a la opinión pública y -sobre todo- a la hora de sacar conclusiones "científicas". Una cosa es la "tolerancia social" y otra "el estado anímico de la gente". Si el 68% de los argentinos está bien o muy bien anímicamente, me pregunto por qué no le llevamos facturas a los piqueteros cuando nos cortan los puentes, o no le agradecemos profundamente a los banqueros haberse quedado con nuestros ahorros. También podríamos darnos una vueltita por Recoleta para ver si el destino nos cruza con María Julia y le pedimos disculpas por haber sido tan mal pensados.
Cierro
este artículo como cerrábamos nuestro programa de Radio Nacional durante dos años
(hasta que alguien no soportó que nos fuese tan bien...que paradoja...¿no?):
SEA FELIZ PORQUE TIENE DERECHO. Léase bien: DERECHO. Nunca dijimos que tenemos
la OBLIGACIÓN de serlo.