El sorteo de Matucana

Desde las casamatas de El Callao, una columna del ejército español, al mando del GeneralMonet, conducía con destino a la isla de Los Prisioneros, en el lago Titicaca a 160 patriotas tomados por sublevados en El Callao. Era el 8 de marzo de 1824. En la primera jornada pernoctaron a 30 kilómetros de Lima.

Dos de ellos, el Mayor don Juan Ramón Estomba y el Capitán don Pedro José Luna, se tendieron fatigados en el suelo, uno al lado del otro, y antes de entregarse al sueño se concertaron para fugarse en la primera ocasión propicia, comunicando su proyecto al Mayor don Pedro José Díaz y a los oficiales Juan Antonio Prudán y Domingo Millán.

El 21 de marzo llegaron a una estrecha ladera. Marchaban los presos en desfiladas. Estomba y Luna iban entre Millán yPrudán. Al descender al fondo de la quebrada y pasar uno de sus puentecillos, Estomba y Luna se deslizaron a lo largo de una acequia como por un camino cubierto. Mill n y Prudán cerraron el claro, renunciando a la salvación para burlar la vigilancia de la custodia. Esta abnegación debía costarles la vida.

Informado Monet de la evasión, luego que la división llegó al pueblo de San Juan de Matucana, que dista 19 leguas de Lima, los prisioneros fueron colocados sobre la ribera del río del mismo nombre, bajo la guardia de dobles centinelas de vista.

Inmediatamente se presentó el General García Gamba, jefe de estado mayor de la división, acompañado del Coronel españolFur. El primero ordenó a los prisioneros que formasen en ala, lo que ejecutaron todos, con excepción del General don Pascual Vivero, que estaba separado de ella.

Así que los prisioneros estuvieron formados, García Gamba les habló en términos duros, con el semblante airado que le era habitual.

-Señores -les dijo-, tengo orden terminante del general de la división de sortear a ustedes, para que mueran dos, por los dos que se han fugado; en la inteligencia de que, de hoy en adelante, serán responsables los unos de los otros, pues si se fugan diez, serán fusilados diez; y si se fugase la mitad, morirá el resto.

El doctor López Aldana, auditor de guerra del ejército independiente, fiel a sus compañeros de infortunio -y a los sagrados deberes de abogado, no pudo contener su indignación y levantó su voz enérgica en favor de los oprimidos, como si abogase ante el tribunal.

-En ninguna parte se ha visto -dijo López Aldarla- que la víctima sea custodia de la víctima. En las sociedades bárbaras no se recuerda un hecho tan atroz ni tan injusto. Que responda el oficial de las faltas, pero jamás ninguno de los prisioneros porque ninguno ha negado ni niega sus brazos y sus pies a las cadenas que quieran ponerles. Sobre todo, reclamo que se observe con nosotros el derecho de gentes y. . .

-Bastante se ha observado el derecho de gentes con Usted y sus compañeros -le interrumpió García Gamba-, pues tiene aún la cabeza sobre los hombros.

Inmediatamente se dispuso lo conveniente -para proceder al sorteo, y los prisioneros, comprendiendo que se hallaban bajo el peso de una resolución implacable, guardaron silencio, salvando así su dignidad y esperando tranquilamente el misterioso fallo del destino. -

El Coronel argentino Videla Castillo, que formaba, por su elevada graduación, a la cabeza de sus compañeros, quiso hacer aún un último esfuerzo por ellos, inmolándose por la salvación común.

-Va a procederse al sorteo -dijo García Gamba en alta voz, dirigiéndose a los prisioneros.

-¿Con qué derecho se hace esto? -le preguntó Videla Castillo.

-¡Con el derecho del que lo puede! -repuso secamente.

-Bien; tenga cuidado con la represalia, señor Gamba.

-Señores, va a procederse al sorteo -volvió a repetir García Gamba.

-Es inútil esa suerte -dijo con tranquila firmeza el noble Coronel Videla Castillo-. Aquí estamos dos coroneles: elija usted cuál de los dos ha de morir, o fusílesenos a los dos juntos si se quiere, y hemos concluido.

- No ! ­No ; ­A la suerte! -gritaron casi a un mismo tiempo todos los prisioneros.

El General Vivero, que en este intervalo había advertido lo que pasaba en el campo de los prisioneros, se dirigió hasta donde ellos estaban, y sin proferir una palabra se formó tranquilamente

a la cabeza de la fila, como si fuese a cumplir con un deber ordinario del servicio.

Era el General don Pascual Vivero un anciano de más de setenta años, de figura marcial y fisonomía simpática, a la que daban apacible majestad los blancos cabellos que coronaban su cabeza.

García Gamba, que se hallaba en aquel momento distraído presidiendo los preparativos del sorteo, notó al General Vivero al levantar la vista.

-Señor don Pascual -le dijo, haciéndole con la mano ademán de que se retirase-, con usted no reza la orden.

-¡Sí, reza! -contestó sencillamente el noble anciano.

-No, señor don Pascual, esta orden sólo reza para los prisioneros que marchaban unidos

-Debe rezar conmigo, porque debo participar de la suerte de mis compañeros, así en las desgracias como en la felicidad

Por mi grado me -corresponde sacar la primera suerte.

-Se va a proceder al sorteo! -gritó el implacable jefe del estado mayor, sin darse por enterado de la insistencia. .

Entonces, el General Vivero, sensibilizado en presencia de tantos jóvenes que iban a jugar sus vidas, se dirigió al ejecutor de tan tiránica orden, hablándole en estos términos:

-Soy un viejo soldado que ha sido traidor a Fernando' VII; que ha entregado la plaza de Guayaquil, y he devuelto todos los honores al Rey. He perdido dos hijos en el campo de batalla y han muerto defendiendo su patria, que es también la mía, porque era mía la sangre que derramaron- De consiguiente, poco útil puedo ser ya a la patria: esos jóvenes todavía pueden darle días de gloria, por lo que pido y suplico que se sacrifique a este pobre viejo y que se salven tan preciosas vidas.

García Gamba, que en aquel momento escribía las cédulillas del sorteo a muerte sobre una caja de guerra que le tenía su tambor de órdenes, no oyó, o acaso aparentó nooir, las sentidas palabras del generoso anciano.

Escritas las cedulillas, eran dobladas por el tambor y arrojadas en el morrión cónico de un sargento del Regimiento de Cantabria , que daba ese día la guardia. Acto continuo se procedió a pasar lista a los prisioneros, que para algunos de ellos iba a ser la última lista de la vida.

El primero que metió la mano en el morrión que contenta la ciega sentencia de muerte que pesaba sobre aquellas nobles cabezas fue el Coronel don José Videla Castillo. Tomó su cédula sin que se le notase agitación en el pulso, la abrió y vio que era blanca, y ningún síntoma de alegría se dibujó en su semblante austero y reposado.

El Coronel Ortega, el Mayor Magan, los Capitanes Reaño ,López y don Pedro JoséD¡az, tomaron sus cédulas con igual serenidad, imitando el bello ejemplo que les daba su jefe. A todos ellos les tocó blanca.

Parecía imposible que entre tantas almas tan bien templadas pudiese haber un cobarde, y sin embargo lo hubo. El nombre de ese infame debe elevarse en la picota de la historia para eterno baldón suyo.

Cuando llegó su turno al Mayor Tenorio, su rostro se demudó, y retiró instintivamente la mano -que iba a meter en el morrión fatal, que contenía la vida o la muerte.

-Yo no tomo cédula-exclamó al fin, después de algunos momentos de vacilación en que no vio por todas partes sino semblantes adustos.

-Tome usted su suerte como los demás -le ordenó con imperio García Gamba.

-Que declare primero el señor -dijo Tenorio, señalando a Ramon Lista que estaba a su izquierda -él sabe quienes son los que protegieron la fuga.

-Yo no sé nada! -interrumpió bruscamente Lista-.Venga la suerte

-Usted me ha dicho que sabía quienes eran y no deben pagar los justos -por los pecadores.

-Es usted un infame -le apostrofó Lista-. Si yo he dicho algo a usted será en el seno de la confianza.

­A ver, venga mi suerte -añadió metiendo la mano en el morrión fatídico del impasible sargento de Cantabria y sacando una cédula se dispuso a desdoblarla con toda sangre fría.

En aquel momento salió un joven de entre las filas, y adelantándose cuatro pasos, exclamó con voz vibrante:

-Yo soy uno

-Yo soy el otro! -dijo inmediatamente otro oficial, que imitó la acción de su compañero.

-Venga la suerte

­Venga la suerte -gritaron todos al mismo tiempo, a excepción del infame Tenorio.

-Es inutil -les contestaban aquellos dos grandes corazones que se ofrecían al sacrificio como víctimas propiciatorias de sus compañeros de armas.

El primero de éstos, joven todavía, se llamaba don Juan Antonio Prudán y era natural de Buenos Aires.

El segundo, de mayor edad, con la frente calva y con una orla de cabellos negros que le circundaban el cráneo, dándole un aspecto imponente, era el Capitán don Alejo Millán, hijo de Tucumán.

Ambos habían hecho casi todas las campañas de la Independencia, especialmente Millán, quien había estado presente en todas las guerras del Alto Perú.Prudán, prisionero en Vilcapugio, había permanecido siete años preso en las casamatas de El Callao, hasta que la expedición del General San Martín a Lima puso fin a su largo cautiverio.

A pesar de la tranquila resolución de Prudán y Millán, todos exigían que se continuase el sorteo.

-Es inútil! -volvió a repetir Millán-. En prueba de que soy yo el que debe morir, aquí está una carta del CoronelEstomba.

-En el equipaje que viene en mi maleta se encontrará la casaca de Luna -dijoPrudán.'

-No les crean -gritaron los prisioneros.

-Es cierto -contestaba Prudán.

-No hay que afligirse -añadía Millán con entereza-.

­Verán morir dos valientes

-Es inútil seguir la suerte -dijo entonces con frialdad García Gamba-; habiéndose presentado los dos culpables, serán fusilados.

Millán, prisionero de los españoles en la batalla de Ayohuma, y que había estado encerrado en las casamatas de El Callao cerca de siete años, dijo entonces:

-Prefiero la muerte, de cualquier modo que sea, a los tormentos de ser presidiario de los españoles.

Las dos víctimas predestinadas fueron puestas en capilla, y por una de aquellas coincidencias burlescas que siempre aparecen en las catástrofes, el capitán encargado de custodiarlos llevaba el apellido de Capilla.

Dos horas les dieron para encomendar su alma a Dios. El cura de Matucana los confesó y fue el que los asistió hasta los últimos momentos. Habiendo cumplido con los deberes religiosos del cristiano, Prudán y Millán no cesaron de apostrofar a sus verdugos, y cuando se acercaba la hora del suplicio, -dijo Millán al Capitán Capilla:

-Espero que me hará usted el último favor que le voy a pedir: voy a morir por la patria, y quiero que me traigan mi uniforme que tengo en mi maleta.

Habiéndole traído la casaca y vistiéndose con ella, sacó de entre su forro las medallas con que había sido condecorado y, colgándolas al pecho, dijo a sus llorosos compañeros:

-He combatido por la Independencia desde mi juventud; me he hallado en ocho batallas, he caído prisionero enAyohuma; he estado siete años encerrado en casamatas y habría estado setenta antes de transigir con la tiranía española, que va a dar una nueva prueba de su ferocidad. Mis compañeros de armas, testigos de este asesinato, algún día lo vengarán, y si ellos no lo pueden hacer, lo hará la posteridad.

Pocos momentos después se oyó el sordo redoble del tambor. La custodia de los prisioneros se puso sobre las armas, la guardia de capilla los condujo al lugar del suplicio, sobre la ribera del río. Los demás fueron formados de a dos en dos dando frente al río, y Millán y Prudán dando la espalda al pelotón y él frente a sus compañeros. Los ejecutores quisieron vendarles los ojos, pero se resistieron, permaneciendo de pie, con la cabeza erguida en actitud valerosa, prontos a dar su vida por su religión política

La escolta del suplicio -preparó sus armas, que traía cargadas, y al tiempo de echárselas a la cara, Millán, que con pelo echado hacia atrás y con el rostro encendido de nobles iras, apostrofaba enérgicamente a sus asesinos, gritó con voz estentórea:

­Compañeros, la venganza les encargo

Y abriéndose con furor la casaca, añadió:

­Al pecho ­Al pecho ­Viva la patria'

Al sonar la fatal descarga, cayó bañado en su sangre generosa, repitiendo el valiente grito de ­Viva la patriaPrudán, menos ardiente que su compañero de suplicio, guardaba silencio, ostentando la apacible serenidad y la1nansa resignación de un mártir, y murió exclamando también

­Viva la patria!

Los verdugos de Prudán y de Millán, no satisfechos con aquel bárbaro crimen, hicieron desfilar a todos los prisioneros por delante de los cadáveres sangrientos de aquellas dos nobles víctimas.

Fuente: Felipe Pigna www.elhistoriador.com.ar