Ser argentino: miedo que no se resuelve en terapia
Que nos explique Freud porque a la ministro Micelli la bautizamos "la mujer de la bolsa". Hay síntomas preelectorales, extorsiones a la sociedad a través del faltante de energía eléctrica y productos de la canasta familiar y retención indebida de nuestros fondos bancarios nuevamente. Y ante nuestra pasividad más absoluta. Sin embargo nuestros referentes opositores están preocupados por expulsar del gobierno a la ministro de economía por haber cometido una torpeza. ¿Es casualidad?. Aquí, un esbozo de análisis y una invitación a la reflexión y el debate.
Por Dante López Foresi
Desde
el viernes comenzamos a observar faltante de dinero en cajeros automáticos de
Capital Federal y Gran Buenos Aires. El hecho pasó desapercibido, ya que los
argentinos nos “acostumbramos” a que los fines de semana hasta los lunes
alrededor de las 17 horas, los dueños de los depósitos bancarios debamos
peregrinar de cajero en cajero encontrándonos en cada uno de ellos con la
odiosa leyenda: “este cajero no entrega dinero momentáneamente”.
Pero también s e produjo otro episodio en hipermercados que debemos destacar:
la faltante recurrente de productos lácteos, el sobreprecio indignante y el
repentino rechazo de “los sistemas” a nuestras tarjetas de débito o
crédito, en un país que tiende hacia la digitalización de todas las
transacciones, ya que los salarios de la administración pública y de la mayoría
de las empresas privadas se cobra a través de depósito bancario y no en
efectivo. Volveremos sobre lo que nos parecen los orígenes y motivaciones de
cuestiones tales como faltante de productos de consumo masivo, crisis energética
o rechazo de nuestros sistemas de pago a pocos meses de las elecciones
presidenciales. Esta historia no es nueva para los argentinos, y tiene nombres y
apellidos.
Pero quiero detenerme unas líneas en la responsabilidad que nos cabe a los
propios ciudadanos en que éstas cosas ocurran y no hagamos nada por evitarlas,
creyendo nuevamente que "eso es cosa de los políticos". Nada mejor
para entender que poner ejemplos. Es muy común detectar la casi nula paciencia
de automovilistas frente a las cabinas de peaje para hacer cumplir la norma que
establece que, de ser la espera de más de dos minutos, es obligación del
concesionario levantar las barreras para permitir el paso sin cargo de los automóviles.
Al minuto de detenernos seremos un instrumento más de esa orquesta
ensordecedora de bocinazos indignados. Pero claro...es mucho más sencillo tocar
una bocina y pelear revolucionariamente desde el coche y, si es posible, con las
ventanillas levantadas, que hacerlo cara a cara y en cada ocasión. ¿Hacemos lo
mismo en la cola de Telefónica, del Banco o del colectivo?. Nos resulta más
sencillo insultar a un cajero automático que no nos entrega nuestro dinero, que
increpar al gerente del banco o realizar una manifestación espontánea de
clientes dentro del local. Y fue mucho más simple realizar un cacerolazo desde
el balcón de nuestros departamentos o el patio de casa, manteniendo el
anonimato y haciendo que el ruido de las cacerolas sea más fuerte que nuestros
gritos...a ver si por casualidad nos descubren. Recordemos que la enorme mayoría
de los argentinos que golpearon sus cacerolas, antes de hacerlo se preocuparon
por...apagar previamente la luz. Y no es crítica, sino diagnóstico. Estamos
tratando de entendernos. Los argentinos estamos enfermos de miedo, y hay
explicaciones abundantes en nuestra historia para entender el fenómeno. Por eso
vaya nuestro homenaje a quiénes en 2001 fueron a las plazas del país
“personalmente” a pelear por nuestros derechos. Y ni hablar de quiénes
murieron por ellos y no solamente en 2001. Pero esta actitud claramente
producida por una idiosincrasia parida por el temor reverencial al poder y a
toda persona que porte uniforme, llegó a su punto culminante de la sintomatología
cuando los porteños tuvieron que votar dos veces durante el mes de junio:
deliberadamente los mismos ciudadanos que hace un lustro golpeando cacerolas
echaron a varios presidentes en una semana, volvieron a dar vida a cadáveres
putrefactos que pocos días después alzaban sus voces lamentablemente conocidas
y ya ancianas pero no por ello menos dañinas desde la provincia de San Luis. Quizás
Mauricio, porque es Macri, representa el modelo del personaje al cual los
argentinos tememos: el poderoso.
Y aquí llegamos al caracú de los problemas que –como siempre sucede- estamos padeciendo en un año electoral: la oposición se limita a representar el espíritu combativo de ciudadanos comunes. El político dice y hace lo que se quiere escuchar y ver. Así sobrevivieron al que se vayan todos. Los dirigentes de la oposición no están preocupados por nuestras tarjetas de débito rechazadas en supermercados, la faltante de energía eléctrica, las condiciones inhumanas del transporte público de pasajeros, el sobreprecio de algunos productos de la canasta familiar o por la restricción del gas oil en estaciones de servicio. Y no tienen la culpa por no estar preocupados. No es responsabilidad de Macri o Carrió defender nuestros derechos en un supermercado o en un banco. La responsabilidad es exclusivamente nuestra. Los dirigentes son solo nuestros emergentes. Si nosotros no demostramos claramente nuestra indignación ante estos atropellos...¿Porqué habrían de hacerlo nuestros dirigentes?.
El
paisaje que estamos presenciando es deprimente, lamentable y altamente
preocupante: el gobierno, que supuestamente debiera ser quien niegue los hechos
que lastiman diariamente a la gente, interviene Metrogás, se hace cargo de los
trenes e importa energía. La oposición –en tanto- pide a gritos que echen a
una ministro que dejó olvidada una bolsa con algo de dinero en su despacho. Los
mismos dirigentes que hace algunos años fueron cómplices activos y
protagonistas del drenaje financiero más escandaloso de la historia a través
del proceso de privatizaciones, y que hicieron oídos sordos ante hechos de
corrupción que hubieran escandalizado al mismísimo Al Capone, hoy ponen como
prioridad de sus agendas exigir la renuncia de la Ministro de Economía porque
cometió la torpeza de dejar en una oficina aledaña a su despacho una bolsa
con....60 mil dólares. El precio de un departamento de 2 ambientes en zonas de
las más baratas de capital federal. Hasta allí llega la imaginación militante
de dirigentes como Macri, Sobisch, Rodríguez Saá y –aunque cueste creerlo-
ese desafío a Darwin llamado Carlos Menem.
Pero en este artículo no vamos a poner énfasis sobre quienes suelen ser
llamados dirigentes, pero no dirigen ni representan, sino que aprovechan. No
tienen más talento que el que muestran. Algunos robaron, huyeron...y volvieron.
Porque nosotros se lo permitimos. Reiteramos este concepto: volvieron porque se
lo permitimos y hasta elegimos con nuestro voto en el caso de Macri, a quién
hasta tuteamos sin comprender que es el grifo que abrimos para que la dirigencia
más intoxicada de nuestra historia vuelva al ruedo. Para demostrar cuáles son
los mecanismos, además del voto, que permiten nuestro insistente tropiezo con
las mismas piedras me gustaría poner algunos ejemplos de la vida cotidiana y
doméstica. La pizzería de enfrente de casa, por ejemplo, recibió la
muzzarella con un aumento de 3 pesos por kilo. Un disparate. Pero...¿qué hizo
el dueño de la pizzería de barrio?. Trasladó ese incremento a cada pizza como
si en cada una de ellas pusieran un kilo de muzzarella. Un ejemplo de
solidaridad social el hombre. Otro ejemplo son los kiosqueros que vendían los
atados de cigarrillos con un aumento presunto desde varios días antes de que se
oficializara ya que la otra empresa aumentó, estos seguro que aumentan.
Y nosotros, pagamos en silencio. O los estacioneros de servicio que se les
ocurrió resolver sus problemas económicos dejando de aceptar tarjetas de débito
porque precisaban efectivo. En ese caso, tuvo que ser el gobierno quien
reaccionara para que se dejase de lado la impopular medida. Los automovilistas
que se encontraron con ese problema lo enfrentaron...marcha atrás y saliendo de
la estación de servicio. ¿No nos da un poco de vergüenza como sociedad?. Hoy,
está ocurriendo lo mismo en comercios e hipermercados. Leche que no está en
las góndolas, queso a precios imposibles y al llegar a la línea de
cajas...nuestras tarjetas rechazadas. ¿La actitud de la gente?. Enojarse,
claro. Pero sin elevar demasiado el tono de voz. Y terminar pagando en efectivo.
Obvio...y típicamente argentino. A ver si se enoja la cajera del
supermercado...¿no ves que tiene uniforme?.
Se nos está empezando a poner a prueba como sociedad nuevamente. Quienes
ganaron y transfirieron al exterior fortunas durante la década del noventa y
quienes fueron máximos beneficiarios de ese modelo hoy nos extorsionan con
desabastecimiento y miedo. Nos distraen con “la mujer de la bolsa” mientras
retienen nuestros depósitos vaciando de dinero los cajeros y rechazando
nuestros medios electrónicos de pago. Y lo pueden hacer por un solo motivo:
porque se lo permitimos. ¿Que ya lo dije antes?. Si...y lo repito: porque se lo
permitimos.
Estamos en un momento extraño, donde muchos se sienten oficialistas más por
desprecio a la oposición que por coincidencia con el gobierno. Pero..¿qué
hacer cuando nos damos cuenta de que el causante de nuestros males no son dos
ancianos ambiciosos que alguna vez tuvieron poder o una ministro torpe y que la
solución a nuestros problemas es nuestra actitud ante ellos y no un cheto con
bigotitos?. ¿Qué hacer cuando entendemos que los causantes de nuestros
problemas cotidianos y el atropello sistemático de nuestra condición humana es
nuestra permisividad y nuestro miedo de actuar exigiendo que se nos respete en
cada ocasión y ante quien sea?. Se me ocurre una sola respuesta: perdiendo el
temor y dándonos cuenta de que somos nosotros los dueños de los recursos, las
instituciones y las carreras políticas de Argentina. Y que aunque sea más fácil
tocar bocinazos desde el auto o golpear cacerolas desde nuestra casa a oscuras,
a pocas horas del día en que celebraremos nuestra independencia, a los
argentinos nos falta aprender que quién vocifera en la cola de un banco
defendiendo sus derechos no necesita terapia, sino nuestra compañía.