Lindauro
Gavilán miró a su mujer, que velaba junto al catre.
-Bueno,
Dositea -habló el hombre, apoyando las manos en la lona y
alzando el cráneo en actitud de yacaré-, no es ya para mí la
luz del día viniente. Y antes de que la vida se me vaya, quiero
decirte que si no te dejo ni un cobre, te dejo algo que vale
mucho más y has..de hallarlo dentro de mi tirador.
-No
desvaríes, Lindauro. ¿De ande sacás que te vas a morir?
-rechazó ella con la voz acongojada.
-Yo
lo sé seguro... Pero no se aflija, mi vieja. Ya me ve a mí muy
sosegado. Esto no es lo fiero que pinta la gente floja. Lindauro
Gavilán sonrió, y al sonreír le
rebrillaron los dientes entre la madeja de las barbas
tenebrosas. En seguida acomodó la cabeza greñuda en la carona
arrollada, igual que se acomodaba sobre su pingo para los viajes
largos, y sólo se oyó en la pieza la respiración hiposa de la
cuidadora y los bullicios del campo, anunciadores del alba
inminente.
Sin
mudar de postura ni abrir los ojos, Lindauro GaviIán cesó de
existir. El resplandor de la aurora subía lentamente, en ese
momento, por los adobes de la pieza, y se asfixiaba la llama
humeante del velón.
Dositea
Gavilán, abrazada al difunto gimió y lloró, bajo la mirada atónita
de su hija Primitiva, una chinita de diez años que, despertada
súbitamente, erguía el busto con un codo clavado en la cuja.
-¿Y
tata? -inquirió la chinita.
-Finó,
pues -repuso, lacónica, la madre.
Afluyó
gente de la vecindad. Las mujeres plañeron y los hombres
elogiaron las virtudes del muerto y de una caña paraguaya,
reservada para las grandes ocasiones.
Al
día siguiente fue el entierro.
Mal
ceño ofrecía la vida a Dositea; mas ella estaba hecha a las
adversidades de la fortuna. Mucho le tocó sufrir en este mundo.
Lindauro Gavilán, trabajador, no siempre encontraba conchabo en
los obrajes. Solía chuparse, como todos los hombres de su
condición, y tenía mala bebida- Únicamente así se decidía a
aporrear a las personas que más amaba.
Cierta
vez, calentándose el garguero en una pulpería de Caraguatay,
despancijó al capataz de una caravana de cachapés. Todos
pensaban que Gavilán, sin padrinos, se pudriría en la cárcel
santafesina; pero a los cuatro meses -inacabables y penosos para
Dositea- reapareció por el pago, con el talante de costumbre.
Porque
Lindauro Gavilán salía siempre parado de las situaciones más
apremiantes. Según las trazas -y alguna vez él lo pregonó-,
una voluntad misteriosa vigilaba y protegía sus pasos.
La
propia confianza en la benignidad del destino impidió que lo
atribularan mucho las contrariedades del vivir y que temiera los
lances arriesgados. Así gozó fama en todo el distrito de Santa
Lucía de hombre macho, la fama que más se estima en la región.
Francamente,
Dositea no advirtió, sino dos días después de sepultado el
cadáver y apaciguadas las tormentas de su Corazón, el deseo de
buscar el tirador de Gavilán.
El
tirador, de cuerdo crudo de vaquillona, pendía de un horcón
con sus hebillas oxidadas, y en los bolsillos sólo descubrió
Dositea unos botones de hueso, una ficha de La Forestal y unas
plumas de ñacurutú que Lindauro usaba para hurgarse las
orejas.
Todo
eso era, por cierto, insignificante cosa. Y la desilusión le
grababa un gesto displicente, cuando notó un bulto en la parte
trasera del tirador. Lo descosió y fue a dar con un rollo de
estraza, envoltura de lo que Lindauro Gavilán, listo para
entregar su alma, le anunció como la mejor herencia: una
figurita de pasta de San Antonio, no mayor de un jeme, desteñida
y achatada por algún golpe la nariz.
La
viuda contempló la imagen en la palma de la mano. La luz ruda
del día no privaba a San Antonio del prestigio de la penumbra,
y, viéndole una aureola de milagro, su nueva dueña vibraba de
emoción como un alambre en el viento.
Ahora
comprendía cuál era la secreta y arcana voluntad que amparó a
Lindauro, otorgándole al fin una muerte calmosa, sin dolores ni
malas palabras.
-A
mí también has de ayudarme, santito lindo, santito bueno
-murmuró Dositea-. Y yo te he de cuidar bien, y te encenderé
siempre una luz, y te haré unas velaciones, y toda la gente
piadosa de Santa Lucía te rezará con devoción y traerá
limosnas, y vos, santito lindo, santito bueno, has de saber
corresponder y servir según lo hiciste con Gavilán. que tanto
te quería.
Rápidamente
se supo en aquella zona del departamento Vera que la Gavilán
poseía un San Antonio milagroso. La noticia alcanzó a los más
intrincados rincones de las selvas, y de allá venían los
promesantes, sangrando las caras por el aguijón de las
sabandijas, para impetrar del santo algún beneficio y dejar en
el platillo de los óbolos unas chirolas.
Dosítea
costeó con las limosnas unas velaciones. A la presencia de la
imagen se bailaba, bebía y churrasqueaba. Una orquesta de
acordeón, tambor y guitarra atacaba polcas y mazurcas. Las
reuniones pasaban del amanecer, a cuya hora unos devotos se iban
y otros se tumbaban vencidos por el sueño, el alcohol y la
fatiga, en los rincones de sombra.
Comentábanse
los prodigios del San Antonio de la Gavilán. Por su intercesión
había encontrado novio una vejancona de la otra banda del
arroyo, La Sarnosita, y Tiburcio Riquelme, contratista de un
obraje de los contornos, había recibido, después de quince años
de silencio, una carta de su hijo mayor, fechada en Valparaíso.
Acrecentábase
día a día la fe en los poderes sobrenaturales de la imagen. Y
era, sin duda, en el corazón de Dositea Gavilán donde esa fe
se amarraba más fuertemente.
A
cierto hacendado del lugar le robaron por entonces una tropa de
bueyes. Las diligencias policiales fracasaban. El damnificado
prometió regalarle a San Antonio una vaca con crías si le
indicaba el camino de los cuatreros.
Dositea
Gavilán se humilló ante el santo.
-Sé
condescendiente, San Antonio; sé gaucho, San Antonio; contáme
para dónde han agarrado esos bandidos con la tropa; si me lo
decís te daré una velación como nunca te has pensado; y si
sos curtido y te empacás en no decir, voy a ponerte a obscuras
y en penitencia contra la pared. Vamos a ver, santito bueno,
santito lindo...
Y
la mujer corrió, gritando y aspando los brazos: San Antonio,
con una inclinación de cabeza, le había señalado el norte,
rumbo directo al fortín de Guaycurú, Y dos días más tarde
fue secuestrada la hacienda y presos los malhechores en una
picada del monte, próxima a aquel fortín.
Esto
multiplicó la confianza pública en la capacidad milagrosa del
santo; y el hacendado hizo efectiva la ofrenda prometida.
A
la vuelta de algunos años la vaca con crías se convirtió en
un puñado de reses que pastaban por aquellos predios y que todo
el mundo conocía por "las vacas de San Antonio".
Con
la huelga revoltosa y sangrienta de La Forestal sobrevino allí
una época de hambre. Parado el trabajo de los hacheros y
amenazados los comerciantes por una sublevación obrera, cada
cual debía proveer a sus necesidades con los métodos más
primitivos.
Se
carneaban entonces las haciendas ajenas; pero nadie osó
sacrificar las vacas de San Antonio, las únicas que en todo el
distrito escaparon a la hecatombe.
Uno
solo, sí, de esos anímales sucumbió en circunstancias
adecuadas para excitar la imaginación de los vecinos.
Por
allí pasaba en esos días, humeando y silbando, con un
vagoncito a la rastra, una pequeña locomotora de La Forestal,
cuya línea económica se prolongaba hasta el lejano fortín
Olmos. En ese tren se descubrían las gorras y los caños de los
Winchesters de la gendarmería volante.
Y
un torete guampudo, de San Antonio, saltó de improviso a los
rieles. La locomotora, sin tiempo de frenar, quedó ruedas
arriba, despidiendo turbonadas de vapor, mientras el vagoncito
se abría y echaba de su seno las provisiones destinadas a los
puestos de La Forestal avanzados entre los dos fortines.
El
retén, un tanto desconcertado por el accidente, no supo impedir
que esos comestibles desaparecieran como por ensalmo entre las
ropas del mujerío que surgió de todos los rincones.
El
desgraciado suceso se interpretó como una prueba de que el San
Antonio de la Gavilán se ponía del lado de los huelguistas.
Transcurrieron
unos años más. Primitiva se espigó y, en una de las
velaciones, echó novio, un paraguayito, peón de obraje. Dosítea
se mostró conforme, pero advirtió a su hija: -¡Encomendáte a
Dios si sé algo malo!
¡Qué
cosas mama! -replicó la moza.
Pero
meses después Dositea, recelosa, pidió a San Antonio, que todo
sabia y todo veía, la sacara de duda. San Antonio le hizo un
signo irrecusable; y hosca y armada de un arreador se fue al
monte con Primitiva. Y como Primitiva se obstinara en negar, la
desvistió, y a cada guascazo que le mandaba con el arreador le
decía:
-¡Confesá!
¡Confesá! ¡Confesá!...
Y
finalmente, al rigor del castigo, confesó. .
Después
de este episodio, Primitiva huyó en unión del paraguayito.
Ahora viven en Colmena.
Dositea
Gavilán habitaba sola su rancho. Ya hacía varios años de la
muerte de Lindauro y cuatro meses que Primitiva levantó el
vuelo.
En
el platillo de San Antonio siempre caían monedas y mugrientos
papeles de a peso, que no faltaron ni en épocas de mayor
escasez, según fueron los días sombríos de la gran huelga de
La Forestal.
Las
limosnas las invertía Dositea escrupulosamente en los servicios
del culto. Y así las velaciones se efectuaban cada vez a más
cortos intervalos, con abundancia de beberaje. Las reses para
esas fiestas había que comprarlas o esperar que algún devoto
pudiente las donara. Alguien propuso carnear con ese destino las
vacas de San Antonio; pero cometería sacrilegio quien tocara a
esos animales con su cuchillo. El jefe del apeadero ferroviario
sostenía, socarrón, que si la peste no diezmaba esas vacas,
San Antonio tendría, con el andar del tiempo, un rodeo tan
populoso que rasaría los pastos de todo el norte santafesino.
También
con las limosnas había adquirido unos bramantes, a guisa de
manteles litúrgicos, y unos floreros de vidrio rizado que
improvisaban a la imagen un retablo.
Pero
la racha próspera de San Antonio no alcanzaba a su custodia.
Dositea
Gavilán sabía pelear con el hambre. Nada para entretener el
estómago como los cimarrones, y sorbiendo la bombilla
pasaba días tras días. Verdad que en las velaciones de San
Antonio se procuraba un desquite, churrasqueando fuerte, ingiriéndose,
a título de bajativos , innúmeros vasos de caña.
Por
entonces recibió una carta, acaso la primera de su vida. Se la
leyó el jefe del apeadero ferroviario. En ella Primitiva le pedía
veinte pesos para pagar a la curandera de Colmena, que la
atendería en el trance inmediato.
-¡Delicada
la chinita! -rezongó Dositea Gavilán-. Yo nunca necesité
ayuda en esos apuros.
Pero
pronto, recordando el trabajo que le dio la crianza de Primitiva
y aceptando lo severa que estuvo ella con su hija, reaccionó,
tocada por la emoción maternal. Había que mandarle no más ese
dinero, no fuese el diablo que las cosas se presentasen
atravesadas.
¿Pero
cómo reunirlo cuando no disponía de un centavo ni de quién se
lo prestara?
Sin
embargo, juzgaba indispensable socorrer a Primitiva; y presentía
que, sin esa plata, su hija perecería al igual de tantas
mujeres que enterraron con sus recién nacidos.
Recurrió,
como en sus vicisitudes y conflictos, a San Antonio. San Antonio
permaneció esta vez inmóvil en el retablo, sordo a los ruegos
de la cuitada.
-Aunque
vos me los mezquinés -notificó al fin Dositea, incorporándose
con continente resuelto-, he de juntarme, así sea ratereando,
los pesos que necesita Primitiva.
Y
al pronunciar estas palabras, la vista de la mujer fue al
platillo de los óbolos. Pero los óbolos no alcanzaban a la
cantidad que ella quería.
Otro
pensamiento temerario viboreó en su espíritu.
Esa
misma mañana salió para el campo, y a la hora regresó
cabestreando una vaca.
Con
la res se fue a la casa de un nuevo carnicero de Santa Lucía,
San
Antonio, San Antoñito -imploró luego, prosternándose ante el
retablo-, no te calentés porque haya vendido una vaca de las
tuyas. ¿Qué te hace?... Estos veinte pesos son para la pobre
Primitiva y estos otros veinte para bolichear. Y te
prometo, santito bueno, santito gaucho, que no perderás nada;
con esta plata y la que gane te haré una velacìón como no se
ha visto nunca. ¡Tené paciencia!
Cercano
al mediodía, Dosìtea Gavìlán salió de su rancho, después
de trancar las puertas, como para una ausencia larga.
Al
jefe del apeadero entregó los fondos que debía remitir por el
tren de la una a Primitiva, en Colmena; y cumplida esta
diligencia compró al turco Kaplán veinte pesos de yerba, azúcar,
caña, velas, tabaco... que colocaría a doble precio por los
ranchos y obrajes del distrito. Eso era bolichear.
Entró
al camposanto. Un escalofrío le vino con la idea macabra de que
los túmulos los levantaban los mismos muertos, a fuerza de
hombro, desde abajo, pujando por huir.
Junto
a la cruz de palo de Lindauro encendió dos velas de sebo.
Humillada, rezó unas avemarías, reclamando los buenos oficios
del difunto para abonanzar a San Antonio, si estaba éste
enojado por la conducta de su cuidadora.
Momentos
después iba por el camino polvoroso, pisando su sombra
circular, como sobre una bandeja negra, El sol estival enervaba
el paisaje. Y la mujer -al hombro el atadijo de sus artículos-
marchaba en procura de los montes, pues sólo era posible
bolichear lejos de poblaciones y pulperías.
Pasaron
ocho días sofocantes, plúmbleos, radiosos, según son los días
de diciembre en el norte santafesino.
Y
a las luces postreras de un crepúsculo, los montes, ya
tenebrosos, devolvieron a la vieja que fue a bolichear.
Dositea
había enajenado toda su carga. La excursión fue fatigosa.
Transitó por las abras, aventurándose a veces, para economizar
trayecto, en espesuras, preñadas de peligros insidiosos. Hacía
noche en las viviendas de los peones o bajo la fronda de los
quebrachos, cuidándose de las víboras y arañas ponzoñosas,
Traía
más de cuarenta pesos y un paquete de cirios de iglesia, que
por milagro tenía un obrajero, y que encendería a los pies de
San Antonio.
En
torno suyo la noche se adensaba,y la ceñía como un agua de
pantano. El farol rojo del apeadero de Santa Lucía brillaba a
lo lejos; y caminó, ansiosa de llegar, tropezando sus pies
doloridos en troncos y tacurúes.
Cruzó
el caserío de Santa Lucía. El resplandor de los velones
mostraba a las mujeres trasegando con las ollas, y a los
hombres, inmóviles, avivando, a momentos, el ascua de sus
cigarros. No se oía, como otras veces, el resoplar de algún
acordeón y la bulla de conversaciones. Hasta los perros parecían
concertados para no romper el silencio campesino.
Dositea
se deslizaba entre las sombras, acuciada por el deseo de ponerse
pronto en presencia de su santo.
Unos
muchachitos que venían por el sendero gritaron, dándose a la
fuga:
-¡La
Gavilán!
Dositea,
molesta, sin detener el paso, murmuró: -Muchachitos zonzos. ¿Qué
se habrán pensado?
Entró
a su rancho. Ardieron luego los cirios alrededor de San Antonio,
colmado éste de oropeles y ofrendas.
-Ya
estoy de vuelta, mi santito gaucho. ¿Cierto que no te has
retobado? Vos sabías mi buena intención: ayudar a
Primitiva que es mi hija y necesitaba unos pesos para la
curandera. De no, yo nunca hubiese hecho eso. Y vos has sido
condescendiente y me facilitaste el bolicheo. Por eso voy a
quererte hasta la hora de morir, igual que te quiso Lindauro. De
veras que patié mucho y me fregué mucho; pero vendí todo y
aquí traigo la plata. ¡Vas a ver qué velación! Habrá música
y caña de primera; y para bailar y agasajarte vendrá la gente
del distrito y de los fortines. La velación va a durar hasta
que caigan todos rendidos aquí mismo.
Dositea,
junto al retablo, proseguía su soliloquio, venciéndola ya el
sueño y la fatiga de la dura jornada.
Y
entretanto, en la quietud de las praderas dormidas crecía el
rumor de una multitud de pasos y de un bronco vocerío de
sublevación rural.
Y
un grupo de hombres y mujeres de ademanes y carátulas trágicas
irrumpió en la morada de Dositea Gavilán. Unos esgrimían
palos; otros machetes de leñeros.
-¡Aquí
está la Gavilán! -¡Vieja bruja!
-¡Vieja
bandida! -¡Ahora las vas a pagar!
Dositea
miró, más azorada que medrosa, a los invasores de su rancho,
-¿Qué
quieren? -preguntó, irguiéndose. -Vos vendiste una vaca de San
Antonio.
-¡
Y ya San Antonio, que es más bueno que ustedes, me ha
perdonado.
-Mentira.
¡Qué va a perdonarte!... Y todos los que comieron de esa vaca
ya finaron, uno a uno.
Y
otras voces plañeron:
-Y
murió mi hijo.
-Y
murió mi marido.
-Y
murió mi querer.
-Y
el carnicero ya está agonizando.
Y
un grito de iracundo sarcasmo:
-¡Y
vive todavía esta vieja maldita!
Algunos
brazos se levantaron contorsionados, poniendo en los adobes,
proyectados por las luces votivas, unos sombrajos de desesperación
o de amenaza.
La
mujer miró al santo y creyéndolo ofendido y creyéndose
asistida por los poderes de él, cobró valor.
-Váyanse
de mi casa, ahora mismito si no quieren que mi santo enojado, se
baje y los corra a azotes. ¡Váyanse! ¡Váyanse! ¡Desalmados!
Una
mano más audaz saltó y se crispó sobre la garganta de la
mujer.
Dositea
Gavilán estertoró revoleó los ojos dilatados y, al aflojarse
la garra que la apresaba, se derrumbó y batió la cabeza en el
retablo con el ruido seco del fantoche.
A
esta sazón, los campesinos comprendieron que San Antonio
manifestaba su cólera: una llamarada subía crepitante y cárdena,
acaso para castigar, como espada angélica, a los sacrílegos.
Y
todos, con espanto religioso, retrocedieron tumultuosamente.
Huían;
y volviendo las faces, veían aterrorizados cómo la hoguera se
agrandaba.
Nutríase
el fuego con el rancho, el retablo y el cadáver de Dositea
Gavilán y, devorándolos, los purificaba.
Esa
noche falleció el carnicero de Santa Lucía. El médico que
vino de Jobson certificó el deceso por carbunclo. Igual que
todos los clientes que comieron de la vaca de San Antonio.