- ATENTADO
CONTRA LA EMBAJADA DE ISRAEL: RELATO, CONFESIONES Y DUDAS DE UN CRONISTA
- TOC...TOC...TOC
- Las
dudas que aún nos quedan a quiénes escuchamos lo que no se informó y
vimos lo que no se mostró. ¿Existió un coche-bomba?. ¿Dejó un cráter
sobre el asfalto de la calle Arroyo?. ¿Porqué el embajador israelí
suspendió las tareas de rescate cuando aún se presumía que había
sobrevivientes en los subsuelos?.
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- Por
Dante López Foresi
-
El
17 de marzo de 1992 quién firma este artículo trabajaba como cronista del
programa “Despertar al país”, que se emitía todas las mañanas por el
entonces llamado ATC y era conducido por el recordado y extrañado Daniel
Mendoza. A las 14,47 hs, momento exacto de la explosión, me encontraba en
el estacionamiento subterráneo ubicado sobre Avenida Corrientes esquina San
Martín. A pocas cuadras del lugar. Debo reconocer que mi primera impresión
fue que se había iniciado un temblor o terremoto. Hay que tener en cuenta
que en Argentina fue la primera vez que sufrimos un atentado terrorista con
explosivos de tan alto poder. En ese momento solamente tenía mi grabador de
mano, ya que también trabajaba en Radio del Plata por la mañana. No
recuerdo exactamente porqué ese día no estaba en el canal. Ah
si...empezaba mi turno en un par de horas. Corrí todas las cuadras que
separan el garage mencionado con lo que quedaba de la Embajada de Israel.
Decenas de personas, de cronistas, de argentinos solo atinábamos a mirar
con una infantil cara de asombro y de terror y a caminar en círculos
levantado trozos de vidrio, de cemento, de ladrillos. Jamás habíamos visto
semejante calamidad. Todos recuerdan la conmovedora aparición espontánea
de los ciudadanos que –luego de enterarse a través de los medios de
comunicación del espantoso atentado- se acercaron a la calle Arroyo para
colaborar en lo que fuera necesario. Se les colocó una pechera amarilla
pocas horas después. Fue la primera vez que percibí esa extraña mezcla
entre aroma y sensación indescriptible de la muerte por asesinato. Allí
comprobé que esa muerte despierta un sexto sentido profundo en todos los
que sobrevivimos. ¿Miedo?. ¿Espanto?. ¿Aturdimiento?. Si...todo eso y
algo que es inexorablemente inexplicable. Pero sigamos con el relato. Esa
noche casi no dormí, y a la mañana siguiente se me encomendó el desafío
de transmitir en vivo y directo para todo el país y el mundo desde el lugar
del atentado entre las 7 y las 9 de la mañana, cumpliendo mis funciones de
cronista en el programa del querido Daniel Mendoza. Fue una sensación de
honor y de un profundo temor. Todo lo que había aprendido mal o bien del
oficio hasta esa mañana quedaba entre paréntesis. Nada servía. Todo se
volvía a inventar. Aunque resulte doloroso y sin medir las consecuencias,
creo que luego de 15 años siento el deseo y la obligación de contar
ciertas cosas que hasta hoy callé, un poco por no lastimar a familiares de
las víctimas y otro poco por ese temor que se siente al revivir recuerdos e
imágenes tan escalofriantes. Y –sobre todo- no conté nada durante 15 años
porque no poseo una sola prueba de lo que voy a relatar a continuación,
pero tengo todas las certezas. Todo lo que usted pueda imaginar como morboso
y escalofriante es poco: trozos de cuero cabelludo, un ojo, un antebrazo. Me
cuesta aún contarlo. Pero lo más doloroso no fue ver eso mientras
realizaba mis varias salidas al aire informando sobre la mañana más
conmovedora por lo espantosa de la historia argentina, siendo conciente de que en
todo el país estaban pendientes de lo que decía con extrema avidez de
noticias, sino lo que voy a relatar a continuación y que es, justamente, el
único silencio del cual me culpo luego de tantos años de ejercer mi
oficio. Recién terminábamos de informar que el embajador israelí había
ordenado que se suspendieran las tareas de remoción de escombros. El
argumento que se nos brindó fue que “puede provocar más desmoronamientos
y si hay sobrevivientes, aplastarlos”. Personalmente, no creí en la
excusa. Y recuerdo no haber sido el único.
- Un voluntario se acercó a mí
en uno de los cortes y cuando ya no estaba en el aire de ATC y mientras
esperaba mi próxima salida. En su mano tenía
un palo..un trozo de madera. Me llevó hasta el supuesto cráter que la
supuesta camioneta-bomba Ford F-100 había dejado. “¿¿Eso te parece un
cráter??”- me preguntó de manera airada. Aunque sea materia opinable y
la Justicia haya determinado que tenía 1 metro y medio de profundidad, debo
decir que el sentido común me sigue indicando –a quince años del
atentado- que lo que vi no era un cráter. Semejante explosión no pudo
haber dejado una marca en el asfalto de tan escasa profundidad. Lo que vi no
era un metro y medio ni mucho menos. Lo vimos todos los cronistas, pero me
hago responsable por lo que personalmente observé. Pensé en esa costumbre
tan argentina de convertirnos en especialistas de lo que fuere con tal de
“tener la posta” y esa tendencia a ser peritos en materias supinamente
desconocidas por nosotros, y decidí
no ahondar sobre la cuestión.
Además, estábamos realmente desbordados por versiones, evidencias y hechos
que debían ser informados y nunca opinados. Todo era
realmente caótico y no había tiempo ni espacio para detenerse en
"detalles". Solo habían pasado unas pocas horas desde la
explosión. Una pregunta que aún me hago, quizás por ignorante y
desinformado: ¿alguna vez se publicaron fotografías de los restos de
esa
supuesta camioneta que la Justicia dijo haber hallado?. Lo pregunto
solamente de puro desinformado. Sigo. Este voluntario –de quién no sé su
nombre y a quien jamás volví a ver- no era el “cráter” lo único que quería
mostrarme. Había visto y escuchado mi último informe por ATC y se acercó
a mi decidido a presentarme pruebas. Me tomó del brazo pidiéndome
“acompañame por favor”. Me llevó hasta donde –según se decía- se
encontraban los primeros subsuelos de la
embajada. Se encontraba en sentido opuesto a la pequeña sala que
había sido improvisada como “centro de operaciones” de los amateurs
rescatistas voluntarios en una edificación lindera con la embajada. Me
llevaba del brazo hacia la zona de la embajada más cercana a la calle
Suipacha. Una versión circulaba insistentemente: debajo del sitio exacto
donde nos dirigíamos habría algo que el gobierno israelí no estaría
dispuesto a mostrar al público y que deseaba esconder celosamente. Y
recordemos que el terreno de una embajada es considerado diplomáticamente
como territorio del país al cual representa. ESE LUGAR puntual era
territorio israelí. Una
guardia numerosa de la Policía federal nos impedía a los periodistas o
voluntarios llegar hasta la zona. Recordemos que las labores de rescate
estaban suspendidas por órdenes del embajador. ¡A pocas horas de ocurrido
el atentado!. Los agentes del Mossad (servicio de inteligencia de Israel) ya
estaban en el país. Todo era terriblemente desconcertante y confuso y,
reitero, era la primera experiencia argentina en atentados de semejante
magnitud. El muchacho que me guió, que no llegaba a los 30 años, golpeó
3 veces en el suelo (suelo argentino...a centímetros del suelo
considerado como israelí) con ese trozo de madera.
Y escuchamos, solo él y
yo, como desde las profundidades nos devolvían el mismo código de
comunicación: “TOC..TOC...TOC...”. Era la prueba de que aún
quedaban sobrevivientes. Inmediatamente corrí al móvil de exteriores de
ATC y pedí que me dejaran salir al aire de manera urgente. Mi intención
era hacer público mi descubrimiento o, mejor dicho, el descubrimiento de
ese voluntario anónimo. Es más. Todos los voluntarios insistían ante los
cronistas que había sobrevivientes y era un verdadero crimen suspender las
tareas de rescate. Desde el canal me dijeron: “Esperá Dante...ya viene
Daniel (Mendoza) y contale a él”. La respuesta de Daniel fue: “Todavía
no digas nada...esperá”. Esperé una eternidad. Seguramente fueron
pocos minutos, ya que Daniel estaba aprovechando una tanda publicitaria
para...¿para qué?. Pero sentí esos minutos como una vida entera cargada
de ansiedad. Y lo noté a Daniel tan ansioso como yo por dar a conocer esa
información lo antes posible. No olvidemos que Daniel Mendoza fue uno de
los mejores (sino el mejor) cronista de Argentina. La distancia de los años
me impide recordar detalles, como el tiempo que demoró una voz desde el
canal a través del móvil de exteriores en decirme: “Dante...ni se te
ocurra decir todavía lo que viste o escuchaste...después Daniel te
va a explicar”. “¡¡ Pero van a dejar morir a personas...no sean
hijos de puta !!”- grité. La respuesta fue un “quedate
tranquilo”, y después...el silencio. Así ocurrió, palabras más,
palabras menos. Ninguna prueba. Ofrecí acercarme al lugar con cámara y
micrófono y que se escuche en vivo y directo lo que yo había escuchado. Fue
en vano.
- Lo que acabo de relatar es
una confesión cargada de culpa que me persigue desde aquel fatídico marzo
de 1992. ¿Porqué no lo dije antes?. Para decir algo debe haber alguien
dispuesto a escuchar y resolver. Era 1992. Siempre me inspiré en decir solo
lo que pudiera probar. Y así lo hice, hasta hoy. Nunca hablamos con Daniel
Mendoza sobre el episodio. Nunca pregunté. Sabía las respuestas. ¿Para qué
preguntar?. Presiento que Daniel quedó -hasta su trágica muerte- con la
misma frustración que yo por no poder investigar más a fondo y permitirme
salir al aire cuando lo supliqué. Solo lo presiento. El presidente era
Carlos Menem. Si mal no recuerdo el Ministro del Interior era José Luis
Manzano. ¿O Carlos Corach?. No recuerdo ni tengo ganas de buscar esa
información ahora...¿qué más da?. Eran lol mismo y simbolizaban lo
mismo. Trabajaba para un programa
independiente, pero en el canal oficial. No fui empleado de ATC jamás. La
Corte Suprema era abiertamente menemista. Horas después, miles de almas se habían
concentrado en la avenida 9 de Julio aplaudiendo a rabiar al embajador Itzhak Shefi. Al mismo que ordenó la suspensión de las
tareas de remoción de escombros. La solidaridad argentina estallaba, y me
recuerdo mirando a la multitud pensando "si supieran". Las tareas
de remoción de escombros se reiniciaron uno o dos días después. Poco
tiempo después quién fue removido de su cargo fue el embajador. Nunca
volvimos a escuchar sobre su destino. Un par de años más tarde un atentado
aún más brutal como el perpetrado contra la AMIA hizo que aquel 17 de
marzo de 1992 quedara sepultado en la memoria de los argentinos como un
episodio difuso y difícil de recordar en detalle. Sepultado. Es una palabra
que para mi cambió de significado desde aquel marzo de 1992.
Sepultados. ¿Dejaron morir a personas para que no se descubra algo
que había en los sótanos de la embajada?. ¿Habrán sido ciertas esas
versiones?. ¿No es demasiada coincidencia que la orden del embajador fuera
casi simultánea con la llegada al país de los primeros agentes del
Mossad?. ¿Porqué ese voluntario me eligió únicamente a mi para
presentarme esa prueba?. ¿Solo porque desde el único televisor que tenían
en su “búnker” los voluntarios estaban sintonizando ATC?. ¿Será
cierta la "pista israelí" de la que tanto se habla?. ¿Matar a su
propia gente?. Esos sonidos que escuché..¿habrá sido pura sugestión
causada por el horror?. Respuestas que jamás conoceré.
- Recuerdo que hasta pasado
mucho tiempo luego del episodio, nuestros diálogos entre cronistas que
habíamos cubierto el atentado giraba siempre en torno de esas dudas. Por mi
parte, solo una vez conté a un grupo de compañeros lo que ese voluntario
me mostró. Noté gestos incrédulos. Opté por no repetir la historia. El
único capital que poseemos los periodistas es la credibilidad. Ellos,
optaron por lo mismo que yo: seguir trabajando y cubriendo las noticias que
desde las redacciones nos ordenaban. Hasta que en 1995 decidí no volver a
trabajar en relación de dependencia, cosa que sigo haciendo. Recién hoy
confieso los motivos de mi renuncia a una de las mejores radios del país en
1995 para lanzarme a tientas a buscar hasta hoy un espacio propio. No puedo
acusar a nadie. Como dije, no tengo pruebas. Jamás fui un fabulador y lo
demostré hasta ante la Justicia en otras circunstancias. Pero ese episodio
no es una anécdota más. Ya no espero que algún día se confirme
judicialmente y luego de investigaciones profundas lo que personalmente vi y
escuché. ¿Acaso el crimen fue esclarecido?. ¿Hubo voluntad del gobierno y
la Justicia de los `90 por esclarecer semejante aberración?. ¿Hubo
voluntad de Israel por hacer Justicia?
- Hoy en la AMIA ciertos
objetos son conservados como recuerdos y símbolos de ese horror, en memoria
de las víctimas. No conozco que haya ocurrido lo mismo con los restos de la
Embajada. Y menos, con lo que haya permanecido en los subsuelos. Es una incógnita
que jamás se develará.
- Concluido este artículo no
crea que me siento más desahogado. Hay tres sonidos que vienen a mi cada 17
de marzo. Y otros días también. Casi todos los días: TOC – TOC –
TOC.
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- Más información sobre
el tema en nuestra página principal http://www.agenciaelvigia.com.ar/