El Paragüero y El Bastonero
 
Por los años 40 y 50 era común ver por las calles de los barrios ver al paragüero. Iba caminando, con su carga de paraguas sobre la espalda. Ante su canto, que estiraba en la "e", - "Paragüeeeero"-, salían a su encuentro quienes necesitaban algún arreglo para el suyo, ya fuera el cambio de varillas, de la tela o alguna modificación en la empuñadura.

Retirado el paraguas deteriorado, continuaba su marcha. Al cabo de algunos días regresaba con el trabajo terminado. 

Conocí hace tiempo a Cesare, un paragüero que alternaba su recorrido entre los barrios de Villa del Parque y Caballito, era un hombre muy amable que realizaba sus trabajos con una gran calidad. Era italiano, de Venecia, cuando cumplió la mayoría de edad, y con el oficio ya aprendido, se dedicó a recorrer el mundo. Fue así que llegó a Buenos Aires, ciudad que lo atrapó definitivamente, aquí se casó y formó su familia. Un día de diciembre de 1961, luego de entregar todos los paraguas reparados, desapareció y nunca más se lo volvió a ver.
Hoy, esos paraguas chinos de 5 pesos que se usan y se tiran parecen haber decretado el final del oficio.

José V. Carretto, Rizzoglio Hnos., Manuel Blanco, Recaredo Alvarez y Felipe Asís, fueron algunos de los buenos paragüeros que instalaron sus talleres en diferentes barrios porteños.

En Independencia y Colombres funciona desde hace más de cuarenta años la paragüería "Víctor", propiedad de don Elías Fernández Pato, un español que llegó a los 18 años desde su tierra gallega y se dedicó a vender y arreglar paraguas por las calles porteñas. En 1957 abrió su local, al que puso el nombre de su hijo recién nacido.

En Talcahuano al 900 funciona la paragüería "Al Ambar". Horacio Ricci trabaja con exquisitez, ya sea cambiando empuñaduras o reparando las telas. El sabe que su negocio forma parte de la historia de la ciudad, y que además el es uno de los últimos paragüeros de Buenos Aires, situación que lo enorgullece, pese a que el oficio dejó de ser lucrativo hace rato. Horacio es la tercera generación al frente del local.

En una nota publicada en la revista "Caras y Caretas" del 4 de noviembre de 1933, Félix Lima, su autor, al referirse a don Ildefonso Rodríguez Campos lo distingue como "el bastonero mayor de Buenos Aires".

Ildefonso había llegado desde su Cádiz natal, en 1890, el año de la Revolución Radical, traía consigo un torno a pedal. Al poco tiempo abrió "Al Ambar" en un local de Uruguay 770. Por aquí pasaron personajes de la talla de Hipólito Yrigoyen, Elpidio González, Benito Villanueva, Marcelo T. de Alvear y Carlos Saavedra Lamas, entre muchos otros. El negocio se mudó primero al 744 y luego al 361 de la misma calle Uruguay. "Todos señores muy de llevar bastón", decía Estela Rodríguez de Ricci, hija de Ildefonso y madre de Horacio.

La especialidad de Ildefonso era el ámbar, ya fuera en puños de bastón, boquillas, pipas cuyas cazoletas representaban cabezas de viejos marinos, sirenas y leones a la manera de mascarones de proa. Con el tiempo el rubro principal fue el de los bastones, que se producían artesanalmente, ya fueran de java, amouret, lapacho, palo santo, virapitá, laurel, guindo, coligüe y ébano, a veces con puño de carey o marfil. El Príncipe de Gales se llevó, admirado por su calidad, tres bastones con puño de madera forrado en cuero de chancho. Poco después se sumaría el rubro de los paraguas y las sombrillas, que terminaron siendo los protagonistas.

En 1946 "Al Ambar" se mudó al local anterior, de Talcahuano al 1000. Entre la clientela destacamos a Ignacio Corsini, Angelina Pagano, Santiago Gómez Cou, Niní Marshall, Arturo García Buhr, Zully Moreno y Delia Garcés. 
Los 110 años de vida de "Al Ambar" forman parte de la memoria porteña, mientras espera cumplir muchos más.

Fuente: http://www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar/display.php?page=izq_inta/patrim_oficio.htm#1

Agenci@ EL VIGÍA