Diario Digital EL VIGÍA
NUESTRO IDIOMA MALTRATADO
¿CUÁNTAS PALABRAS USAMOS PARA COMUNICARNOS?

Sobre 84.000 vocablos que posee el idioma castellano, solamente utilizamos 1000

Según se dijo en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, efectuado en Rosario, Argentina, en Noviembre de 2004, el castellano cuenta con 84 mil vocablos, de los cuales hoy se usan apenas mil. Si las palabras son pensamientos, o los traducen, o los organizan, esa pavorosa noticia estaría hablando de la miserable pobreza de los pensamientos, del paupérrimo estado de las ideas entre quienes usamos esta lengua. Cuida tus pensamientos, porque se volverán palabras. ¿Tan pocos pensamientos quedan en el territorio de los hispano parlantes, tan pocas ideas pugnan por expresarse y requieren de instrumentos para hacerlo? En un mundo “globalizado” (¿qué significa, al final de cuentas, este neologismo?) vale sospechar que lo mismo ocurre con todos los (grandes) idiomas universales.

 

La realidad de esta situación puede constatarse cuando se presta atención a las conversaciones que nos rodean o a menudo nos incluyen, en un restaurante, en la calle, en una tienda, en una cafetería, en un transporte público, en nuestro intercambio cotidiano con los demás. Abunda la onomatopeya, las frases truncas, el lugar común despojado de toda belleza (porque, según como se use, puede llegar a tenerla), de significado y de funcionalidad. Palabras mal dichas y mal repetidas, por automatismo, ausencia de metáforas, literalidad ramplona, pronunciación pastosa. Adolescentes que no han sido estimulados en el uso de la palabra, en el juego con ella, en e contacto nutricio, terminan por manejarla con torpeza y hasta con temor, son incapaces de articular un pensamiento, pasan todo a la acción, una acción que termina siendo a menudo destructiva o autodestructiva. Adultos perezosos (indolentes para leer, para explorar el lenguaje, para comunicarlo por escrito) terminan huyendo del diálogo con cierta profundidad, ya sea en la pareja, en la amistad, en el ámbito social y construyen una peligrosa incomunicación cotidiana. Muchos de esos adultos son políticos (escuchémoslos, leámoslos), catedráticos, escritores, terapeutas, científicos y demás.

 

            Ni hablemos de la creciente pauperización y maltrato del lenguaje en los medios de “comunicación” (el lenguaje se venga sutilmente a través de denominaciones como esta). Presentadores y conductores que se machucan la lengua y los labios con la herramienta que deberían conocer, enriquecer, explorar y honrar, cronistas que, en el lugar de os acontecimientos o frente a protagonistas de diversos episodios, desnudan su pobreza de vocabulario (y, detrás de ello, de discernimiento, de pensamiento propio, de empatía y hasta de compasión) aferrándose a muletillas como a un salvavidas. Cómicos de televisión que deshonran su oficio con un uso maloliente de cada palabra. Guionistas miserablemente pobres de imaginación, de lecturas, de creatividad, que paren cada día y cada noche parlamentos horrorosamente precarios para que los actores se conviertan en portadores de esos virus al decirlos y esparcirlos. Palabras inexistentes en nuestro idioma se usan a mansalva, muchas veces sin registrar si son o no funcionales a la frase en que se las embute. Libros, novelas, otras publicaciones y todo tipo de texto circulante se deslizan con dramática facilidad hacia la chatura, hacia la planicie más crasa y unidimensional. La metáfora, la imagen, la sintaxis mueren de inanición, lenta y penosamente. Y para terminar con ellas están Internet, los “chats”, el nuevo lenguaje del correo electrónico, donde la velocidad y el pragmatismo del medio se convierten en excusa para ocultar la pobreza de contenidos, la pereza del pensamiento, la miseria del vocabulario, la ignorancia de la ortografía.

 

Síntomas y evidencias

Esto no es un lamento fatuo y melancólico. La pobreza y el maltrato del lenguaje son, en mi opinión, síntomas y evidencias de irresponsabilidad. Atender al lenguaje es dar prioridad a una herramienta esencial para el vínculo con el otro. Y el vínculo con el otro es la base de la existencia. E otro nos da identidad y complemento, el otro es referencia y posibilidad. Somos seres vinculados, somos nuestros vínculos. Todo aquello que enriquece, significa y hace trascendentes a los vínculos puede considerarse un acto de respeto, de cooperación, de solidaridad y de amor. Aquello que los empobrece atenta contra nuestra condición humana esencial. La responsabilidad nace de la noción de que todos nuestros actos y palabras tienen consecuencias en nosotros, en otros, en el entorno que habitamos. Responsabilidad significa tener capacidad y conciencia para responder a esos efectos. A los deseados y a los indeseados. A los gratos y a los ingratos. Responder es un verbo íntimamente ligado a comprender, a entender, a crear, a indagar, a registrar, a compadecer, a compenetrar. De todo eso nos desentendemos cuando empobrecemos nuestros vínculos personales y sociales. Abandonar el lenguaje, deshonrarlo, es parte de ese proceso.

 

            Responsabilidad y conciencia van juntas. Un lenguaje conciente es un lenguaje responsable. Un lenguaje conciente es aquel en el que se eligen los términos, se comprenden los contenidos (los que emitimos y los que recibimos), se despliega la capacidad y la responsabilidad de elegir los instrumentos (las palabras, las frases, los textos) con los que nos comunicaremos. Un lenguaje conciente se nutre de pensamientos, de indagaciones interiores, de una escucha receptiva y sensible, de empatía, de lecturas. El que lee puede escribir, el que lee puede hablar. ¿Sirve bajar índices de analfabetismo si no aumentan los índices de lectura? No leer es no pensar, es despreocuparse del mundo en que habitamos, es empobrecer el conocimiento de la experiencia humana. Que no lean los analfabetos es natural, es la consecuencia dolorosa y reparable una tragedia social. Que no lean los alfabetos es un ominoso síntoma de la irresponsabilidad de una sociedad. Es la confesión de que sus miembros han optado por incomunicarse, por desentenderse del otro, de los otros. Así como se dice que quien lee nunca está solo, puede sospecharse que quien no lee ha optado por una soledad en la cual los otros son meros objetos o, en el peor de los casos, obstáculos. Cuando se maltrata al lenguaje, cuando se lo desprecia, cuando no se lo atiende, eso mismo se hace con los otros. Ellos son, al fin, a quienes van dirigidas nuestras palabras.   

            El poema de Ghandi se titula Caída y es este: Cuida tus pensamientos/ porque se volverán palabras. Cuida tus palabras/ porque se volverán actos. Cuida tus actos/ porque se volverán costumbres. Cuida tus costumbres/ porque forjarán tu carácter. Cuida tu carácter/ porque formará tu destino. Y tu destino, será tu vida.

 

Fuente: Extraído del libro "Elogio de la responsabilidad" de Sergio Sinay- Ed. "Del Nuevo Extremo"

      

Compartir en


LEÉ "EL VIGÍA" EN TU CELULAR

Códigos QR / Qr Codes


 

EL VIGÍA en

VUELVA AL DIARIO EL VIGÍA

El Vigía,
distinguido
con el

Copyright © Dante López Foresi