MONTECRISTO
Por Dante López Foresi *

Desde diversos sectores, defensores de los derechos humanos cuestionan algunos aspectos de la novela Montecristo. Correción. No lo consideramos una novela, sino la primera entrega de semi-ficción de la televisión argentina con enormes índices de audiencia que tratan sobre la desaparición forzada de personas y la complicidad de sectores civiles con la última dictadura militar. Para quien no haya visto el programa que emite Telefé, el hijo de un juez asesinado durante el proceso es dado por muerto tras una traición de su mejor amigo, que a su vez es hijo de un civil corrupto enriquecido a costa de negocios turbios en complicidad con la peor calaña humana que pobló los espacios de poder en la época más negra del país. Esos amigos, provenían de familias adineradas, de clase alta, practicaban esgrima (no fútbol de potrero) y estaban enamorados de la misma mujer. Así relatado, podemos imaginar las primeras críticas: los desaparecidos en su gran mayoría fueron militantes del campo popular. Obreros, intelectuales, estudiantes que provenían de sectores de clase media hacia abajo, ante lo cual ciertas voces imaginan que la novela desnaturaliza lo que habría sido el principal motivo de disolución social en la década del 70: la lucha de clases. Y aquí emerge la primera materia opinable. ¿Existió realmente lucha de clases en Argentina?. ¿Imaginar ese paisaje no convalidaría la teoría de los dos demonios y la existencia de una guerra?. En nuestra opinión así sucedería. Por eso marcamos lo que para nosotros es el primer acierto de MONTECRISTO: plantea el terrorismo de Estado como eje, sin importar la clase social donde se ubique a la víctima. El hijo del juez dado por muerto regresa para vengarse. Pero lo hace con cautela militante. Y formando una verdadera célula. ¿Guerra de guerrillas?. No. Porque en el guión se reitera una y otra vez “el expediente judicial” y hasta se muestra la colaboración de Abuelas de Plaza de Mayo. Es más. Algunas escenas se filman en la sede de este organismo. No somos quienes para realizar una crítica artística, pero como simples espectadores las actuaciones del elenco y protagonistas nos parecen impecables. Y comprometidas realmente con el guión. Desde un extremo al otro, el hijo del juez asesinado (Pablo Echarri) y el corrupto asesino (Oscar Ferreyro) interpretan sus papeles con un realismo y una ubicación histórica admirables. Puede criticarse que se extiendan demasiado en capítulos sin avances en el proceso de alcanzar la tan ansiada justicia, jugando con el ánimo y la paciencia de los espectadores, pero eso ya es materia de críticos de espectáculo. Lo verdaderamente importante, es que jóvenes que no han sufrido aquella etapa oscura de nuestra historia, y adultos que la miraron de cerca sin ver, comiencen a comprender porqué aún es necesario saldar cuentas pendientes y porque –en nuestra opinión- jamás habrá perdón ni reconciliación ante tanta atrocidad. Los espectadores pueden ver en su televisor como “el mejor amigo” del hijo del juez asesinado por no ser cómplice, no solo deja morir a su compañero, sino que se apropia de su hijo.

Esta novela testimonial o como quiera usted denominarla, está generando amplios debates en organismos defensores de los derechos humanos. Pero –a nuestro entender- mientras la militancia debate intelectualmente, un grupo de actores y guionistas consiguen alcanzar efectos anímicos e ideológicos esclarecedores en el público. Y de eso debiera tratarse la militancia bien entendida. No el debate de un concierto de iluminados, que discuten compulsiva y obsesivamente todo cuanto tenga que ver con los derechos de las personas, sino la concreción de actos que posean per se efectos en la conciencia ciudadana. Quizás sea inútil recomendarle que no deje de ver MONTECRISTO, ese personaje de clase alta, que se convierte en un verdadero estratega de la Justicia (¿no le hace acordar al menos en definición y por la barba rala del actor Echarri a una evocación remota y al semblante social y misión de vida del Che Guevara acaso?). Y no lo recomendamos por dos cosas: no somos críticos de espectáculos y la novela está llegando a su fin. Pero, como casi siempre sucede, lo que más frívolo parece suele tener efectos más revolucionarios en el alma de la gente que los interminables debates plagados de términos incomprensibles e imposibles de internalizar. Ojalá a fin de año exista otro MONTECRISTO, y otro...y otro. Hasta que aunque más no sea por ósmosis asimilemos como cuerpo social que todo el pueblo argentino fue víctima de alguna u otra manera de la etapa terrorista más deleznable de la historia. La del terrorismo de estado. Para que no estemos nuevamente divididos en dos estamentos: aquellos que todo lo saben y todo lo sufren por haber sido víctimas directas, y aquellos que condenan las aberraciones pero sin hacer carne el sufrimiento de tanto prójimo y sin tener la capacidad de sentir el dolor como si cada picana le hubiese tocado el alma.

* Director Periodístico
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