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Madre María
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Tumba en la
Chacarita
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María
Salomé Loredo nació en España el 22 de octubre de 1854 y llegó
a la Argentina cuando tenía 11 anos de edad. Desde el primer
momento hubo en su vida hechos que auguraban lo que vendría
después: toda la región de Vizcaya, donde había nacido, se veía
azotada por una terrible sequía que llevaba ya varios meses y
que se interrumpió con unas ansiadas lluvias que comenzaron en
el instante mismo en que llegaba al mundo la pequeña María. A
los diez años de edad era común que contara a su madre y al
sacerdote de su pueblo que la imagen del Sagrado Corazón, a
quien ella veneraba en la iglesia del lugar, le sonreía con
mucho amor.
Con tales
antecedentes desde su infancia, que ella tomaba con naturalidad,
llega a Buenos Aires traída por su familia que se instaló en
Saladillo, provincia de Buenos Aires. Ya desde adolescente era
muy bella y admirada por los varones de la época. Se casó a
los 19 años con José Antonio Demaría, un hombre dedicado a
sus campos y a la política. María pasó así a formar parte de
la aristocracia argentina. Quedó viuda a los 23 y volvió a
casarse al tiempo con Aniceto Subiza, otro hombre acaudalado y
muy respetado por sus condiciones morales. También quedaría
viuda por segunda vez y, ahora, no sólo pertenecía de manera
indiscutible a la alta sociedad argentina sino que era dueña de
una gran extensión de tierras y de una enorme fortuna.
Como era
común para las mujeres de su condición social, se había
dedicado desde siempre a la beneficencia, pero después de haber
sido sanada de un tumor en el pecho por Pancho Sierra, sintió
que debía hacer algo más. Ya no bastaba con conseguirle
trabajo a la gente que se acercaba a ella. De pronto, comenzaron
los asombros. Maria Loredo había sido una ferviente católica
durante toda su vida, y nunca dejo de serlo. Si se le preguntaba
de dónde provenían sus poderes, ella contestaba
invariablemente que no los tenía, que eran Dios y Cristo los
que le habían encomendado una misión y que lo único que hacia
ella era cumplirla con alegría. Describía su relación con Jesús
como alguien puede estar hablando de un amigo, con amor,
fidelidad, fe y respeto. Sumado a esto el hecho de que nunca
cobró a quienes atendía, basta para destacarla. Sin embargo,
en varias ocasiones fue acusada e incluso llevada a juicio por
su presunto ejercicio ilegal de la medicina, aunque fue
absuelta, En una de las ocasiones en que fuera detenida, se
cuenta que salió de su celda y ganó la calle caminando sin que
nadie supiera cómo. Sus detractores hicieran caer las sospechas
sobre los policías que la custodiaban, afirmando que eran sus
seguidores, pero los hombres de uniforme lo negaron y nunca se
supo con certeza cómo salió del calabozo que permaneció
cerrado con llave aún cuando Maria Loredo ya no estaba en él.
Sus métodos
curativos eran muy sencillos: el agua fría como su maestro
Pancho Sierra, la imposición de manos en nombre de Cristo y las
plegarias a la Virgen y los santos. Las más serias
investigaciones sobre su vida no dejan dudas de que no se había
apartado de sus orígenes católicos sino que los habla
reforzado, aun cuando sus prácticas no estaban avaladas por su
religión. No aconsejaba menesteres típicos del ocultismo, y sólo
decía que "es la fe la que cura, es la fe la que
ayuda".
Fue amiga
personal y confidente de varios presidentes argentinos como
Carlos Pellegrini, Bartolomé Mitre, o Miguel Juárez Celman.
Julio A. Roca le regaló una casa sin que se supiera nunca si el
motivo de semejante obsequio era un agradecimiento por una
presunta ayuda espiritual de la Madre Maria. Se sabe, si, que a
Hipólito Yrigoyen le vaticinó que seria presidente de la Nación
y le aconsejó que no se presentara para un segundo periodo
porque lo ganaría pero no le iría bien en su ejercicio. Así
fue: a Yrigoyen lo desplazó del poder un golpe militar a los
dos años de haber arribado a la presidencia por segunda vez,
pasando a vivir en una austeridad cercana a la miseria hasta su
muerte.
La Madre María
murió el 2 de octubre de 1928, nueve días antes de cumplir los
74 años de edad. Una multitud acompañó sus restos al
cementerio de la Chacarita. Allí se erigió un monumento en su
bóveda. Mucha gente sigue acudiendo, en la actualidad, para
rezar y solicitarle algo. Una vieja costumbre de los que allí
van consiste en acariciar la puerta de bronce de esa bóveda
Cualquiera que visite el lugar advertirá un brillante pulido en
esa puerta, producto de la innumerable cantidad de manos que la
siguen acariciando.
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