AVES
EL LORO

Loro es el nombre común que se aplica a unas 340 especies de aves de brillante colorido que incluye entre otros a cacatúas, loritos, agapornis, guacamayos y periquitos.

 También se les conoce con el nombre de papagayos. Es un grupo muy homogéneo, con características que no se pueden confundir con ningún otro tipo de aves. Y presentan gran variabilidad de tamaño, entre los 8 cm y el metro y gran diversidad cromática.  El colorido del plumaje de los loros es muy variable. Aunque una gran mayoría son verdes, por ejemplo el loro hablador de Bolivia, Brasil, Paraguay y Argentina, otros son azules, amarillos o rojos. Entre las especies más llamativas están los loritos arco iris, de cabeza azul, dorso verde y pecho amarillo-rojizo. Las cacatúas, por lo general, son blancas o negras, con toques de amarillo, rojo o rosa.

Pico

  Los loros tienen el pico curvo, fuerte y en forma de gancho. Lo saben usar para sostenerse al trepar. Las alas suelen ser cortas, redondeadas, pero la cola llega a ser bastante larga.

 Son aves domesticables, cariñosos y muy buenos vigilantes de la casa.

Las patas 

 Los dedos de las patas presentan una disposición cigodáctila, es decir, dos dirigidos hacia adelante y dos hacia atrás. Caminan torpemente sobre el suelo, pero son trepadores excelentes y emplean a menudo el pico a modo de garfio para desplazarse entre las ramas.

Alimentación

  Se alimentan de semillas de girasol, manzanas, duraznos, pan con leche, etc.

Hábitat

 Se encuentran en las selvas y bosques donde el clima es cálido. Forman grupos numerosos. Eligen un gran árbol y allí se reúnen.

Nidos

 La mayor parte de los loros anidan en agujeros de los árboles, pero algunas especies utilizan termiteros, grietas en la roca o túneles que construyen en terraplenes.

 La cotorrita o cotorra gris argentina, también llamada cotorra monje, construye un gran nido formado por palos en las copas de los árboles, como en las palmeras protegidas de Entre Ríos.

 La mayoría de las especies crían por parejas, con algunas excepciones, como la ya mencionada cotorra gris argentina, que nidifica en nidos comunales.

 Las hembras de los loros suelen poner entre dos y cinco huevos y los polluelos nacen muy poco desarrollados, completamente desnudos y ciegos.

Características 

 El loro imita el habla humana, gracias a la forma de su lengua carnosa. A diferencia de otros pájaros, la lengua del loro es redonda, carnosa y muy movediza. La utilizan con gran habilidad para extraer las semillas y granos, su principal fuente de alimentación, además de hojas y frutas.

En el grupo de los loritos, la lengua es más larga y termina en unas cerdas a modo de cepillo, gracias a las cuales liban el néctar y polen de las flores.

El loro es un gran imitador, pero... no entiende lo que dice. Y tiene buena memoria. Sabe qué sonidos tiene que imitar cuando tiene hambre o cuando llega alguien. Pero él no entiende ni sabe el significado de lo que imita.

La capacidad de muchos loros para imitar la voz humana y otros sonidos es uno de los motivos de su popularidad como mascotas.

 El mejor imitador es el papagayo o loro gris africano, un ave de unos 30 cm de longitud, con el plumaje gris, excepto la cola, que es roja.

 Estudios realizados con esta especie han demostrado que puede ser tan inteligente como los delfines y los primates.

Distribución de la especie

La zona de distribución de los loros se extiende por todas las regiones tropicales del mundo y algunas especies llegan a las zonas templadas de los hemisferios norte y sur.

 Las áreas de mayor diversidad son la cuenca del Amazonas, Australia, Nueva Guinea y las islas adyacentes. En África y el interior de Asia viven relativamente pocas especies.

Preservación y Reservas

 La demanda del comercio de aves de jaula y la pérdida de hábitat son las causas principales de que muchas especies de loros estén consideradas como especies amenazadas.

 En la mayoría de los países la captura, exportación e importación de loros está estrictamente regulada, pero cada año miles de aves son enviadas a Europa y Norteamérica, tanto legal como ilegalmente, y muchas de ellas ni siquiera sobreviven al viaje.

 Una de las posibles soluciones a este problema sería la comercialización exclusiva de aquellas especies que han sido criadas en cautividad.

 Hay especies escapadas de la cautividad que terminan por asilvestrarse en los países receptores.  Este es el caso de la cotorra de Kramer, ave originaria de Asia y África, de color verde esmeralda, con cola muy larga y pico rojo vivo. Se encuentra localmente en algunos países de Europa, entre ellos España.

  En los laberínticos pasajes del Parque de los Loros, en Puerto de la Cruz, al norte de las islas Canarias, en Tenerife, se encuentra un paradisíaco lugar cuyas tierras descienden hacia el océano Atlántico, y entre la espesa vegetación tropical del parque, viven protegidos más de tres mil hermosos ejemplares de papagayos, pericos y cacatúas.

   Los visitantes encuentran el mayor atractivo del parque entre la espesa vegetación tropical: Ahí viven protegidos más de 3.000 hermosos ejemplares de papagayos, pericos y cacatúas.

Muy cercana a este reservorio, se encuentra la reserva de aves que alberga más de 750 pajareras , Este es el corazón del parque; en él se preservan las especies de aves más exóticas, codiciadas y amenazadas del mundo. 

El alemán Wolfgang kiessling, comenzó a coleccionar loros en los ´70 y con el paso del tiempo se apasionó por conocer la vida de estas aves de maravilloso plumaje. Su gran preocupación  es evitar que la deforestación y la caza indiscriminada no sigan diezmando los psitácidos. Allí, unas 20 personas se dedican a cuidar exclusivamente a los loros. Dos veces por días los loros desayunan una mezcla de frutas y vegetales, galletitas y una torta casera rica en proteínas. Por la tarde reciben semillas de trigo fresco y nueces.

 Para Kiessling estas aves tienen un valor incalculable. Los veterinarios de la reserva cuentan con tecnología avanzada para poder cuidar mejor la salud de estos pequeños animales. Cuando un animal pierde su garra, primero lo anestesian y luego proceden a curar su herida.

Loros de América Latina

 Entre las especies más notables de América Latina se destaca el choroy, exclusivo de Chile que nidifica en los árboles y busca su alimento en el suelo, por lo que pone en peligro los cultivos y es perseguido por los campesinos. Es de color verde brillante, con una mancha roja en el pecho.

 Entre las especies de loros que se localizan desde Venezuela y Ecuador hasta el norte de Argentina están el loro de cabeza negra, el de los palos, el de cara roja y el de frente amarilla.

 Con una distribución más amplia, desde México hasta Centroamérica, e incluso hasta Sudamérica, aparecen el loro real, el guaro, el loro de penacho, el loro choclero y el de casquete blanco, propio de la costa del golfo de México.

 El loro barranquero o tricaque es la especie más meridional, ya que vive en las regiones andinas y patagónicas de Chile y Argentina.

 Se pueden encontrar los pericos, como la especie del litoral pacífico del sureste mexicano, que se extiende hasta Costa Rica, y el llamado perico centroamericano.

 En las montañas de hasta 4.000 m de altitud vive el perico cordillerano o catita serrana, mientras que el perico enano se ha adaptado a muchos hábitats, desde México hasta Argentina.

 Más espectaculares son los guacamayos (en México guacamayas), como la verde, que puede vivir en elevaciones de hasta 2.400 m, desde el norte de México hasta el norte de Argentina; el guacamayo rojo y el ara azul son otras dos especies muy llamativas de colorido brillante y larga cola.

 Las cotorras, de cola más corta, están representadas por especies como el tovi o la cotorra de mentón anaranjado, la cotorra austral del sur de Chile y Tierra del Fuego y la cotorra de Puerto Rico que presenta una raya roja  frente a los ojos.

EL LORO PELADO
de Horacio Quiroga
(de "Cuentos de la Selva")

Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón, los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: "¡Buen día. lorito!..." "¡Rica la papa!..." "¡Papa para Pedrito!..." Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
-"¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito!..."-y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
-¿Qué será?-se dijo el loro-. "¡Rica, papa!..." ¿Qué será eso?... "¡Buen día, Pedrito!..."
El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.
-¡Buen día, tigre!-le dijo-. "¡La pata, Pedrito!..."
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene le respondió:
-¡Bu-en-día!
-¡Buen día, tigre! -repitió el loro-. "¡Rica papa!... ¡rica papa!... ¡rica papa!..."
Y decía tantas veces "¡rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.
-¡Rico té con leche!-le dijo-. "¡Buen día, Pedrito!..." ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:
-¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sordo!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.
-¡Rica papa, en casa! -repitió, gritando cuanto podía.
-¡Más cer-ca! ¡No oi-go!-respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
-¡Rico té con leche!
-¡Más cer-ca toda-vía!-repitió el tigre.
El pobre loro se acercó aun más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.
-¡Tomá! -Rugió el tigre-. Andá a tomar té con leche...
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor; con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
-¿Dónde estará Pedrito?-decían. Y llamaban: ¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.
-¡Pedrito, lorito!-le decían-. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que había pasado: Un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando:
-¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al Tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
-¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?. ..
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:
-¡Acer-ca-te más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
-¡Rico, pan con leche! ... ¡ESTA AL PIE DE ESTE ÁRBOL ! ...
Al oír estas últimas palabras, el tigre, lanzó un rugido y se levantó de un salto.
-¿Con quién estás hablando?-bramó-. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
-¡A nadie, a nadie!-gritó el loro-. "¡Buen día, Pedrito! ... ¡La pata, lorito! ... "
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.
Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
-"¡Rica papa! ... " ¡ATENCIÓN!
-¡Más cer-ca aun!-rugió el tigre, agachándose para saltar.
-¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO VA A SALTAR!
Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado-¡y bien vengado!-del feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.
Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.

Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.
-¡Rica papa!... -le decía-. ¿Querés té con leche?. ¡La papa para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

Fuente: http://www.redargentina.com/

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