LA PUERTA

Elemento de tránsito entre dos estadios, el mundo de lo desconocido y el de lo conocido, la puerta, por lo general, además de dar paso a un misterio, representa lo dinámico de las fuerzas visibles y las telúricas.

En China, las ciudades tenían cuatro puertas, que representaban los cuatro puntos cardinales, y por ellas se expulsaba a los huéspedes desaprensivos para el orden establecido y se permitía la entrada a los invitados honorables o no sospechosos.

Entre los hindúes, el paso obligatorio desde la tierra al paraíso (cielo) se efectuaba por la puerta del sol, aunque otra figura, también hindú, la torama, simboliza el paso a través de esa misma puerta desde la tierra a los infiernos.  

Desde esta ambivalencia de la puerta es frecuente que, bien en su frontispicio mediante una determinada ornamentación, bien en el interior, se coloquen los amuletos de protección más convencionales: herraduras, muérdago, tijeras y clavos, que ejercen la función de una especie de policía secreta doméstica encargada de identificar a los espíritus maléficos o a los individuos indeseables que, de forma insidiosa, tratan de penetrar en la viviendas.  

De la tradición judeocristiana que en algunos momentos de la historia ha pretendido que la puertas de los templos, o en menor medida las de las casas, habían de ser de escasa dimensión para obligar a todo aquél que entrara a encorvarse, nace la creencia de que el sistema más eficaz para mantener alejados de la casa a los espíritus maléficos consiste, simplemente, en cerrar la puertas a cal y canto. Sostenían en el contexto de la escenografía litúrgica judeocristiana que obligar a que la persona se agachara al entrar en un recinto sagrado o civil no constituía humillación alguna, sino que representaba sencillamente la dificultad de pasar de un estadio inferior a otro superior.  

Cuando una puerta se abre sola, nos indica que vamos a recibir la visita de algún impresentable y si de sus entrañas surgen ruidos extraños, anuncia una muerte u otro tipo de desgracia. En cualquier caso, hay que desconfiar de  una puerta que cruje, puesto que nada bueno presagia.  

Las puerta y las ventanas de la casa en que se está produciendo el nacimiento de un niño han de ser inmediatamente abiertas de par en par para facilitar el alumbramiento y si alguien entra sin llamar en esos momentos, debe ser expulsada del recinto. Una mujer embarazada jamás debe entrar por la misma puerta por la que recientemente ha salido el féretro de un niño, puesto que la mujer podría malograr el suyo.  

Se considera de mal augurio que una casa tenga dos puertas pues, en clave de supervivencia, Lo que por una puerta sale, por otra entra y Casa con dos puertas, aunque las veas cerradas están abiertas, según el refranero hispánico.  Nunca se debe llamar dos veces a la puerta. Si tras el primer aldabonazo o timbrazo no hay respuesta, es preciso marcharse. Quien permanece al otro lado puede estar siendo víctima de algún encantamiento de dudosas consecuencias.  

Para evitar que alguien que escuche detrás de la puertas quede inmune, sólo hay que esperar el momento en que se presume que el fisgón está con el oído aplicado a la puerta. Entonces se arroja un puñado de sal al fuego y de ese  modo el cotilla quedará sordo del oído que haya utilizado para tal menester.

Fuente: http://web.madritel.es/personales/beamarciel/html/puerta.htm