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La misteriosa muerte de Juan Pablo I

Según importantes investigaciones europeas detrás de la muerte del Papa Juan Pablo I, fallecido en extrañas circunstancias a los 33 días de pontificado en 1978, se habría tejido una siniestra conspiración en la que estarían insertos tanto la CIA como la KGB, la logia P2 y otras organizaciones de gran relevancia internacional. Hasta nuestros días aún siguen los rumores que incluso incluyen organizaciones económicas como son los intereses de bancos ya desaparecidos como el Ambrosiano, y hasta el mismo banco del Vaticano. Todo esto inmerso en contactos de lavado de dinero en conjunto con la mafia italiana. Y aunque no hay pruebas oficiales que confirmen estas teorías, cada día se alzan voces que exigen mayor transparencia a un Estado independiente que debe representar fielmente a la casa de Dios.

Por: Camilo Valdivieso
Copyright Terra Networks Chile 2005

Corrían las alternativas de un nuevo conclave para elegir a un representante de la Iglesia de Pedro. Para sorpresa de muchos, la reunión de Cardenales duró menos de lo esperado, ya que -según muchos-, el Espíritu Santo los había inspirado para elegir al más importante líder espiritual del mundo. Era el 26 de agosto de 1978, y la elección recaía en un humilde Cardenal nacido en la provincia de Benullo, Italia; Albino Luciani, quién sería nombrado más tarde como Juan Pablo I.

Su pontificado duró solo 33 días, y fue uno de los más cortos de los que se tenga recuerdo. Juan Pablo I era conocido como el Papa bueno, o el Papa de la sonrisa, ya que esas eran algunas de sus características más marcadas, también por su inclinación hacia una Iglesia más austera y preocupada de las necesidades de la gente más desposeída.

Según un comunicado oficial del Vaticano, la madrugada del día 29 de septiembre “cerca de las 05:30 AM el secretario particular del Papa, no habiéndole encontrado en la capilla, como de costumbre, le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún leyera. El médico, Dr. R. Buzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 horas del día anterior a causa de un infarto agudo de miocardio”.

La noticia generó inmediatamente las más variadas reacciones, sobre todo por la poca previsión que había en el cuidado del santo pontífice. Luego se supo que no fue su secretario personal quien encontró al Papa muerto, sino que una monja que era conocida como la hermana Vicenza, quien descubrió el cadáver, al entrar en la habitación del Pontífice, desconcertada porque no obtuvo respuesta a sus insistentes llamadas. La Secretaría de Estado impuso un voto de silencio a sor Vincenza, para impedirle que contase lo que había visto, aunque finalmente lo rompió, ya que -en su opinión- “el mundo debe conocer la verdad” sobre la muerte de este Papa.

Según varios testigos, estaba sentado en la cama, con la luz encendida, las gafas puestas y unos papeles entre las manos. La monja corrió entonces a despertar al secretario John Magee, quien constató la muerte y llamó al cardenal Villot. Acompañado por el médico, éste último examinó el cadáver y llamó a los embalsamadores. El problema es que las declaraciones que éstos hicieron posteriormente no coinciden con las realizadas por otros testigos. Dada la temperatura tibia que aún mantenía el cuerpo, y que fue también comprobada por sor Vincenza y por el secretario Lorenzi, los embalsamadores estiman que el fallecimiento debió producirse entre las 4 y las 5, y no a las 11, conclusión que les fue confirmada por monseñor Noé. A partir de estas informaciones, ¿cuál habrá sido el motivo para modificar los acontecimientos? ¿Qué ocultaba la cúpula alta del Vaticano en relación a la muerte del Papa?

Teorías

A dos años de la muerte de Albino Luciani, el escritor Bruce Marshali plantea en su novela ¿Un asesino para Juan Pablo I?, que el Papa Luciani es envenenado por la oculta sociedad de Los Nuevos Apóstoles, cuyos doce miembros- basados en las doce tribus perdidas de Israel- se oponen a los cambios propulsados por el Concilio Vaticano II y apoyan como pontífice al cardenal Siri. Una teoría por demás algo fantasiosa ya que supuestamente esta sociedad no existiría.

Quizás uno de los más fuertes rumores, -que sostenían algunas revistas de extrema derecha- acusaban de estar afiliados a la masonería al secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Villot, al presidente de la Congregación de Obispos, cardenal Baggio, al banquero del Vaticano, el arzobispo Marcinkus y a otros prelados.

Roger Peyrefitt, un experto de los embrollos entre la Masonería y el Vaticano, sostuvo en su libro “La Sotana Roja” la teoría de un complot maquinado por algunos prelados que mantenían estrechas relaciones con mafiosos, financieros y dirigentes de la logia Propaganda-2 (P2), ocultando bajo pseudónimos muy evidentes a personajes que se movían en esferas sumamente altas.

Un libro que llego a ser Best-Seller fue el de los investigadores G. Thomas y M. Morgan-Whitts de titulo “Pontífice”, ahí se ofrece una documentadísima investigación sobre las vidas de los tres últimos papas y las críticas circunstancias en que se desarrollan sus pontificados, y sugieren que la hipótesis del asesinato fue un rumor hábilmente promovido por la KGB soviética para desacreditar al Vaticano en unos momentos de gran tensión en sus relaciones con la URSS. Según algunos miembros de la Iglesia, esta teoría explica el comportamiento que han tenido y tienen actualmente los “enemigos” del Vaticano, tratando de desvirtuar todo lo que signifique el Pontificado del actual heredero de Pedro.

John Cornwell, un periodista inglés acusado de haber sido contratado por el mismo Vaticano y cuya investigación duró aproximadamente un año, afirmó que Juan Pablo I no murió de un ataque al corazón, sino de embolia pulmonar. “El Papa se habría dejado morir al abandonar su tratamiento y al impedir que llamaran a un médico el día que se sintió mal: "Cual es la línea que divide el abandonarse, suicidio por deliberada negligencia, y la resignación o el abandono en sentido religioso, cuando una persona cree que la voluntad de Dios es que muera y abraza ansiosamente esta perspectiva". Dice también: "El necesitaba descanso y una rigurosa medicación. Si hubiera tenido esa atención, es casi cierto que habría sobrevivido.

¿En el nombre de Dios?

Este libro fue quizá la tesis más polémica y conflictiva ya que afirmaba derechamente una conspiración urdida para asesinar a Luciani con digitalina, un poderoso veneno, con el fin de impedir los cambios planteados por el Papa para acabar con la corrupción. Esta teoría fue escrita en 1984 por David Yallop, resultado de tres años de intensas investigaciones en las que contó con la colaboración clandestina de algunos miembros de la signatura vaticana. Yallop quiso demostrar que el Vaticano encubrió las circunstancias en que se produjo el fallecimiento y proporcionó indicios suficientes para considerar necesaria la apertura de una investigación oficial. Su libro provocó un verdadero escándalo. La situación era realmente grave. Hasta el punto de llevar a un ultraconservador como Jean Parvulesco a aceptar la posibilidad de que Juan Pablo I fuese ejecutado para evitar que condujese a la Iglesia a una desviación teológico, progresista y tercermundista (se refiere al «sueño revolucionario y anarquista» que Yallop atribuye al Papa Luciani), y a sostener a un tiempo que -aprovechando estas circunstancias- Yallop y sus apóstoles sin rostro “pretenden presentar al Vaticano convertido en la mayor potencia criminal del mundo”.

Curiosamente más allá de todas las pronunciaciones que hizo el Vaticano para ensombrecer las teorías conspirativas detrás de la muerte de Juan Pablo I, una encuesta publicada en 1987 demostró que el 30 por ciento de los italianos estaban convencidos de que el Papa de la sonrisa murió asesinado. Incluso el cardenal Oddi declaró que el Sacro Colegio Cardenalicio ni siquiera iba a considerar la posibilidad de abrir investigación alguna sobre la muerte, ni aceptaría el menor control por parte de nadie.

Sin duda, que una de las grandes contradicciones que hay es la explicación que se le dio a las causas del deceso del Pontífice, puesto que jamás se hizo autopsia alguna, se sabe que esta fue prohibida por la Santa Sede, lo que aumentó las especulaciones en torno al supuesto asesinato de Albino Luciani.

También se conocía bien el estilo de vida del Papa -por demás muy sano- y su presión baja tampoco hacían sospechar semejante desenlace, ni tampoco se corresponden con una hemorragia cerebral o una embolia pulmonar, las otras posibilidades que han citado fuentes vaticanas.

Según uno de los especialistas a los que ha pedido estudiase las circunstancias en que se produjo la muerte, el Dr. Cabrera, “ésta podría responder mejor a una muerte provocada por sustancia depresora y acaecida en profundo sueño”. Por otra parte, el tono rosáceo que aún tenía su rostro a mediodía del 29 aparece en algunas intoxicaciones, por ejemplo, de monóxido de carbono y de cianuro. Llama la atención -continúa el sacerdote español- la prisa de Villot por embalsamar el cadáver, procedimiento habitual cuando muere un Papa. Y ello pese a que, en cualquier Estado de Derecho, sólo se puede proceder al embalsamamiento cuando han transcurrido 24 horas desde el fallecimiento, como ocurrió tras la muerte de Pablo VI. Contrariamente a lo que se ha dicho, las normas de la Santa Sede ni prohíben ni ordenan la autopsia de los pontífices, y mediante ésta -que Villot descartó obstinadamente- podría haberse determinado si hubo infarto agudo o detectado veneno de metales pesados, pero ésta quedaría seriamente dificultada tras el embalsamamiento.

Hasta nuestros días aún siguen los rumores que incluso incluyen organizaciones económicas como son los intereses de bancos ya desaparecidos como el Ambrosiano, y hasta el mismo banco del Vaticano. Todo esto inmerso en contactos de lavado de dinero en conjunto con la mafia italiana. Y aunque no hay pruebas oficiales que confirmen estas teorías, cada día se alzan voces que exigen mayor transparencia a un Estado independiente que debe representar fielmente a la casa de Dios.

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