LA LEYENDA DE LOS KILMES
Por Guillermo Daniel Ñáñez para EL VIGÍA

En la cumbre de la Quebrada Palo Blanco, descansaban los dos dioses hermanos más temidos por, la indiada: el Ángel de la Muerte, encargado por el destino para llevar en su poncho invisible las almas que debían a separarse de sus cuerpos, y el Viento Blanco, cuyos huracanes cargados de nieve congelan cuanto alcanzan. Algo perezoso, vacilaba el Viento Blanco en lanzar sus furias hasta el fondo de la quebrada, cuando por su esencia divina supo que su madre andaba cerca. Así era. En una caverna abierta en la ladera, se habían refugiado dos cazadores de guanacos, Orfiel y Turcán, quienes presintiendo la proximidad de sus temidos dioses, esperaban que el viento de la llanura y la salida del sol de entre las nubes anunciaran que el peligro había pasado. 

Orfiel, altivo coya, recorría la caverna con la impaciencia de un tigre enjaulado, maldiciendo al destino que le aprisionaba. Turcán, por el contrario, esperaba resignadamente y sin apuro que los rayos de Inti (el Sol) anunciaran su libertad. De pronto, llegó una viejita vestida humildemente, que después de saludarlos les pidió un lugar junto al fuego y algún alimento, si tuvieran. 

Turcán, comedido y bueno, sacó de sus alforjas un pedazo de charqui y mientras le hacía lugar junto al fuego le preguntó qué andaba haciendo solita por los cerros. Respondió la viejita que vivía sola porque sus hijos recorrían todo el mundo, empujados por el destino, y solamente la visitaban una vez cada siete años. Mientras tanto, para entretenerse, paseaba por la montaña. Turcán se sintió profundamente conmovido, la dulzura y humildad de la viejita le llegaban hasta el fondo del alma y de pronto se encontró postrado a sus pies, diciéndole que su madre había muerto y él vivía triste porque no tenía a quién cuidar. Que la invitaba a vivir con él hasta que regresaran sus hijos y si los dioses le permitían seguir cazando guanacos nunca le faltaría nada, porque él la querría y cuidaría como a otra madre enviada por Inti para reemplazar a la difunta. 

Orfiel era tan altanero que no llegó a percibir el encanto de la diosa (pues se trataba de la propia Pachamama). Por el contrario, le molestó la idea de cargar con una anciana inútil y furioso recriminó a su compañero. ¡Siempre serás el mismo sonso! ¿Para qué te sirve esa vieja a la que ya debe andar buscando el Ángel de la Muerte? ¡Lo que debemos hacer, es matarla por caridad, como se hace con las llamas que se van a morir de hambre porque ya no le quedan dientes! No bien terminó sus palabras imprudentes, cuando entre remolinos de nieve apareció el Viento Blanco, acompañado por su hermano, atronando la caverna con su tremendo vozarrón: ¡Al suelo, desgraciado! ¡Tal vez así tengas tiempo de pedir perdón a Pachamama, antes de que te lleve el Ángel de la Muerte, a quien nombrabas! 

Ya extendía su poncho el Ángel de la Muerte cuando la serena voz de Pachamama inmovilizó a todos. Así como los gusanos de repente se vuelven mariposas, así desaparecieron los harapos y la vejez de la diosa, que de golpe se transformó en una hermosa mujer resplandeciente de belleza y de bondad. Tomó su verdadera forma de diosa madre, y madre de todas las madres. Calma hijo querido –dijo–, no, permitas que tu ira y el cariño que me tienes te lleven por la senda maldita de la injusticia. ¿Para qué hablar de castigos? Pensemos primero en recompensar al buen Turcán, que me ofreció su protección y su cariño mientras ustedes aterrorizaban la comarca. ¿Y desde cuándo, tú, Ángel de las Sombras, te atreves a extender tu poncho en mi presencia? Sepan, que por siempre, los hijos y los hijos de los hijos de estos hombres, vivirán en la Quebrada Palo Blanco, donde tú, Ángel Sombrío, solamente entrarás cuando ellos, cansados de vivir, te llamen.¡Madre! –dijo el Viento Blanco, logrando el milagro de que su voz sonara suave y respetuosa–, ¡bien sabemos, que eres sabia y buena, pero nos confundes hablando de justicia, porque no es justo dar el mismo premio al buen Turcán que al perverso Orfiel, que quería matarte como a una llama desdentada!.

Sigues en error, hijo querido –continuó diciendo Pachamama–, nosotros tenemos la culpa de la maldad de Orfiel, porque en un descuido permitimos que Zupay sembrara en su alma la semilla perversa del orgullo, el egoísmo y la ambición. Recuerda que lo hecho, hecho está, y ni los dioses podemos cambiar los mandatos del destino. Los hijos de Turcán serán felices en su quebrada y solamente cuando estén cansados de vivir llamarán al Ángel de la Muerte. Los hijos de Orfiel, tendrán por siempre en su alma la semilla maldita. No querrán quedarse en Palo Blanco, porque el viento de la llanura les provocará anhelo de viajar, de saber más, de ser ricos y fuertes para dominar a sus hermanos, en una palabra, de ser hombres. Y fuera de la Quebrada, el Ángel de la Muerte los llevará en cuanto los vea.Así es, amigos –prosiguió don Nicanor–, yo debo ser hijo de los hijos de Orfiel, porque hace un año, sin poder aguantar más el aburrimiento de la vida en la Quebrada, bajé a la llanura y llegué a está bendita ciudad, ansioso de conocer cosas nuevas. He venido a esta fiesta para despedirme de ustedes, mis buenos amigos, porque siento que el Ángel me ha encontrado y de noche creo oír el revoloteo de su poncho. 

Aclaración: Esta crónica se obtuvo en el barrio de Liniers en la década de los ‘70, de labios de Nicanor Ogas, nativo de la quebrada de Palo Blanco (valles calchaquíes) y se refiere a los míticos tiempos en que Pachamama solía bajar, de su Olimpo para convivir de riguroso incógnito con sus hijos dilectos, los coyas y los quilmes. Entre copas de vino tomadas con notable regularidad, relató Don Nicanor esta leyenda, para Ilustración de sus jóvenes amigos porteños. Quince días después, moría en el Hospital Rawson don Nicanor Ogas, víctima de congestión pulmonar. El pueblo de Palo Blanco, ubicado en la quebrada homónima, posee el récord americano de habitantes centenarios. La intensidad de los rayos ultravioletas del sol, propia de alturas superiores a tres mil metros, hace que su atmósfera sea casi estéril y en particular no albergue microbios patógenos. Así como no hay casi posibilidad de contaminación, tampoco hubo oportunidad de crear y trasmitir por herencia defensas biológicas contra 'los agentes infecciosos. Ello explicaría su falta de defensas orgánicas y lo corto de su vida fuera de las montañas.

Próximamente más trabajos imperdibles de Guillermo Ñánez sobre los Kilmes