Héctor
Tizón nació en 1929. Es uno de los escritores destacados de la
narrativa argentina del S. XX.
Su
lugar de residencia era su casa en Yala (Jujuy).
Entre
sus obras se pueden citar: “A un costado de los rieles”
(Cuentos - 1960); “Fuego en Casabindo”, (novela,
1969); “El cantar del Profeta y el Bandido”, (novela, 1972),
“El jactancioso y la bella”, (Cuentos, 1972). A este último
libro pertenece el cuento que se presenta aquí.
El
autor ha obtenido menciones por su obra en Concursos de La Casa
de las Américas, de La Habana, Cuba.
--¡Es
él!, ¡él!
La
mujer daba alaridos y no cesaba de gritar.
--¡Ha
sido él! --decía la mujer señalándole con el dedo que era
como un cañón de escopeta a bocajarro. La mujer estaba
despeinada y sus pechos enormes se agitaban debajo del camisón,
enormes, deformes, blandos, debajo del camisón que se adhería
a sus carnes regordetas.
Cuando
llevaron al imbécil que lloraba como un niño pequeño y
temeroso, sin comprender, con sus ojos de viejo y su ancha boca,
ni siquiera el más leve estremecimiento se pudo notar en las
manos homicidas que recogieron el arma para guardarla nuevamente
en su sitio.
El
marido, que desde hacía ya tiempo se dedicaba a los cueros (a
la venta de cueros de víboras y yacarés, que, una vez
desollados y colgados durante los días necesarios en los
interminables alambres del galpón ex profeso se enfardaban y
eran transportados por él mismo en el viejo andariego ford
hasta el pueblo y desde allí lanzados por ferrocarril para
volver convertidos en los cheques que él almacenaba en la
infructuosa cuenta bancaria. Eso constituía, por cierto, un
negocio mucho más productivo que el antiguo negocio del carbón,
o que
el obraje: las ganancias eran relativamente repartidas,
pero los riesgos sólo estaban en las piernas y manos de
innominados paraguayos y chaguancos que trabajaban en los
esteros reverberantes y cálidos y las orillas anegadizas del
Bermejo), permanecía todo el tiempo fuera de la casa y por
eso ni siquiera se imaginó que una bala le esperaría
atravesando la noche para ir a incrustársele en la cara y
destruírsela hasta quedar convertido en un guiñapo
ensangrentado y cómico, junto al suelo, casi en el centro del
patio mientras su mujer gorda y semidesnuda acusaba al
tonto gritando y agitando los brazos hasta que llegaron los
demás.
Serían
las tres de la mañana cuando sonó el estampido: El tonto lo
escuchó desde el lugar donde dormía, no lejos de la cocina, y
ya estaba por salir a ver jugar a los chicos desde el mirador,
casi junto al portón que daba al camino. La atracción del
ruido de pólvora de los fuegos artificiales era irresistible
para él, Siempre le pasaba así desde que vio por primera vez
encenderse las luces de bengala y escuchar el estampido seco de
los cohetes en aquella Navidad lejana. Con un gesto
anhelante, se quedaba entonces absorto ante la trayectoria
luminosa de la pólvora encendida. A veces los chicos, cuando lo
descubrían o lo espiaban, venían hacia él para darle que
sostuviera la mecha; a veces también le ataban cohetes en la
parte trasera de los tiradores y se desternillaban de risa viéndole
correr como un caballo loco.
La
mujer había terminado por franquearle la puerta de su cuarto
porque en ese calor interminable que le abrasaba el cuerpo, en
las noches, necesitaba del hombre. Pero esa noche ella no
esperaba al cazador de serpientes y yacarés que de pronto,
antes de que el otro terminara de abandonar el lecho cálido y
subrepticio, apareció con la linterna perforando el azulado
follaje de los árboles junto al camino y llegó hasta el patio
de la casa dando órdenes a los gritos.
Entonces
descolgó la escopeta.
Él
idiota también escuchó el estampido seco, rotundo, solitario,
pero esa vez cuando salió no encontró a nadie, no sintió la
carrera ni los gritos de los chicos, ni vio las luces de las cañas
encendidas. Sólo vio la oscuridad y penetró en el patio que:
era más bien un canchón donde estacionaban los carros y a
veces pernoctaban los caballos, las vacas, los peones y los
cerdos. Cuando él llegó, la
mujer le dijo,-entregándole lo que todavía sostenía
entre sus manos: "tomá, agarrá. Con esto se hace fuegos
artificiales". El obedeció con entusiasmo y
aún alcanzó a disparar el otro tiro haciendo que la bala
pasara rozando sobre el tejado hasta perderse entre los
cocoteros rumbo al río. Vio el leve fulgor de la explosión en
el percutor y escuchó nuevamente el mismo ruido, pero en cambio
no vio el cuerpo del cazador de serpientes y yacarés caído
junto al gran cantero en el centro del patio. Ni al otro hombre
que sigilosamente se alejaba a grandes pasos hacia el fondo.
Entonces la mujer comenzó a dar alaridos agitando el pecho y
meciéndose los largos cabellos humedecidos por la traspiración
hasta que los demás llegaron.