Ignacio Pirovano

 

"Aliviar el dolor de sus semejantes es la misión más grande a que puede aspirar un hombre"

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Nació el 23 de agosto de 1844. Si tratamos de forjar la imagen de Pirovano médico, nos encontramos con un hombre soberbio, seguro de sí mismo, reservado al lado del paciente, bondadoso, dulce en su trato. Distinto es el Pirovano adolescente quien, según relata Wilde en "Tiempo perdido", era un pilluelo que aterrorizaba a los vecinos del barrio de Belgrano y a quien, luego, sus compañeros de facultad reconocían como brillante alumno. Además, por su costumbre de gastar bromas pesadas, era un honor contarlo como "asesor" en el conocido como "comité de mortificación pública".

Su bisabuelo y abuelo eran médicos en el viejo continente; su padre era italiano y emigró hacia la Argentina, donde sólo pudo constituir una humilde familia cuyos escasos recursos le impedían costear la carrera de su hijo. Dispuesto a cumplir con su vocación no vaciló en trabajar para sufragar los gastos de sus estudios.

Una vez que obtuvo el título de farmacéutico, y luego el de médico, se doctoró con la tesis "La Herniotomía". Se destacó como cirujano y fue quizá uno de los primeros en considerar la necesidad de perfeccionarse en Europa. En Londres y Escocia lo atraparon las ideas de Lister, y de regreso a Buenos Aires continuó el camino ya emprendido por Montes de Oca en esa dirección. Dictó cursos de medicina operatoria; su vestidura en el quirófano era un largo blusón de mangas cortas, hábito que también usaban sus discípulos, supliendo así el anacrónico chaqué con que se operaba.

Padre de la cirugía y maestro de maestros, entre sus muchos discípulos podemos citar a Marcelino Herrera Vegas, Antonio Gandolfo, Alejandro Posadas, Avelino Gutiérrez, Enrique Bazterrica y Alejandro Castro.

Sentía predilección por operar cara, boca y cuello. Operación frecuente en esa época, Pirovano practicaba la traqueotomía en un solo tiempo. Convencido y seguro de su técnica, no dudó en aplicarla en un momento de suma urgencia en una paciente muy especial: su propia hija.

Desapareció de la escena. El motivo: un cáncer de base de lengua que él mismo se diagnosticó, y envió las biopsias a Péau sin decir quién era el paciente. Este contestó telegráficamente: "Cáncer. Caso perdido". Estoicamente padeció su enfermedad, y su vida se apagó el 2 de julio de 1895.

En sus exequias, Carlos Pellegrini dijo: "Sentimos que algo nos falta, algo así como el centinela armado que velaba por nuestra vida contra el ataque de enemigos invisibles, y por eso, sobre su tumba hasta el egoísmo llora".

Beti Sicardi

Fuente: http://www.medicos-municipales.org.ar/titu20599.htm