En el septiembre salteño el culto se hace festivo y la
fiesta se espiritualiza desbordando el espacio religioso. Con toda nitidez
la celebración expresa aquí la vitalidad de una tradición. Ella es, en
sentido estricto algo "recibido de un origen que excede al hombre para
trasmitirlo sin merma, a fin de ser recibido y nuevamente transmitido".
En el culto del Milagro está contenida la más profunda, la más larga y la
más cuidada memoria de Salta.
Según
la tradición, el dominico fray Francisco Victoria, obispo del Tucumán, antes
de regresar a España en 1590 prometió enviar de obsequio a la iglesia de
Salta un Santo Cristo tamaño natural, "de los muchos tan hermosos que
tallaban los artistas españoles".
Según las mismas fuentes, el Santo Cristo llegó flotando en un cajón al
puerto del Callao en 1592, junto a otro que contenía una imagen de la Virgen
del Rosario destinada al Convento de Santo Domingo en Córdoba. Las
autoridades de Lima remitieron la carga a Salta a lomo de mula. El Santo
Cristo fue depositado en la sacristía de la iglesia matriz, donde permaneció
olvidado durante un siglo. Los fuertes y reiterados temblores del 13 de
setiembre de 1692, que provocaron la caída, pero no la rotura, de la imagen
de la Inmaculada Concepción de María, fueron interpretadas como la primera
señal de una "secreta advertencia y un aviso de Dios". Aunque sin sufrir
daños, la imagen parecía "desfigurada y descolorida".
Los padres jesuitas recordaron al Santo Cristo, lo libraron de su encierro y
lo colocaron frente a la iglesia que la Compañía de Jesús tenía en el centro
de la ciudad. A pocos metros de distancia, frente a la plaza principal, se
alzaba el altar de la Virgen. Horas después los padres mercedarios encabezan
una procesión con el Santo Cristo, al que llevaban en andas "descalzos
algunos, con la soga al cuello, y manos atadas, cabezas y caras
encenizadas". A esta siguió otra nocturna de los jesuitas.
Al amanecer del día 14 la tierra dejó de temblar, volvió a estremecerse a la
noche, en medio de procesiones y rogativas. Al cesar los estremecimientos,
el día 15 renació la calma y con ella se comenzó a hablar del Milagro,
designando a la Inmaculada como Virgen del Milagro. A propuesta del vicario,
vecinos y cabildantes estuvieron de acuerdo en consagrar el rezo de una
novena al Santo Cristo que "había perdonado a Salta", al que sacarían en
procesión. A partir de entonces los católicos salteños sellaron un pacto de
fidelidad con el Señor y la Virgen del Milagro, en cuya reiterada protección
"la fe y sensibilidad de los salteños descubrió en ellos un amparo
milagroso". Como el Cristo de los Temblores de Lima (1654) o del Cuzco, el
de Salta conquistaba el centro de la devoción local.
El Milagro es pues la más antigua y también la más actual manifestación de
fe personal que, año tras año, se hace multitudinariamente colectiva. Salta
no conoce otro acontecimiento festivo de la antigüedad, masividad y
capacidad de inclusión de éste. Hasta la década de 1930 fue, además, en el
que más abiertamente pudo expresarse el sincretismo de las creencias
indígenas con el culto católico dejado por los españoles.