Conquistadores,
exploradores y aventureros buscaron incansablemente El
Dorado por toda Sudamérica. En su afán por
llegar a esa fabulosa ciudad pletórica de oro y plata
realizaron esfuerzos tan colosales como vanos.
Algunos descubrieron recovecos insospechados de una
geografía formidable y bebieron un sorbo de gloria, a
pesar del fracaso en sus expectativas. Otros no
hallaron más que penurias, muerte y olvido. Si
bien su emplazamiento no correspondía exactamente al
territorio de la Argentina, su leyenda estuvo
ampliamente difundida en estas tierras, y no faltaron
quienes la buscaron infructuosamente en el norte de
nuestro país.
El
sortilegio del oro y la presunción de que era fácil
obtenerlo encandilaban a quienes oían las noticias
que cruzaban del Nuevo al Viejo Mundo. Muchas se
referían a hechos reales, como el saqueo de los dos
mayores imperios de la América precolombina: el
azteca y el inca. Para muchos, la verdadera
estampida se inició al conocerse el episodio en que
el conquistador del Perú, Francisco Pizarro, exigió
para liberar al rebelde Atahualpa su propia altura en
oro dentro de un recinto de seis metros de ancho por
ocho de largo (Nueva 277). Pero desde antes circulaban
alusiones a inmensas riquezas que se ocultaban en
sitios extraordinarios esparcidos por doquier. ¿Eran
espejismos, memorias de esplendores extinguidos?
La duda persiste aún hoy.
Entre
esas historias arraigadas en la difusa frontera entre
la tradición y la fantasía, brillaba con singular
fulgor la de un cacique tan rico que todos los días
revestía su cuerpo con oro y después se bañaba en
un lago para quitárselo... En realidad el relato
correspondía a la ceremonia de entronización de los
jefes entre los indios chibchas, en el norte de
Colombia. Para que cada nuevo cacique se
consagrara al Sol lo desnudaban, untaban su cuerpo con
resina o barro y lo espolvoreaban de pies a cabeza con
un fino polvillo de oro. Así engalanado, subía
a una balsa cargada de ofrendas preciosas que en el
centro del lago Guatavita se arrojaban a las aguas,
donde además se lavaba el cacique para entregar a los
dioses el oro que lo cubría.
Ese
ritual había desaparecido antes de la llegada de los
españoles y, transformado en leyenda, pasaba
oralmente de generación en generación. Sin
embargo, los conquistadores se negaron a admitir que
semejante prodigalidad fuera cosa del pasado. La
codicia confirió a la saga proporciones fabulosas, y
desde 1530 se organizaron expediciones para buscar la
ciudad del cacique dorado.
ITINERARIOS
AZAROSOS
El
nombre de El Dorado se atribuye a Sebastián Belalcázar,
conquistador de Nicaragua y fundador de Quito,
Guayaquil (en Ecuador), Popayán y Cali (en Colombia).
Cambió su apellido, Moyano, para adoptar como tal el
nombre de la villa de Extremadura donde había nacido.
Lúcido y sagaz (a pesar de que nunca aprendió
a leer), a los doce años vino a probar fortuna en América,
donde acumuló considerable prestigio.
Fascinado
por las narraciones marchó hasta la meseta de
Cundinamarca (Colombia), donde en 1539 se encontró
(en lo que parece ser un caso único en la historia)
con otras dos expediciones: los hombres de Belalcázar,
los de Gonzalo Jiménez de Quesada (fundador de Santa
Fe de Bogotá) y los del alemán Nicolás de Federmann
habían ido a parar al mismo sitio sin saber nada los
unos de los otros. Cuentan que los primeros iban
ataviados con finos trajes de Castilla, los segundos
lucían ropajes indígenas y los terceros se cubrían
con pieles de animales: todos se llevaron una sorpresa
mayúscula.
En
1541, Gonzalo Pizarro, con cinco mil hombres, cuatro
mil llamas, dos mil cerdos, novecientos perros y
doscientos cincuenta caballos, partió desde
Quito en pos de canela y oro. Desoyendo a
quienes consideraban temeraria su decisión, Francisco
de Orellana le dio alcance. Los agoreros tenían
razón: después de tropezar con unos pocos canelos
inexplotables, ambos obcecados debieron acordar que
Orellana se adelantase con los cincuenta y siete
hombres que estaban en condiciones menos deplorables
(más de la mitad había muerto y los demás, famélicos
y debilitados, no podían continuar). El curso
del río Napo llevó a Orellana, no hasta la ansiada
ayuda, sino hasta una corriente de agua tan grande que
lo paralizó de estupor: había descubierto el río más
caudaloso del planeta, y lo bautizó río de las
Amazonas.
En
1560 se incorporó a la lista de ambiciosos el
sanguinario Lope de Aguirre. Integraba las filas
del capitán Pedro de Ursúa, pero no vaciló en
asesinarle para asumir el mando y proclamarse rey de
la Amazonia. Descubrió el Casiquiare (al sur de
Venezuela) y se supone que navegó por el Orinoco en
toda su extensión antes de que sus compañeros
juntaran coraje para matarlo. (El directo alemán
Wemer Herzog dio su propia versión de la aventura en
su película Aguirre, la ira de Dios, protagonizad por
Klaus Kinski.)
Mientras
tanto, los intentos de encontrar oro en el fondo del
Guatavita proseguían. Antonio de Sepúlveda se
propuso secar el lago en 1580 e hizo perforar una de
sus paredes de roca, hasta que un derrumbe sepultó a
sus esclavos indios junto con sus ilusiones de
grandeza.
Por
otra parte, se decía que también en la Guayana
reinaba un cacique dorado. El lago donde supuestamente
se bañaba era tan enorme como inexistente... a pesar
de que durante dos centurias figuró en los mapas.
A sus orillas, decían, estaba la ciudad de Manoa,
donde hasta las marmitas eran de oro. Atraído
por estas noticias, en 1595 incursionó por la región
Walter Raleigh, favorito de la reina Isabel 1 de
Inglaterra. El fracaso de su misión y el feroz
enfrentamiento ocasionado por la intervención inglesa
en dominios españoles desembocaron en su ejecución,
en 1618.
LA
LEYENDACONTINÚA
La
búsqueda de El Dorado no terminó con la conquista.
En este siglo aparecieron más aventureros que
trataron de llegar a las tierras donde el reflejo del
oro opacaba la luz del sol. El último fue el
inglés Percy Fawcett; acompañado por su hijo,
recorrió el Mato Grosso hasta que, en vez de fortuna,
encontró la muerte.
Antes,
desde 1921, el piloto estadounidense James Ángel buscó
oro en las tierras altas de la Guayana venezolana y
aseguró haber visto la ciudad de El Dorado en uno de
sus vuelos. En 1935 descubrió la cascada más
alta del mundo (el salto Ángel), de mil metros de
altura.
Hoy
son historiadores, arqueólogos y antropólogos
quienes tientan suerte. Se empeñan en hallar en
esa leyenda significados que contribuyan a la
comprensión del mundo indígena.
Una
exquisita pieza de oro, que reproduce la escena del
cacique en la balsa, es considerada por muchos
estudiosos prueba irrefutable de la existencia de El
Dorado. Algunos sostienen que la leyenda encierra dos
ideas simbólicas: un inmenso tesoro oculto (el
conocimiento) y la fuente de la eterna juventud (la
trascendencia).
El
oro, que para los europeos poseía un atractivo
exclusivamente material, pudo haber tenido un profundo
sentido espiritual para los indígenas americanos.
Se identificaba con el Sol y su resplandor, tenía carácter
de sacrificio y ofrenda, era imagen de fecundidad,
vitalidad y poder. La plata representaba su
opuesto complementario, la Luna.
En
la década del 60, el Instituto Nacional de Cultura
del Perú organizó una expedición para localizar El
Dorado en la floresta del río Urubamba, de acuerdo
con referencias obtenidas de crónicas como las de
Felipe Huamán Poma de Ayala, que datan del 1600.
Ante la falta de contacto con el grupo que se había
internado en la selva se inició un rastreo
infructuoso. Cuando ya no quedaban esperanzas, a
un año de la partida, cerca de Cuzco apareció
desfalleciente Núñez de Arco, el arqueólogo que la
encabezaba. Después de una larga convalecencia, el
investigador sorprendió a todos diciendo que no
recordaba nada de lo que había pasado.
EN
TODASPARTESYENNINGUNA
Estas
tierras australes de la América del Sur también
fueron escenario de búsquedas impulsadas por la
ambición. Se suponía que en algún lugar del
actual territorio argentino se escondía la Ciudad de
los Césares (Nueva 162).
Una
crónica afirmaba que en ella el clima era tan sano
que la gente era casi inmortal. Otra aludía a
la magnificencia de sus templos, su mobiliario de oro,
sus enseres de plata. Un viajero describió un
cerro de plata y otro de oro en las cercanías de la
urbe. También se dijo que estaba junto a una
laguna donde abundaban las perlas.
A
principios del siglo dieciséis se la ubicaba en algún
punto entre Córdoba, Santa Fe y Santiago del Estero.
Testimonios posteriores fueron corriéndola cada vez más
hacia el sur, junto a los ríos Colorado o Negro.
Algunos la situaban en el centro de la Patagonia o en
el lago Nahuel Huapi e, incluso, cerca del estrecho de
Magallanes.
El
hechizo de la Ciudad de los Césares perduró hasta
este siglo, cuando expediciones arqueológicas
trataron de encontrar sus ruinas en una amplia región
desde La Pampa hasta Santa Cruz.