Gustavo Adolfo “Cuchi” Leguizamón
Nació
en Salta el 29 de septiembre de 1917,
Su nacimiento ocurrió a las 11:05 de la mañana. El destacaba que en una oportunidad se hizo hacer un horóscopo, pero le dió rabia que mintiera menos que él e inmediatamente se puso a agregarle un montón de mentiras más. "desde entonces tengo una carta astral que yo mismo hice y es lo que podía decirse un autohoróscopo", recordaba.
Está casado en primeras nupcias con Ema O. Palermo. Como el Cuchi sufría de estrabismo, cuenta Miguel Angel Pérez que cuando el músico estaba de novio con Ema, se hizo operar en Buenos Aires. "Cuándo supimos que estaba mejorando, entre los amigos le hicimos un telegrama escueto que simplemente decía: ‘Cásate y verás...’"Tiene cuatro hijos varones: Juan Martín, nacido el 24 de octubre de 1961; José María nacido el 5 de julio de 1963; Delfín nacido el 26 de septiembre de 1965 y Luis Gonzalo, nacido el 19 de septiembre de 1967.
De acuerdo a antecedentes registrados en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC) ingresó a la entidad el 10 de diciembre de 1954, como socio número 9891.
En 1965 obtuvo el Primer Premio del Festival Latinoamericano de Salta con "La zamba soltera".
En 1973 ganó el Gran Premio SADAIC en el género música nativa.
En 1980 ganó el Primer Premio en la Cantata Cafayateña, Salta.
En 1986 obtuvo el Primer Premio en el Festival de Cosquín, Córdoba, con la zamba Bajo el azote del sol, con letra de Antonio Nella Castro.El 7 de noviembre de 1988 la Universidad Nacional de Tucumán le otorgó el Reconocimiento al Mérito Artístico-Creativo (Producción Folklórica).
El 16 de junio de 1989 el Gobierno de la Provincia de Salta le otorga el Reconocimiento al Mérito Artístico previsto en la Ley 6.475.
El 15 de octubre de 1999 el diario Clarín en la serie del suplemento de Espectáculos "El siglo que se va, el milenio que viene" incluye como la figura destacada del siglo en el folklore argentino al Cuchi.
Abogado de profesión, ex Fiscal de Estado de la Provincia de Salta por méritos propios, diputado nacional por avatares de la política y, fundamentalmente, creativo y músico de alma.
Las anécdotas y los amigos
Recuerda el Cuchi: "Varias veces se nos perdía el vino. Algo raro: se perdía. Entonces nosotros salíamos a buscarlo por las noches".
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En una de esas noches el Cuchi y Manuel J. Castilla, andaban por la localidad de Cachi, buscando, precisamente, un vino. Pero no había por ningún lado. En eso por una ventana, ven que una señora tenía apiladas un montón de botellas. La mujer se negaba. Entonces Castilla le espetó, haciéndose el enojado: "¿Pero usted sabe a quién le está negando el vino? A Gustavo Leguizamón, el más importante compositor del folklore argentino". La mujer, arrepentida, cedió. Y así se fueron de la casa, cada uno con una botella en brazos. "Era una imagen muy tierna –recordaba el Cuchi- porque estábamos acunando al vino. Justo a él, que tantas veces nos durmió". Al rato se sentaron en un umbral y compusieron el tema Canción de cuna para el vino |
Dice el Cuchi de Manuel J. Castilla: "El Barbudo era un tipo maravilloso. Extraordinariamente exitoso y aún más sabio como compañero. Mire, nosotros teníamos un amigo, don Juan Riera, quien era propietario de una panadería en la calle Lerma. Manuel todas las mañanas le compraba el pan calentito, pero una vez al Barbudo lo dejaron sin trabajo en el diario El Intransigente, entonces no fue más. Pero al poco tiempo Rierita comenzó a llevarle personalmente el pan de la mañana. Manuel le dijo que no lo aceptaba porque no podía pagarlo y ¿sabe qué le contestó Rierita? ‘Antes cuando usted podía, venía y me compraba el pan, pero ahora que no puede es mi obligación llevárselo todos los días’. Mire qué filosofía."
Escribe Hugo Roberto Ovalle: "Porque solía corresponderlos sonriendo con los ojos o asintiendo con su cabeza, ni siquiera los saludos le entrecortaban ese silbido permanente con que el Cuchi Leguizamón se anunciaba y desaparecía por las calles de Salta buscando vaya a saber que inefable melodía. Tal observación le hubiera bastado al diminuto politólogo para darse cuenta que el Cuchi no era un soñador desprevenido que vivía pensando en la luna de su música y su poesía. Por el contrario, su rapidez mental, el dominio transgresor que le imprimía en cada conversación a los distintos y múltiples temas de la realidad, nos revelaban a un hombre tan sensible como veloz y creativo en sus respuestas y opiniones.
Sin embargo, el politólogo, fiel al error de su convencimiento, en la seguridad de un oportunismo lleno de público, no tuvo mejor idea que recibirlo con una chanza que, aunque desgastada por el uso, la creía genial para definir la personalidad del músico a través de su flamante saco de barracán a cuadros grandes con que el Cuchi se nos apareció en El Círculo. ‘¿Qué, llegó el circo?’, preguntó asegurando el diminuto politólogo cuando aún la puerta de vaivén no había cumplido con el recorrido a que el Cuchi la destinó con su empuje. Y antes que la curva exclamativa del politólogo se desvaneciera en el aire de esa lejana siesta de invierno, el Cuchi respondió: ‘A juzgar por los enanos, sí’. La carcajada todavía debe resonar en la memoria de los partícipes de esta anécdota".Opina Raúl Aráoz Anzoátegui: "A pesar de que en Salta y en todos lados del mundo se ponen en juego el ingenio, la chanza o la ironía, siempre hay en ese tipo de reuniones alguien que paga el ‘pato’. Hemos visto con frecuencia a muchas de esas personas ingeniosas encarnizarse con el que, con menos habilidad para ese tipo de juegos, recibe la peor parte. En esas circunstancias, yo y muchos de los que somos sus amigos, siempre observamos que el Cuchi ejercitaba la broma hasta el límite que le permitía su propia discreción, sin sobrepasarse en ese juego que tanto dominaba. Y si se quiere un juego peligroso, porque se arriesga el talento, lo cual le daba ciertas ventajas de su parte de las que nunca abusó."
Mientras recorría las calles de París silbando una zamba, vió a una joven muy bella acompañada de su madre y de un perro y al acercarse comprobó que hablaban español. Entonces el Cuchi las enfrentó y les dijo: "Les cambio el perro". Sorprendida, una de ellas le pregunta: "¿Por qué?" Y el Cuchi les respondió: "Por mí".
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El Cuchi le confesaba al periodista Gregorio Caro Figueroa: "Hacer música no me alcanza para vivir pero me hace vivir. Mirá lo que son las cosas. Antes cuando era abogado vivía de la discordia y ahora de la alegría. A la vejez no me queda más que hacer música hasta que me toque pulsear con la nada. Le voy a ganar a la nada porque ella estará allí en lo suyo y yo estaré silbando alguna cosa". |
De las habilidades gastronómicas repentinas del Cuchi, cuenta Hugo Riera: "Cocinaba una barbaridad. Un día, cuando yo vivía en la calle Santa Fe, me cayó con un surubí en rodajas y me mandó a comprar pomelos y naranjas. ¿Es para el postre? le pregunté. ‘Esperá y ya vas a ver’ me dijo, mientras se remangaba y se aprestaba a preparar el extraño plato. Ponía debajo de la fuente unas rodajas de naranja, luego surubí y así sucesivamente. Me acuerdo que salió un manjar"
El Dr. Román Salim uno de los que también se privilegió con la compañía del Cuchi, especialmente en las noches compartidas en el Club Comercio, nos comenta aquella vez cuando el integrante de un conocido conjunto folklórico, nos llamó para decirle: "Dr. Queremos que nos armonice una pieza", a lo que el Cuchi respondió: "Y se la voy a revocar también para que no desafinen más".
Leopoldo "Teuco" Castilla, con motivo del aniversario del Cuchi celebrado en septiembre de 1994 en Salta, mandó desde Madrid esta sentida semblanza: "Yo al Cuchi, de él, no le puedo decir nada. (...) Qué se le puede decir a quien entre otras cosas te regaló sus guantes de box, y esto ocurría a mis siete años de edad, intuyendo que yo no pegaría ni una; que cuando tuve doce años me compró mi primera, fastuosa, obra pictórica, sabiendo que en este mundo poco pintaría yo y que a los trece años me enseñaba historia y me puso un apodo que el público presente no se dará el gusto de conocer jamás. Y que todavía lo veo en mi infancia llegar en el "carnavalito", un auto que andaba de milagro, tanto que más parecía un auto de fe. Y bajar elegante y prognático, detonante y satírico. Y lo veo, desde hace mis cuarenta y siete años, acezar como un albatros sobre el piano, para que su tierra se oiga, porque es él quien le desentierra en música, todos sus invisibles. O sea que al Cuchi no le digo nada. Les cuento a ustedes que se han reunido en la calle Rioja a festejarlo que no es verdad que cumple años.
| Ese hombre nace todos los días. Les refiero una vez que viajábamos con el poeta Angel Leiva, en un tren anochecido, a Praga. A las cinco de la mañana, por la ventanilla ví un cartel con un nombre: Bratislava. ‘Nos bajemos’, grité, ‘es el Bratislava de los cuentos’. Y aunque nos quedábamos a mitad de nuestro destino, descendimos en esa estación neblinosa. Comenzamos a caminar por una calle, mientras amanecía. De pronto, desde adentro de una casa, salió una música. Era una zamba del Cuchi. (...) Y todo esto para decirles que ese señor que ven ahí con barba cana y ojos meteóricos es, para el resto del mundo, un genio. Alguien que por rigor, entrega y riesgo, puso una carga de profundidad en su existencia y sabe vivir, como pocos, como un artista entero. Salteño, libre y dueño de su señorío. Como se debe ser. Mírenle la frente. Está llena de nuestros más entrañables universos. Mírenle el corazón. Gracias a él, cuando cantamos los salteños, sentimos como sentimos. Y quien sabe cuantas generaciones seguiremos sintiendo así. |
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