-
-
-
CUANDO
LOS AÑOS SOLO ENVEJECEN
Por Dante López Foresi
- @DanteForesi
La reunión se prolongaba. Plagada de
falsos gestos de amistad que dejaban ver como en sordina la desconfianza que
sentía uno por el otro. Las sonrisas forzadas y las carcajadas estridentes
demostraban pocas ganas de reír. Uno no ríe de ese modo cuando se siente cómodo.
No. El viejo miraba con la sensación de superioridad que había construido
luego de leer unas cuantas solapas a lo largo de su ociosa vida. Pero miraba sus
manos...y esas arrugas. ¿De dónde salieron?. Frente a él, el joven vomitaba
sus ganas de crecer. Brotaba por sus poros la energía que algún día el
anciano creyó disfrutar. Pero el espejo de cada mañana de cada año de los últimos
¿vividos? había terminado por vencerlo. Y aunque en su interior un ejército
de amor propio batallaba por no sentir envidia carcomiente, era inútil. Frente
a sí tení a a su pasado. ¿Qué hacer?. ¿Abrir los brazos para cobijar el éxito
ajeno y gozar por la felicidad de otro?. ¿O dejar que ese instinto destructivo
florezca y destruya todo brote que nace, solo para que él vuelva a sentir esa
sensación de savia vital desde la fantasía producida por la muerte ajena?. ¡Hay
que matar lo que nace para darme vida!- parecía ser su única fuente de vida. Y
ese alcohol que lo ayudaba a ser otro. Ensayó toda su vida para ser un
Patriarca, y ahora que la oportunidad se le presentaba más luminosa que nunca,
su instinto bestial lo vencía con esa sensación de alma pestilente y
nauseabunda. El joven rompió el silencio una vez más. Y otra. Y otra. Alguien equivocado
había enseñado al viejo que quien tiene mucho que decir debe callar. Y
viceversa. Lo que realmente ocurría es que cuanto más pasaban los años, más
cobarde se sentía a la hora de pronunciar lo aprendido. Era temeroso. No hay
nada peor que un viejo culto pero temeroso, ya que siempre encuentra en algún
libro añejo y vetusto las justificaciones para su cobardía, que disfraza como
niña a su muñeca de trapo con el calificativo de "prudencia". El joven se cansó de hablar sobre cosas del presente. Comprendió que el viejo
ya no tenía presente. O que el presente es cosa que importa solo a los viejos
sin resentimientos. Se dispuso a escuchar. Y el viejo -adivinando que lo
colocaban en el pedestal soñado- comenzó a llenar el silencio con anécdotas.
Con relatos. Con sus interminables "cuando yo tenía tu edad". ¿Con
órdenes no respetadas, como para fantasear con un Poder que sienpre fue su
fantasía!. El joven recordó aquel poema cubano llamado "Monólogo": Una vez fui famoso, siempre andaba viajando: aquí traigo una foto, actuando. Me recordaron tiempos de sueños e ilusiones. Perdonen a este viejo, perdonen. Pero el viejo ni siquiera era conciente de cuánta grandeza era necesaria
para saber pedir perdón a tiempo. Tal vez adivinando que el joven ya había
cerrado sus oídos, el viejo calló. No hay peor silencio que el de un anciano.
Ese silencio donde el ritmo de su respiración nos dice cómo fue su vida. El
joven supuso que al viejo aún le quedaban algunas exhalaciones etílicas. ¿Por qué
elegiría hacerse daño?. ¿Y por qué hacérselo a los sanos?. ¿Eso harán los
años también conmigo?. Nuevamente se refugió en la poesía:
Me veo claramente lejano de aquí. Me veo claramente haciendo preguntas que ya conocía con indiferencia ante el "ya crecerás". La reunión había terminado siglos atrás. Pero ellos seguían allí. Envejeciéndose
uno al otro. ¡¡Mozo!!- gritó el viejo. ¿Me trae otra copa de tinto?. ¿El
joven?. No. El joven todavía no bebe. Estoy seguro que algún día lo hará...porque...¿quiere
que le cuente?.... Yo una vez fui famoso, siempre andaba viajando: aquí
traigo una foto, actuando.
|