EL CERRO DE LOS SIETE COLORES

El pecho abierto de la materia                      

Por Esteban Ierardo

El Cerro de los Siete Colores, cerca de Punamarca, en Jujuy, en el norte de Argentina.

  La montaña piensa. Y, algunas veces, pocas veces, muestra sus pensamientos. La elevación rocosa piensa. No con intangibles e incoloros conceptos, sino con colores. En Punamarca, en Jujuy, en el norte de Argentina, la geografía se pliega en montaña que muestra su pensamiento, su  vida oculta, mediante una radiante estela de siete colores.  

   Para explicar los colores del peculiar cerro no acudiremos a la ciencia geológica. Recorremos mejor un sendero de libres especulaciones...

   Antonin Artaud, en el siglo pasado, percibió la vacuidad espiritual de Europa. Experimentó con desgarrada lucidez nuestra cultura sin mitos ni ritos. Sin ojos derramándose sobre el torso de enigma de las cosas. Por eso, viajó a México para allí encontrar algún pueblo que aún percibiera el chisporroteo de las manos divinas acariciando la tierra. En México, presintió una singularidad. Según el artista francés, México es el único lugar de la tierra donde la vida oculta se muestra en la superficie de la vida (1). Pero ese latido excepcional de la vida profunda no resuena sólo en el corazón del suelo mexicano. 

  En el Cerro de los Siete Colores también lo oculto cascabelea en la superficie visible...

  Cada fachada, cada rostro con su sombra, disimula venas ocultas. Lo oculto no es sólo una difusa creencia etérica. Una idea filosófica  impalpable. Lo oculto es el mundo interior de la materia.  

   La roca y la montaña, el suelo y la madera, son, primero, superficies tejidas de quietud y uniformidad. Sin embargo, el suelo encubre el universo de las corrientes subterráneas, las movedizas placas tectónicas y, muy profundo, las altas temperaturas y la danza del fuego magmático. Tras el quieto suelo bailan ocultas figuras. Movimientos de la vida oculta.

  El árbol impresiona con su corteza dura, su tronco firme. Pero, oculto, dentro de la espesura vegetal del árbol,  fluyen los jugos silenciosos de la savia. La madera oculta lo viviente que se mueve. Movimientos de la vida oculta.

  Y la roca y la montaña duermen en apariencia, incólumes, imperturbables. Sus formas tejen superficies de sueños, pétreos, quietos.

   En las culturas ancestrales, la montaña es símbolo del centro generador y del sitio privilegiado de ascensión celeste. Lo que palpita en el centro es fuente primera de la vida. La montaña se yergue sobre ese lugar de afloración del mundo, tal como acontece con el Monte Meru, en la mitología hindú o  La Colina Primordial, entre los antiguos egipcios. A su vez, la piramidal elevación montañosa es sitio donde la tierra se encuentra y funde con el cielo mediante su cumbre. La montaña expresa los poderes de la elevación, la memoria del origen y también el espacio interior donde se ocultan  los tesoros. 

  En la cavidad de las montañas, cuevas, grutas, pasadizos secretos, se halla el mundo de los antepasados, los muertos o los dioses. De esa manera, el interior de la montaña, su dimensión o vida oculta, es espacio de concentración de riqueza y ser (2).

  La superficie siempre es velo que disimula una vida secreta. La superficie monocromática de la luz solar esconde el espectro de los siete colores, la polifonía de la variedad  cromática. El prisma y una luz refleja son los modos indirectos para descubrir la multiplicidad de tonos que cabrillean ocultos en la luz.

  Pero en la montaña jujeña la oculta vida que en todo es, salta sobre la mirada sin interludios. Es un corte transversal que muestra lo que fluye a través y, por debajo, de las cosas. 

 Una directa expresión de lo oculto también centellea en el célebre Valle del Colorado.

  El Gran Cañón inició su formación hace seis millones de años mediante la corrosiva acción del Río Colorado. Un río escultor que ha rasgado las paredes que hoy dejan al descubierto rocas sedentarias correspondientes a los diversos periodos geológicos. El Gran Cañón es así uno de los extraños lugares del planeta donde se torna visible el lento tiempo y el vasto pasado de gestación geológica de la Tierra.

  El Gran Cañón es la desnuda y visible memoria geológica de los grandes tiempos, el lento ondular del pasado de las rocas.

  Pero, en la montaña jujeña, la materia abre su pecho para mostrar el palpitante corazón de la vida siempre secreta, oculta. Que por los colores en la rocas se revela. La vida que se oculta. Y se muestra. Ese torrente vivo tan extraño y enigmático como la mano que abrió el pecho de la montaña.

Otra imagen del Cerro de los Siete Colores, singular lugar de la geografía sagrada. 

Citas:

(1) Antonin Artaud viaja a México en 1936 con el propósito de encontrar una tierra donde lo mítico aun perdurara. Producto de esta experiencia es la obra México y viaje al país de los Tarahumaras, editado por Fondo de Cultura Económica. Los tarahumaras son un pueblo con el que Artaud comparte danzas sagradas, un ritual del peyote y una percepción mítica y simbólica de la geografía y de la realidad toda. 

(2) Cf. por ejemplo el sustantivo artículo sobre el simbolismo de la montaña en Juan-Eduardo Cirlot, Diccionarios de símbolos, Barcelona, Editorial Labor, 1994.

Fuente: http://www.temakel.com/