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EL
AROMA
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Por Dante López Foresi
(con ánimo pre-navideño)
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Los
recuerdos se identifican siempre con olores. El aroma de nuestro barrio de
infancia, el del cuello de nuestro primer beso intenso, el olor a césped de
nuestras tardes en potreros monumentales o el tibio aroma a salsa en la
cocina de mamá.
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Recuerdo que cuando mis hijas dormían en cunas, me sacaba
la remera que llevaba puesta para que –simplemente sosteniéndola- sus
llantos se aplaquen. Olor a papá. El olfato parece ser el más afectuoso de
nuestros sentidos. El más vinculado con nuestra propia existencia. El único
sentido que nos permite evocar. ¿A qué huele entonces nuestro presente?.
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No es posible saberlo. Porque aún no es recuerdo. Será necesario el paso
del tiempo para identificar nuestras angustias de hoy como recuerdos de mañana.
Y seguramente no tan angustiantes como presumimos. Todo pasa. Y todo se
convierte en aroma. Lo cierto es que nunca el presente huele del todo bien,
pues nos falta perspectiva para juzgarlo.
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Habitualmente calificamos el aquí
y ahora según los gestos que nos rodean: si son sonrisas, el presente es
agradable. Si son lágrimas, ansiamos la llegada de mañana no para vivirlo,
sino solamente para alejarnos del presente. Juzgamos el “humor social”
según los gestos que observamos en la peatonal más cercana. Una de las
tareas más complicadas de nuestra existencia es reconocernos aquí y ahora.
Solo nos animamos a mirar hacia atrás con nostalgia o hacia delante con
temor o –en el más sano de los casos- con ansiedad ante las sorpresas de
todo tipo que nos invadirán. Tenemos una tentación casi adictiva a
aconsejar a los demás sobre lo que nos parece que nos enseñó el pasado.
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Pero estamos ávidos de consejos para transitar el camino cotidiano hacia mañana.
Deambulamos en la contradicción de ser ancianos del pasado y adolescentes
del futuro. Algunos optan por alejarse de la tristeza no reuniéndose con
gente “complicada”...”angustiada”.. Sino, obsérvese usted mismo
decidiendo a quiénes invitar a compartir la mesa navideña. Como si el
entorno le permitiera purificar su propio aire y, así, oler mejor en el
futuro. Otros, prefieren enfrentarse a personas con angustias profundas para
poder cumplir la fantasía de creerse felices aconsejando desde las alturas
de su presunto equilibrio basado en un punto de comparación ventajoso. Sin
embargo, pocos se atreven a transitar su propia existencia presente sin
tener en cuenta el reflejo de nuestra vida en los demás. Equivocadamente,
creemos ser lo que los demás creen que somos o pretenden que seamos. Y
llegamos a creerles.
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¿De quién esperamos el juicio? ¿Porqué esperamos
un juicio? ¿Quién dijo que es necesario calificar nuestros actos
humanos? Cada quien hace lo que puede y como puede. Los rostros que
circularon ante nuestra mirada son solamente aquel presente que se nos fue,
pero investido del aroma del recuerdo. Magnificado y equívoco.
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Dicen que
para estas fechas es necesario hacer balances ¿Balances? ¿Porqué? ¿Para
qué?. ¿Para quién? ¿Jesús nos ordenó acaso realizar balances periódicos
de nuestros actos?¿En qué razón profunda reposa esa tendencia al
concepto ajeno de perfección que nos hace prisioneros?
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Quizás lo que
debamos plantearnos, o mejor...sentir, es qué aroma percibimos de nosotros
mismos. Con cuáles olores nos identifican nuestros hijos. Solo pensemos en
rostros que alguna vez amamos y ya no están o momentos que reconocemos como
de felicidad plena. ¿A qué huelen?. ¿Qué olor nos quedó impregnado al
recordarlo?
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Estas reflexiones lanzadas al viento de la “red” no
pretenden otra cosa que no sea ayudarnos a liberar esas cadenas invisibles
que nos someten a juicios extraños. “El mundo te necesita como sos”,
reza un corto publicitario. Y es así. No me atrevo a aconsejar porque estoy
demasiado ocupado en presentir mi propio futuro. Tarea ingenua como pocas.
Sólo deseo compartir la sensación de libertad que se siente al despojarse
de ataduras del pasado, sea cual fuere su aroma. Solo lo invito a
preguntarse como quiere oler cuando los años pasen...y pasen.
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Ya tendremos
suficiente tiempo para ir reconociendo los aromas que hoy creamos y que solo
distinguiremos cuando se conviertan en recuerdos. O alguien amado lo
distinguirá por nosotros, que es casi lo mismo. Solo intentemos alumbrar
olores limpios y cristalinos con nuestras actitudes de hoy, aún sabiendo
que nos resulta imposible distinguirlos.
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Actuemos cada día como queremos
oler en el futuro. Ya tenemos muy claro quienes apestan. Preocupémonos
entonces por irradiar a quienes amamos el aroma natural de nuestra
sensibilidad. Estoy seguro de que si así lo hacemos, nuestro futuro será
el jardín más bello que hoy, precisamente hoy, estamos regando y
construyendo.
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