Diario Digital EL VIGÍA

La Juventud vence al odio

"No hay peligro más grande para los promotores del odio que la toma de consciencia de su rebaño, de la rebelión contra toda imposición arbitraria de rencores ajenos". Jóvenes que nos enseñan cómo combatir el odio.

(Diario EL VIGÍA- 13/10/11) - Ésta es la hora de transbordar las consignas poéticas eternas; de trasvasar de cuenco a cuenco las genuinas esencias de los pueblos; de llenar las copas de nuestros viejos alfareros con vinos de otras cepas y otros lugares, con vinos del norte y del sur...La mejor hora para brindar por el hombre con canciones de otras latitudes, trasladadas a nuestro discurso. Que alegría cuando nos damos cuenta que los pueblos están tan cerca unos de otros a través de sus poetas!...León Felipe

Hablando de la Distancia - Por Florencia López Foresi

Desde muchísimos lugares se puede hablar de la distancia, una noción que abarca un mar de significados y sensaciones que encajan en la descripción y, todas juntas, la dejan incompleta. Una más de las metáforas que son las palabras, ese intento desesperado de compartir mediante un mínimo común lo que pasa por nuestras mentes con los demás humanos: intento tan logrado y tan fallido a la vez. Debe ser por eso que la forma de comunicación por excelencia es la música, que abarca mucho más que las palabras: poesía mezclada con sonidos que movilizan los sentidos y transmiten de la manera más honesta y menos pretenciosa posible el caos de otra forma ininteligible de la mente. Todas vías para acortar la distancia.

Pero visto de esa forma, estamos hablando a un nivel filosófico, casi existencial de lo que es la distancia intrínseca a la condición humana y ligada a la soledad del individuo, tema ampliamente debatido en ambientes llenos de intelectuales y gente más sabia que quien escribe estas palabras.

No es la intención. Lo que despertó esta reflexión fue el pensamiento de que en realidad la distancia puede ser tan débil que se vuelva imperceptible. Las distancias físicas, los miles de kilómetros y océanos ejercen claramente un poder de división entre personas, pueblos y continentes. Pero a un nivel profundo y mucho más real, ese monstruo que nos separa y nos diferencia no es más que un fantasma.

Mirémoslo así: aún antes de que existieran todas las redes de comunicación sobre la que tantos ríos de tinta han corrido, la humanidad estaba conectada. Hay percepciones, reflexiones, religiones, doctrinas con fundamentos coincidentes entre sí, que surgieron espontáneamente en puntos opuestos del mundo, en momentos históricos similares y por personas que nunca habían tenido comunicación alguna. Es decir, debe haber en algún lado una consciencia compartida, una identidad humana más abarcativa que nos lleva por los mismos caminos y muchas veces hace que los pueblos se conecten y reaccionen en distintos puntos del planeta ante las mismas cosas.

No son el producto de un “efecto contagio”,como dicen muchos, las revueltas estudiantiles en distintos polos del mundo, o las revoluciones que de distintas maneras y en distintos contextos culturales apuntan a las mismas cosas: se trata de mucho más que eso. No quiero decir con esto que existan valores universalizables y deseables en todos los contextos, o sistemas de organización social ideales, al mejor estilo kantiano.

El planteo no está construido en un sentido objetivo y material, sino que hace referencia a un nivel humano mucho más difícil de definir. El hecho de que distintas individualidades de distintos lugares tuvieran el impulso de crear o pensar determinadas cosas no se desprende de la brillantez excepcional de una mente iluminada: es el reflejo de un giro histórico humano, de un sentimiento compartido.

Esto nace a partir de una sensación de cercanía, de empatía con luchas ajenas de lugares que nunca conocí. ¿De dónde sale eso? ¿Dónde quedan las distancias que de desprenden de la lengua, las fronteras, las etnias, las religiones? Son todas construcciones sociales, políticas, que no son tan reales como la literatura, la música, el deseo irrefrenable de libertad que es muchas veces auto reprimido pero en el fondo siempre existe. Creo que éstas últimas fábulas humanas valen mucho más la pena que las anteriores.

Sin embargo hay tanto empeño en profundizar los odios, en poner límites donde no existen, en fin, en crear distancias. Tal vez sea porque no hay peligro más grande para los promotores del odio que la toma de consciencia de su rebaño, de la rebelión contra toda imposición arbitraria de rencores ajenos.

Pero hay un momento, un glorioso momento de conexión en la que uno se despierta para ver que el otro, tan apartado física y culturalmente, no está tan lejos. Sentirlo cerca, verlo como lo que es: un buscador de consuelos y sentido en las condiciones que le tocaron, para sobrellevar lo ligero e incierto de su humanidad. Dejar de percibir esa distancia, es hacerla desaparecer.

Este sentimiento de cercanía debería ser más natural para los jóvenes, que todavía no se entregaron a la parálisis que provoca el miedo
institucionalizado, y es por eso que son los encargados de desafiar los límites que se les quieren vender como dados e inevitables. Desafiar esos odios, desafiar la distancia, puede tener un efecto irresistiblemente fuerte.

Quiero que sea mi generación la encargada de desdibujar cada vez más las fronteras. De empezar a actuar para ser un cambio que vaya mucho más allá de un sistema político o económico, que entienda que éstos no son más que fachadas que pueden construirse diferente si hay bases diferentes. Con los poetas y los artistas a la vanguardia, que esa sea nuestra Revolución.

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