Por Dante López Foresi
Los argentinos solemos reclamar a políticos y
dirigentes mucho más debate y exposición de ideas. Hasta allí, parece ser una
saludable exigencia democrática.
Pero, luego de haber sido engañados y hasta
extorsionados utilizando como arma a las palabras durante décadas, perdimos
todos y cada uno de los ciudadanos el hábito de intercambiar ideas, y utilizar
ese ida y vuelta conceptual tan enriquecedor.
La explosión de las Redes Sociales dejó al
descubierto informático lo que sucede a diario en las relaciones interpersonales
de nuestra sociedad.
En general, creemos que un debate debe tener como
resultado ineludible un vencedor y un vencido. Pero una regla básica de
convivencia social y humana indica que de un debate ideológico y hasta de una
negociación, para considerarla provechosa, deben ganar ambas partes. Sino, el
intercambio fue estéril.
Frecuentemente observamos como la descalificación
del "contendiente" es utilizada para echar por tierra incipientes debates que,
de ser ejercidos correctamente, resultarían ampliamente beneficiosos. Así, quien
cree que ante las ideas del otro "está perdiendo", concluye toda posibilidad de
interrelación con frases tales como: "...y ustedes también tienen cosas
cuestionables.." o preguntas insidiosas como "...¿Querés que hablemos sobre
Jaime (o sobre De La Rúa, o Menem o quien fuera, dependiendo del que se siente
"derrotado").
La negación del debate utilizando la descalificación
es uno de los síntomas de ignorancia e impotencia dialécticas más evidentes en
la actualidad. Los años de despolitización hicieron mella en quienes se muestran
interesados en la cuestión pública, pero "aprendieron" los mecanismos de debate
a partir de espacios periodísticos que prometían "Tiempo Nuevo", mientras nos
anclaban en el sometimiento cultural.
La irrupción de la militancia, sobre todo juvenil,
dio paso también a posiciones irreductibles y fanáticas que imposibilitan el
diálogo. Y desde la oposición, el odio visceral inconfesable a la inclusión de
sectores otrora postergados del escenario político, sumado a la propia
discapacidad para enfrentar con propuestas una gestión de gobierno, concluyen en
una desesperación rayana con la tontera, y todos sabemos que entre tontos,
fanáticos y desesperados, ningún debate de ideas es posible.
Resulta demasiado complicado debatir en la oficina,
la cola de un banco y en el propio hogar, sobre cuestiones tales como la
inclusión social y la educación para que las futuras generaciones no tiemblen al
compás de los monopolios mediáticos ante hechos de inseguridad.
Resulta
mucho más sencillo, claro, limitar el análisis y decidir nuestro voto ponderando
carismas, simpatías, sensaciones y asimilando "slogans" de mediocres jefes de
campaña. Sabido es que ese modo de analizar nos produjo, hasta no hace demasiado
tiempo, desilusiones muy profundas. Para no mencionar las crisis terminales que
sufrimos en el pasado por haber votado candidatos simpáticos, frases hechas y
lugares comunes decididos en escritorios de consultoras voraces.
Nuestra primera tarea introspectiva debe ser
analizar si el modo que cada uno de nosotros elige para debatir es el adecuado
para llegar a conclusiones correctas. Abriendo oídos y almas. Y tendiendo manos
y sueños.
Un viejo refrán dice que "todas las personas que
conozco son mejores que yo en algún sentido, y en ese sentido quiero aprender de
ellos".
¿Amamos aprender del prójimo en debates apasionantes
o fundamentados, o somos como aquellos que, ante las evidencias argumentales,
recurrimos a una descalificación para cerrar un diálogo que en nuestra
imaginación, y sólo en nuestra imaginación, resultaría humillante? ¿Debatimos
para construir causas comunes o para ganar mediocres guerras privadas?
Una vez dilucidado nuestro propio estilo, tendremos
el derecho moral de exigir a políticos y dirigentes un mucho más amplio marco de
debates. Porque, en ese caso, tendremos las herramientas necesarias para
protegernos de la mentira, el odio y la defensa de intereses espurios que
algunos candidatos sostienen.
Mientras tanto, y luego de años de subestimación
mediáticas de nuestra inteligencia y penetración de discursos monolíticos a
través de nuestros sentidos, seguiremos siendo meros replicadores de frases
inventadas por "iluminados" jefes de campaña o de redacción, cuando de medios de
comunicación se trate.
Sólo los pueblos sólidos en sus ideas y sueños
comunes, pueden confiar en sus decisiones individuales.