Por si me leés, Flaco
Por Dante López
Foresi

(Agenci@
EL VIGÍA- 08/06/13) -A
medida que pasan los años, el calendario se nos va llenando de fechas tristes.
Nostálgicas. Crueles. Cada mes guarda una o más fechas que nos enturbian la
mirada y nos obligan a esforzarnos para rememorar voces, rostros, gestos, manos,
abrazos.
El calendario se convierte así en un disparador que no deja de recordarnos con
ensañamiento que nuestro propio fin llegará inexorablemente. Y que debemos
resignarnos a la mentira piadosa de creer que la gente amada vive en nuestros
recuerdos. Pero sabemos que no es verdad. Ya no están. No acarician. No abrazan
tan necesariamente.
Hace algunas horas, el colega Adrián Di Nucci me contó una noticia que, como
noticia, es vieja. Es crudamente vieja en las reglas del periodismo, porque
ocurrió el 28 de Enero de este año. Pero me taladró el alma ¿Cómo no me enteré
antes? ¿Cómo me perdí estar cerca de semejante amigo durante los últimos años?
Podría disculparme diciendo que para esa fecha aún estaba haciendo el duelo por
la partida de mi vieja o tantas excusas más.
Pero lo cierto es que sería una doble mentira: porque el duelo por semejantes
amores jamás termina. Y porque no debo disculparme con nadie. Así de egoísta
necesito ser en este caso. Fui yo el que se perdió durante tanto tiempo la
compañía de este amigo que, cada mañana, me esperaba en aquel bar de Quilmes al
terminar mi programa de radio "El infierno de Dante". Con Touriño y el flaco
Atilio, que fue quien nos presentó. Y hablábamos durante horas. Me escuchaba
durante horas.
Fue quien me acompañó en aquel
momento más doloroso de mi vida que él y yo conocemos. El que me regaló su
agenda electrónica porque se dio cuenta de que a mi me gustaba demasiado. El que
se cagaba de risa cuando alguien le gritaba "¡¡Chau Palermo!!", por
ese mechón negro en su cabellera blanca que lo hacía único. Pero no. El Flaco no
era único sólo por ese mechón. Las crónicas periodísticas ya dijeron que fue
pediatra, que estuvo en Kosovo formando parte de "Médicos en Catástrofes" y que
fue amado por tantos quilmeños.
Pero esto no es una crónica periodística. Es la carta de un amigo que se enteró
demasiado tarde de su ausencia. No unos meses más tarde. Años más tarde. Te
fuiste José María Labourt, y estoy escribiendo, como haciendo de cuenta
que desde otra dimensión podés leerme. Esas mentiras piadosas y tan humanas que
nos inventamos para evitar las despedidas eternas. Gracias Hermano por haberme
escuchado tanto. Por haberme dado la peor noticia de mi vida tan cálida y
amorosamente. Me va a costar perdonarme haberme perdido tu compañía durante
estos últimos años. Todo, porque el laburo y la vida nos puso en lugares
diferentes.
Mil veces recuerdo y recordaré aquellas mañanitas con café y puchos hablando
sobre todo y respirando profundamente. Mi programa de radio no terminaba hasta
que no te encontraba en aquel bar y comprobaba que me habías escuchado. Esperaba
tus comentarios. Tu gesto. Que me contaras cuántos kilómetros habías corrido esa
mañana en la Ribera.
En fin. Chau Flaco. A mi por
ahora me toca seguir aquí. Te fuiste demasiado pronto y mi arrepentimiento por
el tiempo perdido ya no tiene reparación. Si es cierto lo que dicen de que hay
otra dimensión, mandame una señal. En la vieja agenda electrónica que me
regalaste, que conservo y tengo a mi lado mientras escribo, ya me ocupé de dejar
sólo un nombre: el tuyo.
Compartir en
LEÉ "EL VIGÍA" EN TU CELULAR

EL VIGÍA en

VUELVA AL DIARIO EL
VIGÍA

