Por Dante López Foresi
Llevaba
casi dos meses de casado. Vivía a pocas cuadras de Pasteur al 600. Era una
mañana casi perfecta. Como las mañanas de casi todos los recién casados.
Estábamos sentados frente a frente a la mesa de la cocina. El termo medio lleno
(o medio vacío) y el mate en mi poder. El diario recorría mis ojos. Era una
mañana casi perfecta. Por entonces, trabajaba como corresponsal desde Buenos
Aires para LV2 Radio General Paz de Córdoba. Todavía lo único que me parecía
"grave" era tener que pagar las cuotas del crédito hipotecario y mi único temor
era perder lo que tenía. ¿Notó Usted lo reaccionario que se pone uno cuando está
recién casado?. Hasta defiende la propiedad privada por sobre todo (si la
tiene...claro).
Pero faltando poco para las 10 hs (luego supe que el horario exacto fue a las
09:53 hs) llegó ese ruido atroz. El termo se balanceó hasta caer sobre la mesa.
El diario se me escapó de las manos. Llamé a la radio y dije “pónganme al aire
urgente”. Lo hicieron. El conductor del programa era Aldo “Lagarto” Guizardi.
Solo atiné a decir: “Acabo de escuchar el mismo sonido que escuché cuando
volaron la embajada de Israel...ojalá me equivoque, pero creo que estamos ante
otro atentado”. A los pocos segundos, llegaba un cable de Télam y escuché lo que
nadie quería escuchar. Guizardi diciendo: “Es verdad Dante...el cable confirma
que acaban de volar la mutual judía llamada AMIA”. No quise usar el ascensor.
Bajé, salí a la calle y corrí. Los efectos del cigarrillo se hacían sentir, pero
no podía parar de correr. Mientras la columna de humo se hacía más grande ante
mis ojos, recordaba que pocos años antes, cuando atentaron contra la Embajada de
la calle Arroyo, yo me encontraba en un estacionamiento subterráneo de
Corrientes y San Martín. También a pocas cuadras. Esa explosión que se convierte
en implosión en el alma, es desesperantemente inolvidable. Desde ese día fueron
varias las noches que desperté sobresaltado, y mientras corría esas pocas
cuadras hacia Pasteur al 600 sabía que me encontraría con más argumentos para
mis pesadillas. Una de las preguntas más estúpidas que un periodista puede
hacerle al entrevistado que está sufriendo es “¿Qué siente?. Pero al mismo
tiempo es la pregunta más inteligente que puede hacerse un periodista a si mismo
cuando sabe que está por encontrarse con el horror.
Cuando llegué al lugar (debo haber sido el segundo..o tercer cronista en
llegar..ni lo sé ni me importa por dato mezquino), el panorama era peor que en
la Embajada. Es tan difícil explicar ese momento. Esa polvareda que todo lo
envuelve, esos gritos que por ser tantos casi no se escuchan. El olor a la
muerte es particular. Porque se mezcla dentro de uno con el olor al miedo y al
espanto. Ese día confirmé que el miedo también huele. Cuando pasaron pocos
minutos las escenas eran anárquicas y repetidas. Decenas de personas caminando
en círculos sin saber qué hacer.
Policías con sus cintas amarillas, sabiendo menos que nosotros cómo actuar. Los
cronistas que ya habíamos realizado la cobertura del atentando a la embajada de
Israel sabíamos que debíamos bajar a los más jóvenes que con el ánimo de ayudar,
o de alcanzar una primicia, caminaban sobre los escombros...los trepaban: “Bajá
pelotudo...¿no te das cuenta que estás caminando sobre personas que aún pueden
estar vivas?. No creo que exista cronista que recuerde con exactitud el
contenido de sus relatos para los oyentes ocasionales. No sé lo que dije, ni
como lo dije. Mientras hablábamos a través de nuestros celulares, con la otra
mano ayudábamos a llevar una camilla, o la apoyábamos en un hombro, o...¡qué
soledad y desesperación siente uno ante el espanto!. Humo, polvareda, gritos
desgarrantes.
Los periodistas buscábamos algún cráter como el que nos quisieron hacer creer
que existió frente a la embajada de Israel. Y es notable que la reacción
inmediata de cada una de las personas que pasaban o se acercaban al lugar, poco
tuvieran que ver con el morbo humano, y si con esa necesidad imperiosa de ser
útil de algún modo. Sé que en algún momento lo pensé: “la morbosidad solo se
aplica ante dramas individuales, pero cuando el espanto es colectivo, solo se
impone la solidaridad...sale lo mejor de cada uno”. Estábamos presenciando un
acto de guerra. De una guerra que no nos pertenecía, en un suelo que no tenía
experiencias en ser sacudido por bombas de alto poder, salvo el mencionado caso
de la embajada de Israel. Paradójicamente, la embajada fue mudada a una de las
zonas más hiper pobladas del centro de la ciudad de Buenos Aires.
Podría escribir carillas enteras, como cualquiera de los cronistas que estuvimos
allí aquella mañana imborrable, pero por decoro, respeto a los sobrevivientes e
incapacidad de revivir el terror poniéndolo en palabras, me ahorro lo más
horrendo que vi y que –anoche mismo- fue otra vez motor de pesadillas. Cada
argentino sabe qué estaba haciendo exactamente el 18 de julio a las 09:53 hs.
Jamás lo olvidará. Lo invito a que nos recuerde que estaba haciendo Usted, y
cuál fue su reacción. No le pregunto que sintió, porque es una pregunta estúpida
para hacerle al prójimo en casos como este. Cada uno de nosotros sabe muy bien
lo que sintió. Pero es intransferible.
Ochenta y cinco personas de la AMIA y veintisiete de la Embajada no pueden
relatar lo que sintieron. Sólo ellos saben lo que realmente ocurrió y como
sucedió. Quizás por eso sentí la necesidad de escribir este breve relato de un
cronista. Para agradecer la supervivencia.
Aún me pregunto porqué es tan difícil encontrar material sobre el tema en la web.
Inténtelo y lo comprobará. Casi no hay fotos. Pocos relatos. ¿Negación?.
¿Autoprotección?.
El único material completo se vendió hasta hace pocos años, al mejor estilo
Sprayette, y con un 10% de descuento si la compra se hace vía internet. Todavía
parece que hay quienes caminan sobre los escombros. Pero no lo hacen para
ayudar, como aquella mañana imborrable que sabemos muy bien que seguirá impune
por los siglos de los siglos, y siendo el argumento principal de una de las
pesadillas más recurrentes de la memoria colectiva de los argentinos.